opinión

Stalin en Miraflores

27 Marzo, 2013

En esas turbias y sórdidas corrientes del comunismo internacional, mantenido a flote en Cuba con el ominoso saqueo de nuestras riquezas, se pretende ahogar los restos de la Patria que fuimos. Vencer al candidato del comunismo, recuperando nuestra dignidad y nuestra soberanía, es mucho más importante que derrotar un gobierno espurio y entreguista: es iniciar la cruzada por la recuperación de nuestra integridad moral y nuestra soberanía. Es, hoy por hoy, nuestro principal y estratégico desafío existencial.

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Leo la enciclopédica y apasionante historia de la corte de Jossif Vissariónovich Dzhugashvili, conocido universalmente como Stalin, “el hombre de acero”, que Simon Sebag Montefiori tituló, y con razones detallada y muy profusamente explicadas a lo largo de sus 854 páginas, LA CORTE DEL ZAR ROJO. En el tercero y último de sus escasos y muy breves encuentros con su madre, Keke, una mujer enfermiza de 75 años que seguía viviendo en Tiflis, Georgia, ni siquiera hablaba el ruso y moriría 3 años después, desvela dos claves de esa historia, posiblemente la más siniestra del siglo XX y una de las más siniestras de la historia de la humanidad, que bien puede servir de clave explicativa de todos los totalitarismos comunistas, incluido, por supuesto el castrista. Y esta zarrapastrosa epigonía criolla.

opinan los foristas

 

La primera tiene que ver con el título del poder absoluto con que se reconocía secretamente el propio Stalin a sí mismo: “Iosiv, ¿qué eres exactamente?” le pregunta Keke ante el reproche de su hijo por las duras palizas a las que lo sometía en su niñez.“Bueno – le responde su hijo, entonces el hombre más poderoso de todas las Rusias y junto a Adolf Hitler, su contraparte, el autócrata más poderoso del planeta – “¿te acuerdas del Zar? Pues yo soy como un zar”. Se lo dice con su sencillez característica en los mismos momentos en que desataba la espantosa ola del terror tribunalicio de los Juicios espectáculos de Moscú con que exterminara decenas de miles de dirigentes fundacionales del Partido Bolchevique – a la cabeza de los cuales Zinoviev y Kameniev, junto a León Trotsky los más importantes líderes bolcheviques tras de Lenin –, a cientos de miles de dirigentes importantes de su propio partido bolchevique – familias incluidas – y luego de haber arrastrado a la muerte a millones de Kulaks, el campesinado próspero y principal factor de la producción de alimentos de la Rusia zarista, provocando con ello la mayor hambruna de la historia contemporánea. Sólo superada por la hambruna provocada por otro de los discípulos de Lenin, Mao Tse Tung en la China comunista. Las únicas hambrunas sistemáticamente planeadas y llevadas a cabo en la historia de la humanidad por razones de estricto dominio político.

La segunda clave tiene que ver con la relación compleja, contradictoria y no pocas veces sinuosa que los déspotas totalitarios han tenido con sus padres. Un famoso historiador alemán llamaba la atención sobre la bastardía que signa a muchos de los grandes personajes de la historia. Particularmente a los tiranos. Napoleón, el más famoso de ellos y que inicia la modernidad, encontraría en el siglo XX dos grandes epígonos: Hitler y Stalin. En el caso de Stalin, hijo de un pobre zapatero giorgiano, Sebag menciona un hecho extraordinariamente revelador: “Los verdaderos sentimientos de Stalin hacia su madre eran bastante complejos, debido a la afición que había tenido la mujer a pegarle y a los supuestos amoríos que mantenía con sus patrones. Quizá dispongamos de una pista para entender ese posible complejo de santa-puta…”.

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Nadie más cercano a nosotros del tirano bastardo que sufre del “complejo de santa-puta” que Fidel Castro. Hijo natural de un terrateniente gallego y de la hijita de su cocinera, Lina Ruz González, que llegara a descalabrar la sólida familia que había constituido con una maestra de escuela con la que tuviera sus primeros hijos, Fidel Castro no sería reconocido por Ángel Castro, su padre, hasta ser ya un adolescente, lo que le acarreó graves desventuras como estudiante del colegio jesuita en el que se educara, en el que sus compañeros le llamaban “el judío”. Norberto Fuentes, en su espléndida AUTOBIOGRAFÍA DE FIDEL CASTRO, relata muchas de esas desventuras, de las que la más extraordinaria posiblemente sea el disgusto que mostró ante las lágrimas de su hermano Raúl durante las exequias de su madre, Lina Ruz González. Aún en esas circunstancias no le merecía el menor respeto.

En el caso de Stalin, al desprecio por su padre, un zapatero remendón y a su contradictoria relación con su madre, de trigos no muy limpios, se unió una trágica relación con sus mujeres. Nadia Alliluyeva, la madre de Svetlana y según propia confesión la única mujer que amara en su tormentosa existencia, le jugó la espantosa trastada de suicidarse de un disparo en el pecho la noche del 8 de noviembre de 1932, mientras celebraban el aniversario de la revolución con sus camaradas más íntimos en sus aposentos del Kremlin. No se recuperaría jamás.

