opinión

La sociedad civil y la crisis que enfrentamos

4 Diciembre, 2012

Venezuela ha penetrado en mares tempestuosos, la crisis a estados candentes, y la urgencia de resolución a extremos impostergables. Pronto podríamos encontrarnos en el ojo del huracán: una crisis excepcional que exija ser resuelta por cualquier medio.

“Soberano es quien decida el estado de excepción” Carl Schmitt

Venezuela continúa dividida en dos pedazos; como quedara dramáticamente de manifiesto el 11 de abril de 2002, hace ya más de diez años. Se abrió entonces lo que la ciencia política llama “crisis de excepción”: una crisis sistémica, existencial, que afecta a las bases de sustentación del sistema global, hiere en su esencia el nervio vital de la Nación, deja la conducción del destino del país a la deriva y cuya irresolución no hace más que agravar sus datos y conducir inexorablemente a un desenlace de imprevisibles consecuencias. Una crisis de excepción no puede convertirse en un dato permanente de la realidad. Exige, como el horror vacui, ser resuelta en uno u otro sentido. De lo contrario, la desintegración y el caos se convierten en una realidad inexorable.

opinan los foristas

Tras estos 14 años de sistemático vaciamiento de todo contenido democrático institucional se ha hecho evidente que los mecanismos tradicionales, considerados por la Constitución como los normativos para resolver los impasses entre los diversos componentes de la sociedad, han sido trastornados hasta la caricatura y no responden a los intereses reales y efectivos de los diversos grupos de presión. Las elecciones, el tradicional de ellos, se han convertido en un ritual de engaños, abusos, tropelías, acomododos e imposiciones. Desde por lo menos el intento de revocar al presidente de la República, ellas se cumplen cuándo y cómo conviene a la preservación del status quo. De hecho, los resultados del Referéndum Revocatorio fueron pre determinados por un largo proceso manipulativo, de falseamiento de los datos y la circunstancia y las condiciones del proceso electoral mismo. No se cumplió siguiendo las pautas constitucionales sino de acuerdo a la dictatorial imposición del ejecutivo. Fue un proceso absolutamente engañoso, del cual sólo los interesados – poco importa de qué bando – lo dieron por bueno.

Si el rechazo a la revocación se cumplió mediante un fraude descomunal de los principios constitucionales – fecha y condiciones fueron impuestas dictatorialmente – con lo cual se pervirtió en su esencia la legitimidad de origen del poder ejecutivo, dando pie a un reinado de ilegitimidades, el rechazo a la reforma constitucional del 2 de diciembre de 2007 y su posterior desconocimiento por parte de otra imposición anticonstitucional asimismo dictatorial por parte del mismo ejecutivo, terminó por rizar el rizo de la imposición de un poder de facto. Del mismo modo que se violó la Constitución mediante la postergación del RR a capricho de las necesidades presidenciales, del mismo modo se violó la Constitución desconociendo la naturaleza supraconstitucional de la soberana decisión del 2 de diciembre de 2007, fecha cuyos cinco años celebramos.

Dicho en pocas palabras y yendo al meollo del problema: desde el 15 de agosto nos gobierna un presidente carente de auténtica legitimidad de origen. Desde el 7 de octubre de este año ha sido electo un presidente que no tenía derecho a serlo. Venezuela se hunde en la ilegitimidad, su sistema político es írrito y el poder que ejerce el teniente coronel Hugo Chávez es estrictamente fáctico, dictatorial. En suma: Venezuela se encuentra dominada por una dictadura. Así se travista periódica y sistemáticamente de democracia eleccionaria.

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Tres han sido los factores fundamentales que han permitido el mantenimiento de esta ficción seudo democrática, sin contar la tolerancia y/o complicidad de importantes sectores políticos y mediáticos de la llamada oposición, cercanos por ideología o trayectoria al castrismo militarista que ejerce el Poder, así como la dispersión de los divididos sectores conscientes de la naturaleza dictatorial del régimen pero castrados de toda acción política efectiva. Ellos son: 1) la práctica anulación de las fuerzas armadas como factor de garantía y estabilidad democrática y su consiguiente conversión en partido político del presidente de la república y su camarilla cívico militar para sus fines de control totalitario; 2) los altos precios del petróleo, que han permitido el financiamiento de un sistema ilegítimo y su estabilidad política a través de la masiva compra de conciencias directa – a los sectores mayoritarios y más desasistidos de la población – e indirecta – a los sectores de clase media y alta cuyos hábitos de consumo han sido escandalosamente subsidiados mediante mecanismos de control cambiario y una inflación desatada; y 3) la represión selectiva, la cárcel y el destierro político o económico, que ya ha logrado sacar del país a más de un millón de opositores. Y desde luego, la permisibilidad y tolerancia ante el hampa, que mantiene en toque de queda virtual a la población entera del país.

El sometimiento de las fuerzas armadas a propósitos antidemocráticos y dictatoriales se ha cumplido violando no sólo todos los preceptos constitucionales sino violentando una centenaria tradición de soberanía, pues ha supuesto la práctica entrega de sus más altas instancias al control extranjero. Como sucede asimismo con todas las instancias de seguridad, identidad y defensa. Descuidando asimismo el apresto operativo mismo y poniendo dramáticamente al descubierto los altos niveles de incompetencia que las caracterizan. En estas circunstancias, Venezuela no está en capacidad real de hacer valer sus derechos soberanos.

