opinión


El Nacional / ND

Adiós a una era

24 Marzo, 2013

Comenzó otra película. No importa lo que ocurra en las próximas elecciones presidenciales, con la muerte de Hugo Chávez ha terminado un ciclo. Agotador, crispado, vivido tormentosamente en el filo de la navaja, dominado por la omnipresencia de una energía psíquica desmesurada. Pero terminó y ahora comienza uno nuevo, cuyo rostro, por los momentos, es imposible de avistar.

opinan los foristas

Las brumas que lo envuelven son su signo más visible.

No decimos, por supuesto, que haya terminado el chavismo como fenómeno político.

El chavismo será un componente y un actor fundamental en el futuro inmediato de Venezuela. Y en el mediato. Pero el chavismo, no hay que olvidarlo, no tuvo su origen en el trabajo colectivo de construcción de un partido político, en el sentido moderno del término. Tampoco es el resultado de la filiación originaria a una determinada doctrina, tendencia o teoría política. Al marxismo, la socialdemocracia, la democracia cristiana, por ejemplo.

El chavismo, y por eso su nombre, es el resultado de un proceso de entusiasmo y emocionalidad aluvional acumulada alrededor de una sola y única persona que condensaba, a la manera de un traje prêt-àporter, todas las esperanzas, las definiciones, las tácticas y estrategias, los principios y valores y, por supuesto, las decisiones de un proyecto que terminó convertido en un complejo y poderoso aparato político concebido para promover una “revolución” mundial.

Pero esa única persona, por uno de esos azares de la historia, ahora está muerta. Irónicamente, no murió víctima del atentado que tantas veces se anunció oficialmente que sus enemigos venían preparando. El magnicidio, lo llamaron. Tampoco ocurrió a manos de una invasión militar del imperio. Una enfermedad común lo sacó del juego y ahora, por más esfuerzos retóricos que se haga para mantenerle con vida ­¡Chávez vive!, es la consigna­ ya no está. Ya no tiene la palabra final.

Por eso el futuro del chavismo, su continuidad en el tiempo preservando la cohesión interna de las tendencias y liderazgos medios que lo constituyen ­porque alto solo hay uno, insustituible­ dependerá de las interpretaciones que se hagan de lo que sus seguidores han denominado el “legado” de su líder. De ahora en adelante Chávez será la Biblia y el chavismo un movimiento de exégetas, intérpretes y hermeneutas encargados de preservar la mayor fidelidad posible a la palabra sagrada del líder muerto.

Un trabajo difícil, no sólo porque el PSUV no tiene específicamente una doctrina o, para hablar en clave marxista, una teoría revolucionaria propia, sino porque Chávez no desarrolló nada equivalente a esos manuales de autoayuda política con los que los grandes autócratas de movimientos estatistas del siglo XX resumían su pensamiento: el Libro verde de Gadafi, el Libro rojo de Mao o la Idea Juche de Kim Il-sung.

La dificultad se hace aún mayor si tenemos en cuenta que Chávez, en su meteórico y sorpresivamente interrumpido paso por el poder, habló mucho y su verbo convertido en palabra escrita debe reunir unos cuantos kilómetros de caracteres tipográficos. Y aún más compleja si recordamos que el ex presidente era víctima frecuente de grandes enamoramientos conceptuales.

Antes de que Rangel y Miquilena lo echaran del país, Norberto Ceresole, el sociólogo argentino asesor de los carapintadas, fue por un tiempo su teórico de cabecera. Como después lo fueron Dieterich, Monedero o Harnecker. Y por un tiempo, un libro cazabobos, El oráculo del guerrero, de un desconocido llamado Lucas Estrella, le inspiraba tanta pasión como los textos de Chomsky o de Galeano. En su primera visita a Moscú se declaró leninista, en China fue maoísta y es muy probable que en Japón haya sentido pulsiones sintoístas.

En la era pos, interpretar cuál de todo los Chávez es el oficial va a ser la gran dificultad. Siempre lo ha sido con este tipo de liderazgos fuertes sin doctrina política sólida de respaldo. Sin irnos muy lejos, es lo que ocurrió con el peronismo. Ha habido peronismo de ultraizquierda, los Montoneros; peronismo neoliberal, el de Menem; y peronismo neopopulista, el de los empresarios Kirchner. La orfandad no siempre es fácil. La película aún no tiene nombre.

hernandezmontenegro@cantv.net

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