opinión

Diego Molero: yo sí soy un jala bola…

23 Marzo, 2013

“Y el que quiera ganá plata le voy a recomendá,
que se meta a jala bola bien trapiao sin descansá”

Rafael Garrido

Esta entrega irrespetuosa y retadora que me atrevo a escribir en contra de ese bochorno que es el Ministro de la Defensa de Venezuela: Diego Molero, es un síntoma de nuestra devastación institucional como país. No la inspira ni el irrespeto ni el miedo, la inspira la angustia.

opinan los foristas


No se asombren, mi escrito ni siquiera es un desafío. Este tipo es tan poca cosa, tan pobre diablo, que ni intimida ni atemoriza: causa lástima. No es vergüenza ajena lo que provoca, es pena. Y la pena es unánime. No hay quien no se ruborice o se ría de este marinero que chapotea su estolidez en la piscina del Círculo Militar.

La sabiduría popular es lúcida para calificar ciertas caricaturas humanas. No hacen falta largos análisis psicológicos ni explicaciones rebuscadas para develar a un bufón. En Venezuela una canción es suficiente, más aún si se trata de un sabroso joropo tan claro y preciso como “El Jala Bola”. No perderé mucho espacio ni palabrería para confirmarlo: Diego Molero, el humillado, el rastrero, el rasca sabañones, es el invencible jala bola que se describe en esa canción de nuestro folclore.

Cioran dice que las naciones sin orgullo ni viven ni mueren: son nada. Pese a la vergüenza que es Molero, nosotros como nación tenemos hartas razones para sentirnos orgullosos. Estamos vivos y coleando, son otros los que han despedazado nuestro orgullo y han muerto.

Patria socialista o muerte, la muerte prevaleció.

Simón Bolívar -probablemente el estratega militar más exitoso de la historia de la humanidad- alimenta nuestra gloria y orgullo. Un hombre iluminado y ejemplar que jamás hubiese aceptado ni permitido que un rey español lo mandase a callar, venció y liberó a toda la América meridional por su amor propio y nacional. Su pensamiento, visión y coraje nos guían aún después de doscientos años. Se dice fácil, pero no lo es. Su memoria debe enaltecerse y el jalabolismo humillante de Molero lo único que logra es mancillarlo en cada acto.

Las Fuerzas Armadas Venezolanas deberían de ser herederas y garantes de la fuerza espiritual y combativa de nuestro Libertador. No se puede aceptar ni tolerar, so pena de ultrajar la gloriosa estirpe de nuestros próceres, que un grumete obsecuente y jala bola, entregado a los intereses traidores de Cuba y de los Castro, humille al ejercito venezolano, legatario de Miranda y de Bolívar.

A diferencia de la mayor parte de la oposición venezolana no soy un acusador penitente de los militares venezolanos. Siento que ellos, como la sociedad en general, han sido sorprendidos por el paso demoledor de la autocracia chavista. No excuso sus errores ni sus sometimientos, pero tampoco los acuso. Sería miope hacerlo. Chávez no llegó al poder apoyado por militares, lo hizo impulsado por empresarios y políticos podridos moralmente. Los militares, a su modo, cada vez que tuvieron la obligación histórica y humana de hacerlo impidieron que el sátrapa impusiera sus delirios. Sí, cada vez que Chávez amenazó con masacrar a la población venezolana: el 4 de febrero, el 27 de noviembre, el 11 de abril o el 2 de diciembre, fueron los militares venezolanos los que lo evitaron y pusieron en su sitio.

En las tres primeras ocasiones lo llevaron o mantuvieron en prisión, en la última (el 2 de diciembre) la sagacidad de Chávez, aunque frustrado y derrotado, lo evitó. No olvidemos su impotencia desternillante cuando, ante el alto mando militar, lloró su derrota que calificó “de mierda”.

Esa noche del 2 de diciembre lo que evitamos fue nada más y nada menos que el “castro-comunismo” se instaurara, y lo confirmo, sin el apoyo institucional militar esta victoria hubiese sido imposible.