El colosal flujo de divisas que hubiera permitido activar y acelerar nuestro proceso de desarrollo y ponernos al nivel de las naciones más evolucionadas del continente ha sido utilizado exclusivamente como fuente de compra de conciencias, apaciguamiento social y forjamiento de alianzas con países empeñados en los mismos cambios político-ideológicos de orden castrista en que el régimen está empeñado. La absoluta pérdida de autonomía del ámbito económico y su subordinación a los afanes de entronización presidencial han provoca consciente y deliberadamente la ruina de nuestra infraestructura industrial y la conversión de nuestra economía en una economía de puertos. La deuda externa, la dependencia petrolera, el parasitismo estatista han coadyuvado a la pérdida de conciencia nacional, a la corrupción generalizada y a la falta de todo sentido de destino nacional.

Todo lo cual encuentra su colofón en la sociedad de emergencia en que se hunde y encierra la Venezuela al atardecer, cuando sin que medien órdenes de seguridad pública o policial la población se encierra en sus hogares, dominada por el terror de la criminalidad desbordada. Es una parálisis aterradora de la cual se puede tener un pálido reflejo al constatar la soledad absoluta de calles y barriadas y recibir las cifras de asesinatos de los fines de semana. Jamás, bajo la peor dictadura vivida en América Latina, como las del Cono Sur en los 70s y 80s, un toque de queda pudo tener tanta efectividad como el horror al asesinato que domina en los anocheceres venezolanos.

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Sólo el pudor y un falso concepto de la democracia pueden desconocer el poderío superior de una oposición democrática pujante, culta y profesionalmente preparada, como la que empujada a actuar sin otro motivo que el sentido de la libertad y la convivencia pacífica logró articular una fuerza de más de seis millones y medio de ciudadanos conscientes. Es, sin lugar a dudas, el reservorio que garantiza la superación de esta grave crisis y el tránsito hacia una sociedad moderna, justa y progresista. Pues en ese reservorio confluyen los más distintos y disímiles factores sociales, étnicos, religiosos y culturales de nuestra nacionalidad, unánimemente fieles al legado libertario y democrático de la Venezuela moderna. Es la que en todo el sentido del término puede ser considerada nuestra sociedad civil y la que, por ello mismo, será la única y verdadera responsable y protagonista del cambio que se hará necesario para superar de raíz la grave crisis que hoy sufrimos. De su seno se ha levantado esa marejada, que conducida a destino será imbatible.

A los datos estructurales de la crisis que señalamos, se agrega un factor que puede hacer saltar por los aires todas las previsiones, todos los cálculos y todos los proyectos del delirio que nos acosa y de los cuales hasta ahora no somos más que observadores votantes: la inminencia del ocaso de la persona del presidente de la República. Un dato objetivo que se suma a la situación que ya nos agobia es su incapacidad física, biológica, material para enfrentar las graves y ambiciosas tareas que se ha propuesto, situación que se verá agravada, además, por el cuello de botella en que vendrán a dar todos los datos de la situación social, económica, política ante el agotamiento de los recursos y la crisis mundial en cuyo contexto nos encontramos. Prontos a reventar en crisis sistémicas, cíclicas, reiteradas. Venezuela ha penetrado en mares tempestuosos, la crisis a estados candentes, y la urgencia de resolución a extremos impostergables. Pronto podríamos encontrarnos en el ojo del huracán: una crisis extrema que exija ser resuelta por cualquier medio.

Como todos los caudillos – todos prefigurados a la manera de Hitler, el modelo del tirano plebiscitario y populista -, tampoco Chávez ha podido crear una verdadera institucionalidad. Su desaparición acarrea la de su precario sistema de equilibrios, compromisos, afinidades y complicidades. Del cual el más poderoso, volátil e imponderable es el de sus fuerzas armadas. Y el menos cohesionado, el de su partido político, armado de retazos y carente de toda auténtica cohesión ideológica. Lo cual impondrá el necesario surgimiento de un factor suprapartidista capaz de mantener el orden – primera prioridad en caso del agravamiento de la crisis – y garantizar el tránsito a la normalidad institucional.

Es loable asistir a los esfuerzos de los dirigentes de algunos partidos y a viejas personalidades del establecimiento – de uno y otro bando – que ya se adelantan para ir preparando el terreno a esa peligrosa eventualidad. Pero cuando revientan crisis socio políticas de la magnitud que avizoramos – lo hemos visto en el caso de la llamada “primavera árabe” – pueden aflorar protagonismos grupales inesperados y acelerar el dramatismo de los desenlaces. Como por cierto lo viviéramos en carne propia el 23 de enero de 1958, el único antecedente conocido que puede servirnos de referente histórico a la grave crisis que imaginamos.

Todo desenlace a una grave crisis es inédito. También el nuestro lo será. Ver la crisis de frente, con temple, coraje y lucidez, es un imperativo insoslayable. No serán los partidos, ni muchísimo menos sus dirigentes los principales protagonistas. Serán, como siempre lo son en esos casos, las masas. La sociedad civil, como lo fuera en el pasado inmediato, volverá a ocupar el primer plano del acontecimiento político. En ella radica el motor del cambio histórico. A ella le debemos nuestro reconocimiento.

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