opinión

Otros muertos con excentricidades

16 Diciembre, 2012

Las personas normales no sienten prejuicios ni inconvenientes respecto de la fecha de su fallecimiento, no muestran especial preferencia por un día de la semana en particular, ni siquiera por una determinada hora. Sólo los megalómanos y sus allegados se preocupan por controlar absolutamente todo alrededor de la agonía y la muerte de los que pretendieron controlar las vidas, pensamientos, conductas y hasta los sentimientos de sus respectivos pueblos, tratando infructuosamente de someterlos, humillarlos, por la fuerza obligarlos a practicar absurdos cultos de adoración (que siempre han resultado inversamente proporcionales a sus cualidades y virtudes, a menores capacidades como Estadistas corresponden más complicados maquillajes, más pompa discursiva, muchos más afiches, vallas y menciones en radio, TV y prensa escrita).

opinan los foristas

José Stalin se instaló sobre la obra y los cadáveres de Lenín, Trotsky, centenas de altos funcionarios triturados por las sucesivas purgas, y millones de disidentes que perdieron su libertad, su salud y sus vidas, para que el “padrecito” bolchevique pudiera satisfacer sus infinitas apetencias de poder absoluto. Pero así como Stalin desconfiaba de todos a su alrededor, todos desconfiaban de él, y cuando le ocurrió lo que le pasa normalmente a miles de personas en el mundo, no obtuvo la respuesta que se produce en la mayoría de los casos. Al tirano inescrupuloso le ocurrió un ACV (accidente cerebro vascular), y sus allegados decidieron dejar que la naturaleza siguiera su curso, sin el concurso de los médicos, las medicinas, los tratamientos, y toda la URSS respiró más tranquila al saber de su deceso. Tres décadas de sus arbitrariedades y constantes abusos hacían sentir que era consolador que su reino del terror no continuase ni siquiera por los días que pudo estar en condición de paciente en una cama de hospital. A la bestia la dejaron morirse, en cuestión de horas. Luego Nikita Kruschev le daría la estocada definitiva, al denunciar públicamente los inmensos e innumerables crímenes que habían sido cometidos, por órdenes del “padrecito” georgiano.

Hirohito, emperador de Japón, la personificación de Dios en carne, hueso y humana mediocridad, respaldó el cobarde ataque a Pearl Harbor en diciembre de 1941, ya aliado a Hitler y Mussolini en el proyecto totalitario que pretendía dominar al planeta en base a la presunta superioridad de los tres fascismos sobre el resto de las sociedades, y cuando ya anciano, sobrecargado de errores y horrores, la muerte vino en su busca, tuvo que soportar la infamia de ser mantenido durante 17 días en vida vegetativa, un humillante paréntesis que destroza lo que pueda quedar de dignidad en el paciente, para que los factores del poder tuvieran tiempo para organizar la continuidad del espejismo imperial, sin su presencia. También correspondió una farsa similar al dictador de Portugal, Salazar, impedido de morirse oficialmente hasta que hubiera transcurrido el tiempo suficiente para garantizar que -maquiavélicamente- todo siguiera igual, aunque algo hubiera cambiado, siendo ese algo la inoportuna muerte del elemento que aglutinaba en torno a su figura de déspota, la rígida disciplina social que permitía que una élite se beneficiara del funcionamiento de todo un país, aunque los portugueses en su mayoría hubieran tenido que sacrificar sus libertades y los niveles de prosperidad que les hubieran correspondido, de no haber mediado en favor de la pandilla gobernante una manera de repartir que resultaba más nutritiva para los allegados al dictador.

El Bagre, Juan Vicente Gómez, instauró una férrea dictadura sobre Venezuela por 27 años, reprimía cualquier manifestación de disidencia (cárcel, tortura, asesinato, exilio, persecución), y premiaba cualquier manifestación de adulancia y sumisión (cargos, prebendas, autorizaciones para pingües negocios, inclusión en su círculo de los más allegados), y los elevados niveles de despotismo mantuvieron a los venezolanos en el siglo 19, hasta que la ancianidad y las fallas orgánicas se apiadaron de Venezuela, y el siglo 20 se asomó tímidamente a finales de 1935. Pero el anuncio de su muerte no fue dado de inmediato, la misma emergencia que pospondría el desenlace fatal en los casos de Salazar e Hirohito, tuvo vigencia en el caso del Bagre, con el añadido de que usaron una fecha conveniente, el 17 de diciembre, para sacarle un último provecho a la figura de Simón Bolívar, permanente comodín de cuanto demagogo ha protagonizado en este país. Así pues, el postrer episodio de la tragedia gomecista hizo coincidir la muerte del dictador, con la fecha en que realmente falleció SB en Santa Marta, Colombia, rodeado de muy pocos, y odiado por demasiados.

Como es evidente, no hay originalidad en eso de mantener a uno de esos personajes nefastos por medios artificiales en aparente “vida”, congelar el cadáver, hacer coincidir las fechas. Los vivos que conforman sus círculos más íntimos practican la viveza aún mucho después de ocurrido el rigor mortis, tratando de arrimar sus sardinas a las mejores brasas. El problema primordial es que los esquemas de dominación basados en la figura de un individuo, no son transferibles. Así como la rabia se acaba al morir el perro, el carisma y el poder de convocatoria que emanan de determinados personajes, en torno a los cuales una porción importante de la sociedad se somete, no pueden ser dados en herencia, ni siquiera con plañideros discursitos, que mezclan dogmas anacrónicos, consignas piches y mucha cursilería deliafiallona, efectiva en una telenovela, pésima en la vida política y en las circunstancias del tercer milenio que, como a finales de 1935, se empeña en asomarse para los venezolanos, a pesar del “proceso” dirigido a llevarnos de regreso al siglo 19, con mentalidad campesina, economía de trueque, organización social comunal y nuestro Kim il Sun en coma inducido en medio del Caribe, rodeado de jineteras y hombres nuevos, expertos en hacer balsas y sisear tabacos. Aroma de Stalin, Salazar, Hirohito y el bagre, se siente en este abortado velorio, de quien ha querido emular a cada uno de esos, y no ha logrado ni siquiera parecerse a sí mismo. En cada paso que ha dado, se ha desdibujado. Enterrarán o cremarán una caricatura, y también pondrán una pesada lápida sobre ese dañino y engañoso asistencialismo populachero que promovieron como Socialismo.

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