Se convertiría en un tirano solitario, desalmado, cruel hasta la impiedad, regido por el ejemplo y la imagen del Zar Iván el Terrible. Al que admiró como a su modelo y al que imitó en sus peores rasgos. Esquizofrénico, dominado por una feroz manía persecutoria, capaz de abrazar al camarada al que haría envenenar esa misma noche y de besar a su mujer a la que encerraría al amanecer en una jaula con una serpiente, llegó a representar a la perfección la maldad shakesperiana de un Macbeth.

Haría de la NKVD, su aparato de policía política en manos de Yezhov y Beria, y de sus tribunales populares, en manos de Vischinsky – tres demoníacos lacayos capaces de inmolarse por cumplir sus monstruosas órdenes – los perfectos instrumentos de un terror que llegó infinitamente más lejos que el de su contraparte, Adolf Hitler: el suyo fue un genocidio contra judíos y gitanos; el de Stalin un“democidio”. Liquidó a millones y millones de sus propios compatriotas ebrio del afán de liquidar las diferencias de clase, sin reparar ni siquiera en los miembros de su propia familia. El reinado de su GRAN TERROR no tuvo fronteras nacionales, religión, clases ni siquiera militancia política. Bajo su demoníaco terror no fueron perdonados padres, hermanas, esposas, novias, hijos. Millones de huérfanos causados por los asesinados masivos – sólo a Jrushchov se le contarían 150 mil ejecuciones, mientras el caudillo y Molotov firmarían en un solo día, el 12 de noviembre de 1938, la insólita cifra de 3.157 ejecuciones –terminaron en orfanatos políticos. Ese fue el paraíso socialista. Esa la realización de los delirios del marxismo leninismo.

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Una insólita cortina de alcahuetería, complicidad, autoengaño y perfidia levantada y mantenida por la intelectualidad europea y mundial cargó los dados contra Hitler y el nazismo, haciendo la vista gorda contra la monstruosidad del GRAN TERROR del comunismo marxista. Picasso, Aragon, Prevert y toda la élite del arte, la música y la literatura occidentales no cesaron de cantar loas al padrecito Stalin y al paraíso moscovita, mientras sus campos de concentración y sus inhumanos destierros hervían de millones de inocentes. Recién muerto y antes de que Jrushchov destapara la inmunda cloaca de sus multimillonarios asesinatos con sus revelaciones del XX Congreso, el futuro Nobel de literatura chileno Pablo Neruda escribió a su memoria la tristemente célebre Oda a Stalin que se abre con estos insólitos y ominosos diritambos:

Camarada Stalin, yo estaba junto al mar en la Isla Negra,
descansando de luchas y de viajes,
cuando la noticia de tu muerte llegó como un golpe de océano.
Fue primero el silencio, el estupor de las cosas, y luego llegó del mar una
ola grande.
De algas, metales y hombres, piedras, espuma y lágrimas estaba hecha esta
ola.
De historia, espacio y tiempo recogió su materia
y se elevó llorando sobre el mundo
hasta que frente a mí vino a golpear la costa
y derribó a mis puertas su mensaje de luto
con un grito gigante
como si de repente se quebrara la tierra.

Haber alabado al mayor genocida de la historia humana no fue óbice para que Neruda recibiera el Nobel de Literatura, aún cuando ya sus crímenes habían sido suficientemente ventilados. Ni sus asesinatos incalculables que lo convirtieran en el tirano más nefasto de la historia humana dejara de ser el principal atractivo para un joven imberbe que pretendía establecer una tiranía del mismo signo en una isla condenada a sufrir por ella la mayor tragedia de su historia. En 1955, cuando el Capitolio cubano discutía la ley de amnistía que indultara a Fidel Castro y sus compinches, abriéndole la ruta hacia el poder absoluto, su cuñado Rafael Díaz Balart, que lo conocía como a la palma de su mano, explicó su rechazo en los siguientes términos: “Porque Fidel Castro no es más que un psicópata fascista, que solamente podría pactar desde el poder con las fuerzas del comunismo internacional, porque ya el fascismo fue derrotado en la segunda guerra mundial, y solo el comunismo le daría a Fidel el ropaje seudo ideológico para asesinar, robar, violar impunemente todos los derechos y destruir en forma definitiva todo el acervo espiritual, moral y jurídico de nuestra República.”

En esas turbias y sórdidas corrientes del comunismo internacional, mantenido a flote en Cuba con el ominoso saqueo de nuestras riquezas, se pretende ahogar los restos de la Patria que fuimos. Vencer al candidato del comunismo, recuperando nuestra dignidad y nuestra soberanía, es mucho más importante que derrotar un gobierno espurio y entreguista: es iniciar la cruzada por la recuperación de nuestra integridad moral y nuestra soberanía. Es, hoy por hoy, nuestro principal y estratégico desafío existencial.


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