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opinión

Los dados eternos

28 febrero, 2013

Dentro del paquete de reformas paulatinas anunciadas por el régimen cubano desde el año pasado, básicamente de carácter económico y migratorio, se mete ahora una reforma de carácter constitucional que a pesar del recelo y desconfianza con que la opinión pública suele recibir cualquier noticia que llega de La Habana, no deja de llamar la atención.

opinan los foristas


El anuncio lo hizo el propio Raúl Castro en televisión, después del acto de ratificación de su segundo mandato como presidente, por otros cinco años, durante la sesión inaugural de la Asamblea Nacional. Entre esas modificaciones que se harán al texto de la Constitución cubana de 1976, Castro señaló un tope máximo de dos periodos, no mayores de cinco años, cada uno, para la mayoría de los cargos público y, quizás lo más interesante, que se establecerán límites máximos de edad para ejercerlos. Esto último suponemos, con la finalidad de darle paso a las nuevas generaciones de políticos nacidos en la isla después de la revolución, e impedir al mismo tiempo que los viejos dinosaurios de la Revolución que aún quedan, aspiren a ocupar altos cargos; una rémora del pasado que se quiere evitar, en el nuevo modelo de gobernabilidad. A pesar de esa intención de cambio, Raúl Castro permanecerá hasta el 2018 como Presidente, cuando cumplirá 86 años de edad, lo cual no deja de ser contradictorio y en cierta forma irónico. Eso sí, dicho mandato será el último, como lo aclaró el dirigente cubano, independientemente “de la fecha en que se perfeccione la constitución”. Lo que significa una espera de no menos de cinco años, para llevar a cabo esas reformas.

Haciendo a un lado las reservas o dudas que se puedan tener, frente a la moralidad de la decisión de tomar unas medidas de apertura democrática, después de medio siglo de monopolio político e institucional por parte de los Castro, debemos entender el pragmatismo que las anima, así como la necesidad de implementarlas, en un sistema político desgastado, agonizante, y que no tiene más salida que delegar, aunque sea a la fuerza, en los cuadros jóvenes intermedios, la fase de transición político-económica, que conlleve a una sociedad abierta y libre.

Lo curioso es que mientras en el resto de los países de Latinoamérica, los mandatarios vienen haciendo cambios legislativos y forzando la letra constitucional para aferrarse al poder, en Cuba no queda más remedio que empezar a hacer lo contrario, o sea, desregularizar el poder. En este sentido, el contraste más significativo lo marca Venezuela, donde como se recordará, la Constitución Bolivariana fue modificada, sin importar el referéndum popular que la rechazó prima facie, únicamente con el propósito de permitir la reelección presidencial de manera perpetua, no obstante que la Constitución establecía ya, la posibilidad de una reelección, y con ello, un largo periodo de mandato de doce años. Perpetuidad o más bien eternización, que algunos quieren extender a como dé lugar, por encima de todo limite racional, incluso, más allá de la vida y de la muerte.

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