opinión


El Nacional / ND

Votar y ganar

9 Diciembre, 2012

No es posible vivir dos procesos electorales de alta intensidad de manera tan seguida.

opinan los foristas

La democracia no es multiorgásmica. Después del proceso pasado, después de la campaña, de toda la inversión de dinero, de salud, de afectividad, pareciera natural que las expectativas ante la elección del próximo domingo permanezcan un poco diluidas. Es difícil exigir siempre más pasión.

Los venezolanos pasamos tres meses, cada quien en su bando, siguiendo el enfrentamiento de dos carismas muy diferentes que, sin embargo, compartían un mismo perfil titánico: hombres solos, sin vida personal conocida, casados con la patria, entregados a la historia. Tras ese derroche de adrenalina, cualquier otro combate aparece situado en una liga menor. Antes tuvimos el relato épico de David y Goliat. Hoy, por momentos y por desgracia, sólo parece haber la crónica de una caimanera.

Esa es, sin duda, una primera desventaja. Venimos de una exaltación que nos desborda.

Por eso, también, es muy difícil comunicar la trascendencia real de las elecciones del 16 de diciembre. Esto sin contar, además, con los extremistas de siempre. Con toda la corriente que promociona la ceguera como forma de relación política. Los que creen que por Chávez no vota nadie. Los que todavía piensan que la única explicación posible del país se esconde en la palabra fraude. Ellos también distribuyen un clima que, finalmente, sólo logra alimentar al poder y debilitar a la oposición.

La amenaza de la abstención tiene tanto vigor que ha terminado convirtiéndose en un tema fundamental de la campaña. Las ofertas electorales deben transitar primero por un peaje difícil y engorroso: convencer al votante de que vale la pena votar. Convencerlo, animarlo, seducirlo, exigirle, pedirle, rogarle… El verdadero adversario a vencer parece no ser el oficialismo sino el desánimo de los electores. Antes que hablar del futuro, los candidatos están obligados a desactivar una máquina terrible del pasado: la desesperanza.

Existen, además, objetivamente, razones para el cansancio, para el desaliento.

Venezuela, desde hace años, es un derrumbe organizado.

Asistimos a un proceso perverso que ha aprovechado las formas democráticas para traicionarlas y transformarlas. No se trata, por supuesto, de una exclusividad nacional, de una identidad bolivariana.

Es parte de las nuevas maneras del autoritarismo. Las tiranías modernas han descubierto que, a veces, la popularidad es más eficaz que las armas.

Tampoco la polarización ayuda. Menos aún en momentos como estos. Cuando el desánimo está en alza, resulta más difícil conseguir complicidades. Un ejemplo es el estado Carabobo. Supongo que no debe ser sencillo tener que elegir entre un paracaidista político, un militar puesto a dedo desde arriba, o una familia que pretende quedarse eternamente en el poder. Más elementos para la desilusión. Más combustible para no moverse.

Mientras, por su lado, el chavismo promete comunas con un kit teórico muy simple: dinero y amor. Los candidatos oficiales intentan desesperadamente emular el ángel de Chávez. Tratan de ser otros, de lucir radiantes, felices. Es una versión peculiar de La metamorfosis. De un día para otro, todos amanecieron cuchi chuchis. Hasta Érika Farías sonríe ahora como si hubiera tomado lecciones privadas con Osmel Sousa. Quieren montarse en la ola melodramática que ha establecido el Presidente con una buena parte del país.

Ahora andan en modo romántico. Como si la política fuera un permanente homenaje a Armando Manzanero.

“Ayer tarde vi llover”, podría ser el himno del PSUV. Por lo menos, mientras dure la campaña. El día de las elecciones, ese bolero también tendrá brigadistas, billete y autobuses.

Hay muchas razones para no votar. Muchísimas. No voy a repetir la fastidiosa retórica sobre el “deber” de votar. Prefiero todas las palabras de aquellos que piensan que el voto puede ser una forma de canalizar la indignación, un saludable ejercicio de rabia. Contra el pesimismo pero también contra la injusticia. Contra la inseguridad pero también contra el Consejo Nacional Electoral. En lo personal, creo que me salva el hecho de que jamás he tenido una asociación directa entre los verbos votar y ganar.

Durante años no voté y, después, casi siempre he perdido. En mi experiencia, el voto no es menos importante que el resultado. Por eso me aburre el festival de las encuestas.

No se vota sólo para ganar. Se vota para decir quién es uno, qué le gusta, qué prefiere, qué quiere o a qué se opone. Votar es un acto de afirmación personal. Como la escritura. Como la amistad. Como el sexo.

Es una pequeña declaración de independencia personal.

Una forma de decir que estás vivo.

abarrera60@gmail.com

Canal Noticiero Digital