Hay que entender que los militares son gerentes de la sangre. Evitar derramamientos inútiles es su quehacer, sobre todo cuando esa gerencia de la sangre puede afectar al pueblo venezolano. No ha sido fácil la posición del militar venezolano, Chávez violó todas la formas republicanas y causó estragos en todos los sectores de nuestra sociedad. Una respuesta militar a estos estragos políticos causados por Chávez hubiese provocado una guerra. Recordemos que el diálogo militar está compuesto por la refriega y las balas. Ellos no son políticos, son militares; su misión es otra: deben respetar y hacer respetar la Constitución y deben resguardar nuestra soberanía nacional con el uso extremo de las armas.

Para sorpresa de todos -estoy convencido que en especial para el sector militar- el irresponsable jalabolismo de Molero ha roto el pacto constitucional, republicano y político de nuestra nación y nos ha precipitado hacia un lodazal de incertidumbre. Estamos desamparados, ya no hay orden legal que impere. El Ministro de la Defensa claudicó, mancillando la memoria de nuestro Libertador, y, por jala bola, permitió que un usurpador entregase el gobierno de nuestro país a los cubanos. Somos una colonia de Cuba y nuestra “defensa” se ha rendido.

Estimo que la situación es tan delicada que si el bochornoso marinerito no renunciase de inmediato cualquier cosa podría suceder. El pacto está roto, alguien tiene la obligación constitucional de restituirlo. Probablemente ya ni siquiera sea una obligación constitucional sino moral e histórica. Lo escribo más con temor y angustia que con entusiasmo. No creo en las balas ni en los tanques, soy humanista, creo en la vida y en la libertad, abomino la guerra, pero ante una invasión enemiga tan flagrante, ¿qué otra opción puede quedar a los herederos de Bolívar?

Creo que el chavismo no se ha percatado de esto, mucho menos Molero -y su insensatez arrastrada-, quien, al fijar una posición política e ideológica contrarias a los intereses de la nación, traidoras del gentilicio venezolano y transgresoras de la ley de leyes: la Constitución, ha empujado al mundo militar hacia un abismo.

Esta semana observamos con estupor como un grupo de narcos de la guerrilla urbana, autoproclamados “castro-comunistas” y entrenados por las FARC, arremetieron con violencia asesina contra la protesta pacífica de los jóvenes estudiantes de Venezuela.

Este acto de traición, de lesa patria, que atentó contra nuestra juventud, es decir, que atentó contra nuestro futuro como sociedad, fue alentado y promovido por Diego Molero. Peor aún, al día siguiente de la emboscada sangrienta, para celebrar y no dejar ninguna duda de su felonía y anuencia a la invasión, escuchamos estupefactos como se entonó en nuestro territorio el himno invasor de Cuba. Bolívar debe estar retorciéndose en su tumba, su memoria nacionalista y liberadora fue pisoteada.

No es irreverencia lo que aquí expongo; es dignidad patria. Si mis palabras incomodasen a alguien debo confesar que a esta altura poco me importa. Quiero la paz, pero paz sin libertad es esclavitud. Este cancerbero de burdel está amenazando nuestra paz social y nuestra libertad, hay que erradicar semejante acto de traición. Es urgente. Molero está desquiciado y está desquiciando, con su irresponsable jalabolismo, a nuestra nación.

En este artículo he arado en mi propia e irreducible angustia. No puedo evitarlo. Ella no cesa, se agudiza. Es tan perenne e irreductible que se despliega en cada letra. Sólo me queda la palabra en esta agonía tan íntima, pero ¿qué es la palabra ante la estridencia de las balas?

Evitemos el diálogo militar, evitemos más sangre derramada. Exijamos cuanto antes la renuncia de esta lástima de ser, la angustia es directamente proporcional al jalabolismo oficiado por este felón.

Confío en la herencia liberadora de Bolívar. No hacen falta balas para recuperar a la nación, hace falta virtud y honor. Con gloria y bravura entonemos nuestro himno como pueblo, gritemos con brío: ¡Muera la opresión!, compatriotas fieles, la fuerza es la unión…

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