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opinión

España, un pueblo triste

31 enero, 2013

La historia de Cataluña es pródiga en actos separatistas e independentistas, algunos de la propia España a la que ha estado unida, desde su propia formación, a través del Reino de Aragón y otros de la vecina Francia a la que ha permanecido por pedazos y por ratos. Pero al igual que ocurre con las Vascongadas o País Vasco, que también tiene un pie en España y otro en Francia, los movimientos secesionistas tan solo fermentan y bullen en España.

opinan los foristas

La interpretación de esta realidad es compleja y difícil. Al menos, no hay una respuesta suficientemente satisfactoria, que explique, por ejemplo, por qué un vasco francés, se siente a gusto siendo francés, mientras que un donostiarra quisiera no ser español. El hecho de que solo una pequeñita parte de las Vascongadas quede del lado francés o que la Cataluña del Norte de menor importancia territorial, política e histórica que la peninsular, pertenezca a ese lado de los Pirineos desde hace más de cuatro siglos, pudiera parecer suficiente razón para entender por qué ha sido el territorio español el escenario principal donde se han desarrollado las principales manifestaciones de ese nacionalismo vasco o catalán, y el motivo de que una organización terrorista como ETA nazca en España. También en la forma en que los diferentes gobiernos españoles y franceses han manejado el asunto vasco o catalán podría buscarse una respuesta al tema, sobre todo si tenemos claro que el papel de la diplomacia francesa ha sido siempre la de meter sus narices más allá de sus fronteras y sacar buen provecho de las oportunidades que se le presentan, tal como ocurrió en el siglo XVII con la revuelta entre realistas e independentistas catalanes, que contó con el apoyo de Luis XIII, a cuya corona terminaron anexados los territorios catalanes que habían pertenecido a la Corona de Aragón, mediante la firma del tratado del 16 de diciembre de 1641. O de igual modo, como explicar la larga e impune acción terrorista de ETA, que utilizaba como base de operaciones el territorio galo, en el cual se escondía cada vez que cometía sus criminales atentados, al que solo se puso punto final cuando la policía española comenzó a contar con el apoyo verdadero de sus colegas franceses, bajo la presidencia de Sarkozy. Obviamente la política exterior española no ha sido tan brillante y si no ahí está la historia para demostrarlo; pero peor ha sido la política doméstica con la cual se ha manejado esta problemática y que en el siglo pasado, por solo mencionar un ejemplo reciente, pasó de la represión franquista que anuló todo tipo de libertades y manifestaciones nacionalistas, a un régimen de liberalidades autonómicas de todo género, recogidas en la letra de la Constitución de 1978, de las que podemos mencionar como muestra, la oficialización de otras lenguas habladas en algunas regiones de España como el vasco o el catalán, junto al castellano, algo que, por el contrario, la reforma de la Constitución francesa de 1992 no hizo, al establecer que el idioma oficial era únicamente el francés. Dentro de las debilidades que la política española reciente ha tenido como hándicap, las de antaño llevaría mucho espacio recordarlas, y de las que los nacionalismos han sabido sacar provecho, se encuentran algunas políticas de los gobiernos socialistas dirigidas a favorecer las minorías; aunque son gobiernos de derecha como este de Rajoy, en los que los nacionalistas creen que hay un terreno más abonado para iniciar la ruta del separatismo.

Otra explicación pudiéramos encontrarla en los propios entresijos de la partidocracia española, donde dentro de los dos grandes partidos políticos existentes, no ha descollado un político vasco o catalán, con suficiente arraigo nacional y empuje como para llegar a la Moncloa. Un detalle que lejos de no parecerlo, tiene su importancia, sobre todo cuando recordamos que bajo la óptica nacionalista las decisiones del gobierno central, se ven como expresiones de un gobierno más representativo de Castilla, incluso que de España, tomadas en todo caso, por gobernantes que no son catalanes, ni vascos. La culpa de ello radica quizás en que los dirigentes vascos o catalanes han preferido dedicarse al trabajo partidista regional, donde el nacionalismo es, desde luego, un buen negocio, que permite llegar igualmente al Congreso de Diputados.

Pero tal vez, la verdadera explicación de todo ello esté en la devaluación ética y espiritual que afecta desde hace décadas a España y a los españoles, catalanes y vascos incluidos. Eso que Ortega denominó en su momento “la descomposición nacional” y cuya raíz pensaba, estaba en “el alma misma de nuestro pueblo”. La norma histórica que en el caso español se cumple, decía Ortega, “es que los pueblos degeneran por defectos íntimos. Trátese de un hombre o trátese de una nación, su destino vital depende en definitiva de cuáles sean sus sentimientos radicales y las propensiones afectivas de su carácter. De éstas habrá algunas cuya influencia se limite a poner un colorido peculiar en la historia de la raza. Así hay pueblos alegres y pueblos tristes”. Qué duda cabe, que España es hoy un pueblo triste.

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