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opinión


El Nacional / ND

Extrañas competencias

31 marzo, 2013

Lo voy a confesar. Durante muchos años cultivé, estando despierto, una especie de pesadilla personal sobre lo que podría ser mi futuro y mi vejez. Muchas veces me imaginé, no sé cuántas, en el año 2030, sentado en un café de una querida ciudad extranjera ­Cartagena de Indias, Estambul, Barcelona o San Petersburgo­ tomándome un té con otros venezolanos, tan exiliados y tan ancianos como yo, conversando sobre la probable posibilidad de que Hugo Chávez ­el hombre que para entonces ya llevaría 31 o más años en el poder­ pudiese morir esa tarde o esa noche y nosotros pudiésemos regresar al país.

opinan los foristas

La obsesión no es un capricho. Sucede que cuando llegué a Caracas, con pretensiones de hacerme sociólogo de la Universidad Central de Venezuela, conocí a cuatro españoles inmigrantes republicanos que todas las tardes se sentaban a conversar al aire libre en una extraordinaria pizzería de la Calle Real de Sabana Grande, conocida cono La Vesubiana.

A pesar de la diferencia de edades, nos fuimos haciendo amigos. Apenas los veía juntos, me sentaba en su mesa y compartía un rato con ellos para hablar de cualquier cosa: literatura, familia, gastronomía o vinos. Hasta que llegaba la sombra. Generalmente, cuando el sol iba a caer, era inevitable, absolutamente inevitable, que el grupo, como en una condena, fuese tomado por la imagen del tirano Francisco Franco. Entonces todos se volvían amargos, puteaban y escupían al caudillo que nunca se terminaba de morir y aumentaban, en una lógica que era obviamente un recurso mitológico, el número de botellas de espumante que tenían enfriando, contando los días, para cuando el último suspiro del batracio retrógrado ocurriera en Madrid.

Un día llegó a Caracas la noticia de que Franco había muerto y yo corrí desesperado desde la UCV hasta La Vesubiana para darles un abrazo de felicitaciones a los cuatro españoles. Pero sólo conseguí a tres.

Estaban tristes y con la cara de quien acalora largamente. “¿Lloran por Franco?”, les pregunté extrañado. Y los tres con sus miradas de tristeza infinita me dijeron obviamente que no. Qué sucedió, que Ricardo, creo que así se llamaba el cuarto que faltaba en la mesa, se había muerto la noche anterior y no había podido disfrutar, ese fue el término utilizado, de la muerte del tirano. Y que eso les destrozaba el corazón.

En mi espíritu de veinteañero, aquel día entendí cuánto puede marcar la vida privada los desafueros de la política y las artes del totalitarismo. Desde entonces me dediqué a seguir, y así lo he contado en esta columna, esa extraña competencia que se produce entre los tiranos que impiden que sus opositores vuelvan a pisar el país donde nacieron, y los opositores que, como los cuatro españoles de La Vesubiana, aguardan esperanzados la muerte del caudillo para, antes de su último suspiro, volver a pisar la tierra de su país.

La competencia más feroz ha sido la vivida entre la disidencia cubana y el caballo mayor.

Por buenas razones del azar, alguna vez tuve la oportunidad de escuchar a Celia Cruz, en el pasillo del Hotel Tamanaco, explicarnos que ella estaba segura de que volvería a Cuba antes de morir. Pero no fue así, su corazón falló antes que el de Fidel y las pompas funerarias ocurrieron en Nueva York y no en La Habana, en donde la rumbera de “¡Azúcar!” se hubiese sentido feliz. Lo mismo que les ocurrió a Cabrera Infante, el autor de Tres tristes tigres, y a Severo Sarduy, el poeta mayor refugiado en París: la fortaleza del tirano cubano, más duro que el odio, los condenó a un tipo de exilio de invierno que va más allá de la muerte y de la soledad.

Por eso yo ahora me miro a mí mismo sorprendido. La pesadilla de pasar el resto de mis días secuestrado diariamente por un único tema, como los republicanos españoles en Caracas o los exiliados cubanos en Florida, ya no ocupa espacio alguno en mi imaginario personal. El azar ­salvo que lo que llamamos azar es una prueba de la ignorancia de las leyes que rigen el destino, decía Borges­ ha venido a liberarnos, y ahora es probable que envejezcamos sin que un tema único nos secuestre. Creo que en el futuro podremos entrar y salir de casa sin que nada ni nadie nos lo impida.

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