opinión

Si mi muerte contribuye…

11 Diciembre, 2012

Los voceros oficiales decían que a la oposición se le había acabado la patraña, que habían querido montar, con esto de la enfermedad de Hugo Chávez, una vez aparecido este señor la madrugada del viernes 07 de diciembre; a propósito de la cantidad de rumores que se suscitaron a lo largo esa ausencia suya, que ya iba para una semana y media; sobre todo, su desaparición en todos los sentidos; cuando en otrora, aunque fuera a través del twitter se manifestaba, y entonces eso era una especie de fe de vida de su parte en este año y medio, que llevamos ya de lo que se ha significado esta enfermedad suya, mientras se curaba por allá, por la isla de su ensueño…

opinan los foristas


Me pregunto, ¿cuál sería esa patraña? Acostumbrado uno a un ser que lo había asediado con una persistente y abrumadora exposición mediática, el hecho mismo de que no se tenía ni siquiera un twitter de este señor ya daba para hablar, y el doble de lo que se hubiera hecho, si el oficialismo no manejara con tanto hermetismo este asunto. Es decir, la culpa de que uno comience a darle a la lengua en ese sentido la tiene el propio oficialismo; cuando ni siquiera ha dado a conocer en verdad el tipo de cáncer que padece Chávez. De donde hay la corriente de venezolanos escépticos frente al cuadro de este supuesto paciente, y quienes creen que su enfermedad forma parte de una estrategia mediática, partiendo de lo que se ha conocido como la “misión lástima”.

Pero el tema era patético, y hasta se asomaba como posibilidad esta situación, que ahora se nos ha presentado, luego de este anuncio del sábado por la noche de Chávez en persona, en cuanto foro se realizó, sobre todo, de carácter económico, y, a ese respecto, se hablaba de un gobierno provisional o algo parecido, si era que “se agravaba la salud del señor presidente”. A propósito de ese hermetismo aquí bien vale recordar esa imagen, con la que García Márquez inicia su novela “El Otoño del Patriarca”, cuando dice que “sólo cuando los gallinazos se comenzaron a meter por las ventanas del palacio presidencial, fue cuando el pueblo se vino a enterar de que El Patriarca había muerto”.

Es decir, algo que le es afín a todo régimen totalitario: la no trasparencia en el manejo de las situaciones y, por el contrario, la tergiversación de la información relativa a las mismas, de acuerdo a las conveniencias políticas; al punto de que hay la leyenda, a propósito de la muerte de Juan Vicente Gómez, de que, en verdad, ésta no se produjo sino unos días antes del 17 de diciembre; sólo que sus acólitos esperaron su anuncio para esa fecha, coincidiendo con la de la muerte del Libertador, y esto con motivo de ese reto, con el cual nacemos los venezolanos, como es del emular a Bolívar.

Incluso, no dejó de decirse en esta oportunidad, que ya Chávez agonizaba en La Habana, y entonces se traía a colación la circunstancia de que casi todos nuestros caudillos y líderes se han muerto en diciembre, comenzando por Bolívar, y, luego, Gómez, Rafael Caldera, Carlos Andrés Pérez.

Fue memorable la ocasión en que un astrólogo, que tenía una columna en un periódico, especializado en temas de la economía que circulaba en la década de 1990, le vaticinó la muerte al entonces presidente Rafael Caldera: un catirito de ojos claros y de melena crespa, y quien había lanzado su vaticinio en una reunión de empresarios, a propósito de un evento que se realizaba en un agosto en la Isla de Margarita; de modo que allí fijó la fecha del acontecimiento para marzo del año que venía. Por lo demás, no se sabía de qué enfermedad; aunque cualquiera no podía dudar, sobre todo, en un momento en que éste, desde el punto de vista anímico, ya se veía muy limitado por su ancianidad. De modo que los venezolanos nos fajamos a hablar casi ocho meses de la muerte de Rafael Caldera; mientras tanto el astrólogo se hacía millonario, habida cuenta de la fama que adquirió a raíz de esta situación en el medio venezolano, y prometía, por lo demás, que de no cumplirse su vaticinio, dejaba de escribir su columna, y desaparecía del mapa. He allí las peripecias de un pueblo más desbordado por la imaginación, en cuanto a su conciencia se refiere, que por la razón. Aparte de que aquí entre nosotros la memoria de los muertos no se respeta, y para el caso cabe citar la propia muerte de Rafael Caldera, y la que motivó más de un comentario de carácter insidioso, sobre todo, porque estamos ante un hombre que fue el que propició toda esta situación que estamos viviendo hoy en día, comenzando por el apoyo solapado que le brindó a los golpistas del 4 de febrero de 1992.

La noticia de la muerte del Libertador fue celebrada en Venezuela con no se cuántos cañonazos en cada pueblo. Dicho a la venezolana: ¡Qué ladilla sería ese hombre! Permítase una digresión: si algo bueno nos deja esta “robolución”, es que nos ha permitido ver en carne y hueso a estas figuras históricas que uno tenía mitificadas. Ahora comprendemos, el carácter dictatorial que había en la personalidad de Bolívar. Enemigo, como Chávez de la descentralización, que era su furia contra el federalismo, presente en casi todos sus documentos. Era de los que le escribía a sus amigos: “Usted sabe que yo he gobernado veinte años”. Mas, cuando le daba la gana, entonces elogiaba a aquél gobernante que no se acostumbraba a mandar, de modo que el pueblo no se acostumbrara a obedecerlo. No sin razón admitía que, mientras su conciencia era democrática, su corazón era monárquico. Todo esto lo digo porque en la noche de este sábado, a raíz de dicho anuncio también se oyeron cohetones en algunos pueblos de Venezuela. Algún disociado, como nos dicen.

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