opinión

Hasta cuando nos demos asco

20 Febrero, 2013

“Quien crea que el horror que vivimos cesará como por arte de magia y el orden, la decencia, la integridad renacerán en el que fuera nuestro país por auto generación espontánea, es por decir lo menos, un menguado, un analfabeta o un canalla. Sin el despertar de nuestra conciencia y la decisión colectiva de arrancar de raíz, sin titubeos ni medias tintas, las profundas raíces del mal que nos prostituye, seguiremos hundiéndonos en nuestra cloaca hasta que sintamos asco de nosotros mismos. Será el fin de este viaje. Y el recomienzo. Muchos no lo veremos.”

opinan los foristas

Debe haber por lo menos seis millones y medio de venezolanos turbados, desconcertados, afligidos, sin entender qué es lo que realmente sucede en nuestro país. Y que al toparse con la imagen omnipresente de un venezolano que ha atropellado, pervertido y anulado la voluntad de 28 millones de conciudadanos, provocando una devastación inimaginable al tejido social, a nuestra cultura, a nuestra infraestructura material se preguntarán: ¿hasta cuándo esta pesadilla? Si hasta parece haberse esfumado dejando en pie la inmundicia de su siniestro trabajo.

Muchos venezolanos de bien ya se han ido. No soportan la idea de tener que dejar a sus hijos a la intemperie de toda conducta moral, de todo sentido de responsabilidad, de toda buena crianza. Pues temen, y con razón, que Venezuela haya perdido toda singladura moral y que en ella todo sea posible, hasta lo más aberrante. Leo la noticia de un joven carabobeño de 29 años que, abandonado por su esposa, asesina a sus tres hijos de 13, 12 y 9 años. Para luego suicidarse. No es novela de ficción.

Un amigo vende todas sus pertenencias para irse tras su familia, a la que decidió enviarla al extranjero luego de sufrir un shock inenarrable: presenciar, maniatado, cómo un muchacho hundía una pistola de alto calibre en la boca de su nietecito de ocho meses para terminar de hacerse con todos sus bienes. Creyó que bajo el imperio del terror obtendría el arma que buscaba, y que jamás encontraría. Un arma no ha existido ni existirá jamás en esa familia. Una familia de bien, como solíamos ser.

Tras esos doscientos mil o más asesinatos cometidos en estos 14 años hay cientos de miles, sino millones de asesinos. Bajo el imperio de la barbarie de un militar de baja ralea, amo y señor de un ejército controlado por una camarilla de sus iguales – ambiciosos, inmorales, apátridas, ladrones y corruptos – Venezuela perdió todo Norte, todo sentido, toda densidad espiritual. Es el campamento minero atiborrado de petróleo, que permite la aglomeración de millones de seres humanos que pasan por ciudadanos civilizados, una gran cantidad de los cuales carecen del más elemental sentido de conciencia moral. Y para los cuales la vida, como dice la canción, no vale nada. Ni perderla a manos del hampa ni perderla a manos de destacamentos policiales. Por cierto, de la misma jaez.

Una pandilla de facinerosos atrincherados en una ideología trasnochada y ya carente de todo sentido, pero que les legitima el asalto, el robo, el abuso, el asesinato terminó por hacerse del país y sus riquezas. Amparados en la lucha de clases que esa perversa ideología reivindica como la mayor de las conquistas históricas, cobijan a maleantes, homicidas y delincuentes que se ceban en la miseria de los suyos y asesinan a los de su propia clase. Un etnocidio permitido en nombre de la liberación del hombre por el hombre. Del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Puro non sens.

Huérfana de ductor, que también la barbarie tiene sus liderazgos, la pandilla sigue su ejemplo entregándose en brazos de una tiranía extranjera. La que fuera una Nación soberana madre de cinco naciones termina convertida en una corrompida tribu colonizada. Y una situación de tal degradación ética y moral, una carnicería tan prostibularia como la que describo – sin ninguna exageración, como puede comprobarlo quien quiera leyendo las noticias – continuará carcomiendo las bases espirituales de una realidad prostituida y aparentemente irremediablemente perdida.

Y allí surge el grave problema de las ilusiones de quienes creen que el horror que vivimos cesará como por arte de magia si sabemos comportarnos y nos sometemos de buen grado a la batuta de quienes dirigen la orquesta. Creer que el orden, la decencia, la integridad renacerán en el que fuera nuestro país por auto generación espontánea, es por decir lo menos, propio de un analfabeta o de un canalla. Pues nuestra propia conciencia histórica nos enseña que sin el despertar de nuestra conciencia y la decisión colectiva de arrancar de raíz, sin titubeos ni medias tintas, las profundas raíces del mal que nos prostituye, seguiremos hundiéndonos en nuestra cloaca hasta que sintamos asco de nosotros mismos. Será el fin de este viaje. Parece tan lejano que es muy posible que muchos no lo veamos.


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