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Notitarde / ND

Seguid el ejemplo que el Papa dio

13 Febrero, 2013

“En aquellos días aprendí dónde hay que interrumpir la discusión para que no se transforme en embuste y dónde ha de empezar la resistencia para salvaguardar la libertad”. Benedicto XVI (1927- ?), Papa renunciante de la Iglesia Católica, nacido Joseph Ratzinger, teólogo y Cardenal alemán elegido en abril de 2005 para suceder a Juan Pablo II.

Los venezolanos, conmocionados por el “viernes rojo” en el cual un gobierno que mintió hasta el último segundo devaluó el bolívar y cerró el camino a las divisas, hemos recibido en plenos carnavales una lección de honestidad por parte del líder espiritual de los católicos.

opinan los foristas

Benedicto XVI ha renunciado sorpresivamente, atribuyendo a la falta de vigor físico su retiro del trono de San Pedro. No es una renuncia común: un mortal que lleva sobre sus hombros la inmensa responsabilidad de representar a Dios en la tierra, guiar a entre 1.200 y 1.500 millones de católicos en el planeta, Arzobispo de Roma y uno de los hombres más poderosos del mundo por su ascendencia espiritual y temporal. El Papa es también un Jefe de Estado, un Presidente en funciones, con un territorio, unas leyes, funcionarios públicos y embajadas en todo el mundo. El Nuncio Apostólico es el embajador de la Ciudad del Vaticano y en los países católicos es tradicional que sea el Decano del Cuerpo Diplomático.

El papado es de carácter vitalicio y según el Derecho Canónico, solo culmina con la muerte… pero admite la renuncia del titular como una posibilidad de retiro del cargo. Benedicto XVI tomó esa decisión en consulta con Dios y con su conciencia, ninguno de quienes le rodeaban fueron advertidos de tal razonamiento. Incluso el momento en que lo anunció parece escogido para tal decisión solemne: una reunión de Cardenales que estudiaba los casos de nuevas canonizaciones.

El que un mortal decida renunciar por voluntad propia a su investidura y retirarse a una vida de clausura y oración, después de haber vivido el fasto, la pompa, el poder, la gloria, es el acto de humildad más grande que se haya visto tal vez en siglos. Una lección suprema: de Papa a monje de clausura.

Una lección magistral de responsabilidad: el Papa reconoce que su debilidad física le impide asumir eficientemente el peso de una Iglesia que afronta uno de los momentos más difíciles en sus más de dos mil años de historia. La persecución desatada contra los católicos en Asia y África; los espinosos temas del matrimonio gay, la eutanasia, la anticoncepción y sobre todo la vergüenza del escándalo de los sacerdotes que traicionaron sus votos de castidad o practicaron pedofilia. Todos estos problemas fueron firme y oportunamente tratados por Benedicto XVI, quien haciendo honor a su fama de teólogo ortodoxo, señaló firmemente un camino recto, despojado de relativismos contemporáneos, pero sorpresivamente suavizado por una inmensa bondad y capacidad no solo de perdonar, sino de pedir perdón en nombre de la Iglesia Católica a los perjudicados por los errores de sus miembros.

El Papa renunció con este razonamiento: “…en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”.

El Papa da una lección de sabiduría política: antes de fallar a su responsabilidad, renunciar al poder. Porque ya él lo estableció claramente: el poder es para servir y no para ser servido. El poder es para cumplir con honor el compromiso adquirido. Por algo es el Papa, elegido no solo por su amor a Dios, por el ministerio sacerdotal cumplido, sino por su sabiduría para administrar el poder divino y humano que le es conferido. El Pastor de Cristo en la tierra cumplió la labor encomendada y cuando sintió que podía fallar por su “falta de vigor”, renunció para dar paso a un nuevo Papa que pueda asumir esas pesadas tareas.

Benedicto XVI será Papa hasta el 28 de febrero. Él mismo marcó el día de su despedida, que se hará con alegría, sin traumas para la Iglesia que gobierna. Sembrando el orgullo entre los católicos que recibimos esa lección de honestidad con agradecimiento en medio de un mundo que flaquea en honrar tales valores.

Y ante la magnitud del poder al que renuncia el Papa y la forma responsable en que actúa a favor del bienestar de la Iglesia y de los católicos, nos lleva a contrastar con la situación tan bizarra que vive Venezuela, con un presidente supuestamente en funciones pero desaparecido del país, sin que los venezolanos le vean o le escuchen desde hace ya 66 días. Apoyados en el poder unipersonal del líder y en la ausencia de una constitucional separación de poderes, un grupo de recaderos y jaletis usurpan el Gobierno en nombre del desaparecido.

La situación está tocando picos de inquietud que debería preocupar a quienes han decidido echarse la mentira sobre sus hombros y seguir adelante con una farsa que puede traer trágicas consecuencias. Desmentir a la prensa con insultos ya no es suficiente ni siquiera para los chavistas, que también quieren saber de su líder. El único desmentido posible es que Venezuela vea y escuche al Presidente o que una junta médica, independiente de cualquier motivación política, determine su aptitud para continuar en la presidencia de Venezuela.

La lección de honestidad que está dando un hombre con un poder años-luz superior al del Presidente venezolano, debería ser tomada en serio por estos revolucionarios que están obligados a decirle la verdad al país, en nombre de quien ya no puede hacerlo personalmente porque desperdició la oportunidad histórica para ser honesto y demostrar la sinceridad de su amor por un país que depositó en él su confianza.

Benedicto XVI se va con reconocimiento, gratitud y gloria. La Iglesia Católica tendrá un nuevo Papa en el mes de marzo, seguramente más joven, saludable y vigoroso para afrontar con fuerza la inmensa responsabilidad. “Queridísimos hermanos, os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos”, son las palabras de despedida se Su Santidad.

Una gran demostración de que la riqueza viene de la grandeza espiritual y no de un barril de petróleo usurpado para una revolución fracasada.

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