opinión

En el reino de la magia revolucionaria

7 Enero, 2013

Casi sin percatarnos, los tiempos que corren nos han hundido en el imaginario de lo fantástico.

opinan los foristas

Durante estos años del llamado proceso, nuestro país ha sido invadido por santerías y lóbregos cultos importados del Caribe –léase de Cuba- como parte de la auspiciada transculturación revolucionaria. No es que antes fuesen inexistentes, pero de aisladas manifestaciones se ha pasado a prácticas extendidas.

De manera concurrente con esos oficios emergió otra idolatría, la divinización de nuestro Libertador. Aunque ya practicada en otras épocas, nunca llevada a una ortodoxia casi tóxica como ahora. Esta devoción culminó con el extraño desenterramiento de sus restos en una inexplicable liturgia pseudocientífica que, vinculada a lo antes mencionado, abrió razonables sospechas de una praxis del Palo Mayombe Bantú, de amplio uso en la Cuba mágica.

Otro culto notorio de estos tiempos ha sido la genuflexa veneración de nuestro caudillo hacia el viejo patriarca cubano, sátrapa que resta como el último eslabón de la extinta especie comunista. Pareciera que ese fervor lo llevó a confiar en sus míticos poderes -lógicamente más que en la dudosa capacidad médica de la Isla- para la sanación de sus graves males. Pero ya vemos los resultados.

Ahora los partidarios del caudillo, siempre bajo el aura de la magia, juegan a revivir la leyenda del Cid Campeador buscando ganar batallas con quien ya no puede combatir. Pero desconocen diferencias antagónicas entre este cabecilla segregacionista y aquel noble caballero burgalés, cuyo sentido de justicia fue tal, que cuando triunfante ascendió a Señor de Valencia, restauró la religión cristiana, pero al mismo tiempo renovó la mezquita de los musulmanes y se rodeó de poetas tanto árabes como cristianos.

Los secuaces, imitadores maquinales del caudillo, a quienes grandeza y dignidad les son inalcanzables, continuarán en el reino de oscuros cultos.


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