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opinión


El Nacional / ND

Silva, el ícono rojo

26 mayo, 2013

En la era democrática la televisión estatal contaba, entre otros, con Arturo Uslar Pietri y Aquiles Nazoa.

En la chavista, con Mario Silva y un personaje del mismo talante llamado Alberto Nolia.

opinan los foristas

Uslar y Nazoa eran intelectuales sólidos. Destacado novelista y ensayista, el primero.

Apreciado poeta y fino humorista, el segundo. Silva, lo sabemos ahora a cabalidad, es espía y funcionario de inteligencia del G2 cubano. De Nolia se dice que es periodista de oficio. A ninguno de los dos les conozco obra publicada.

Los programas de Uslar y Nazoa se llamaban Valores Humanos y Las Cosas Más Sencillas, respectivamente. Los de Silva y Nolia, La Hojilla el primero, y Los Papeles de Mandinga el segundo. Uslar generalmente utilizaba su programa como una cátedra para explicar con rigurosidad académica grandes procesos de la cultura universal. Igual un día hablaba de la tragedia griega; otro, de la música de Villalobos. Nazoa, en el suyo, se paseaba alegremente por la dimensión poética de la vida cotidiana; igual hoy dedicaba un programa a los juegos tradicionales venezolanos, los papagayos y los trompos, y el siguiente, a Teresa de la Parra.

Lo recuerdo bien al terminar una emisión declarando inspirado: “Cuando hablo de Teresa de la Parra se me llena el corazón de estrellas”.

Como sus nombres lo indican, los programas de Nolia y Silva son, en cambio, básicamente de chismes, rumores y escándalos políticos porque fueron concebidos como la punta de lanza de la guerra sucia y psicológica que el gobierno chavista, devenido en madurista, ha desarrollado sistemáticamente desde 1999.

Nolia, un hombre de mal talante, mirada torva y dicción resentida, usa las cámaras como una ametralladora para disparar ­sin preocuparse por las pruebas­ acusaciones e infamias de todo tipo contra la dirigencia opositora. Silva, por su parte, se supone que realiza diariamente una disección de lo que se transmite en los medios privados, por eso el programa se abre con la animación de una hojilla que persigue ­para cortarlos­ los logos de Globovisión, Televen y Venevisión, los canales de alcance nacional que aún sobreviven al proceso estatizador de las televisoras privadas.

Pero lo que Silva en realidad hace diariamente es prender un ventilador para esparcir bolsas de excremento sobre la humanidad de quienes no concuerdan con el ideario rojo. Algunos consideran que el espía inauguró la Teleletrina. Otros, la Telemalandra. En cualquier caso lo recuerdo cerrando una sesión, escupiendo a otro venezolano la delicada frase: “Eres un hijo de la gran puta”.

La televisión venezolana, y no sólo la estatal, ha vivido un gran estancamiento en estos catorce años de gobiernos rojos. Pero la oficial ­que tiene como canal líder a Venezolana de Televisión­ ha mostrado una gran involución. No sólo porque no hay propuestas innovadoras de los lenguajes televisivos tradicionales, sino porque, de la manera más impúdica y obscena, convirtieron una televisión de Estado que, por dictamen constitucional debe servir a toda la nación, en una televisión de partido que sirve exclusivamente al proyecto del PSUV.

La televisión roja es como los canales confesionales de la iglesia electrónica. Les resultan ajenos a quienes no creen en su Dios ni practican sus ritos. Es lo que explica que, a pesar del control mediático, del inmenso número de canales, incluidos los disfrazados de televisión comunitaria que constituyen su aparato, y del diario abuso de poder con las cadenas radioeléctricas presidenciales, sus niveles de audiencia sean tan bajos y la deserción masiva de venezolanos afectos al proyecto del comandante fallecido siga produciéndose como un goteo indetenible.

Mario Silva es la excepción.

Por la misma razón que Laura de América y sus talk shows, su programa es uno de los más vistos de la televisión oficial.

Probablemente porque es el único entretenido, en el sentido morboso del término. O porque es el que mejor expresa la voluntad de no convivir, la convicción de que los opositores son unos enemigos a los que hay que sacar de juego, que ha caracterizado la saga de gobiernos rojos.

Mario Silva, no me queda duda alguna, será estudiado en el futuro como el autor del aporte más original del chavismo a nuestra cultura televisiva. Pero también lo será como uno de los íconos y personalidades que mejor condensa, y a la vez define, el proyecto político rojo. No por casualidad era una de las figuras públicas rojas que con mayor pasión defendía el comandante ido.

Luego de escucharlo haciendo de delator lo entendimos.

No es Lina Ron, la señora que comandaba los ataques violentos contra las televisoras.

Tampoco Luis Tascón, el señor que dirigió la persecución de los venezolanos que firmaron solicitando el referéndum revocatorio. Ni Iris Varela, la diputada que celebra los “coñazos” como método de castigo democrático. Es Mario Silva ­el sacerdote del odio, el confidente de los cubanos­, la creación más acabada de la cultura política chavista, la que mejor expresa sus valores y su estética.

Como cortado a hojilla.

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