opinión

Un peculiar ojo clínico

5 Diciembre, 2012

El apasionante tema de las enfermedades de los gobernantes y el derecho de los gobernados a ser informados oportuna y verazmente, de manera irremediable será objeto de polémica hasta el fin de los siglos. Y será así en países distintos a Estados Unidos, donde esa materia es del más absoluto interés nacional.

opinan los foristas

Ha habido naciones civilizadas como la francesa, con líderes intelectuales tan finos y con las reconocidas cualidades democráticas de Francois Mitterrand, quien de manera “ejemplarizante” solicitaba exámenes sobre su estado físico y los hacía publicar. Ahh, pero como decía Cantinflas, ahí estaba el detalle…

El conmovedor gesto de Mitterrand despertaba alborozo en grandes amigos y admiradores de su obra literaria incluso al otro lado del Atlántico, como Gabriel García Márquez, quien el 2 de diciembre de 1981 publicó un artículo titulado Los dolores del poder, con críticas a esos mandatarios amantes de mentir y de ocultar sus dolencias, como ocurría en la China de Mao Tse Tung y de Chou En Lai, así como entre los líderes soviéticos.

“El estado de salud de una persona es asunto de su vida privada, salvo si se da la casualidad de que esa misma persona sea presidente de la República. Francois Mitterrand lo sabe, y por eso decidió, sin que ninguna ley se lo exigiera, publicar cada seis meses un informe minucioso sobre su estado de salud”… El Gabo decía luego que el primero de esos informes “era más que satisfactorio para un hombre de 64 años que no se priva de ninguno de los placeres sanos de la vida, y que fue visto hace poco, muy cerca de la media noche, comiendo arenques ahumados en un restaurante del barrio Latino”…

Pues bien, lo que los franceses no sospechaban y, por supuesto, García Márquez tampoco, era que el presidente socialista guardaba entre pecho y espalda la verdad verdadera: Las primeras manifestaciones del cáncer de próstata ya se habían hecho sentir y muchos años después, en medio de gran sufrimiento, iría a la tumba a consecuencia del mal. Pero mientras fue presidente, entre 1981 y 1995, los informes maquillados fluían con regularidad y, claro, ahí estaba el detalle.

El médico Claude Gubler guardó el secreto con su buena dosis de irresponsabilidad y sólo contó la historia tras la muerte del gran político, lo que venía a plantear otro debate de relevancia: ¿Frente a quiénes es el compromiso médico, frente al enfermo o con el país que paga las consecuencias?

En su delicioso manejo del idioma y en su todavía actual artículo, García Márquez -que conocía bien a Mitterrand y se trababa en discusiones literarias con él-, sostenía que los reportes eran cuestión de principios. “Es muy propio de su carácter jugar con las cartas sobre la mesa y exigir de los otros la misma conducta. Lo que tal vez no había pensado es que una torcedura dorsal durante una partida de tenis pudiera tener algún interés para la opinión pública”…

Al releer esas líneas después de tanto tiempo, mi escasa imaginación solo da para una conclusión elemental: No podemos fiarnos del ojo clínico de un Premio Nobel de literatura a la hora de usar el estetoscopio, aunque en honor a la verdad me gustaría leer uno de esos “reportes” suyos sobre Fidel Castro y su ya nada nuevo mejor amigo.

www.ricardoescalante.com


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