opinión


Notitarde / ND

El Síndrome de Medellín

19 Diciembre, 2012

“Es difícil construir un país diferente con tanta gente indiferente”. Comisario Iván Simonovis, preso político.

Pablo Emilio Escobar Gaviria fue un político, empresario y narcotraficante colombiano, fundador y líder del cartel de Medellín, por el cual llegó a ser el hombre más poderoso de Colombia. Apodado «el Zar de la cocaína», en 1989 la revista Forbes lo identificó como el séptimo hombre más rico del mundo. Su inmensa fortuna lo hacía dueño de numerosas propiedades inmobiliarias, equipos de fútbol, inversiones.

opinan los foristas

Y también llegó a creerse dueño de la vida de los colombianos: investigaciones posteriores lo vinculan al asesinato de unas 5.500 personas. El cartel de Medellín fue responsable de unas 250 bombas que dejaron más de mil muertos, del asesinato de 657 policías y del sicariato del Ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla y del candidato presidencial Luis Carlos Galán.

Pese a ello, Escobar presentaba al mundo una cara de próspero empresario, rico terrateniente y filántropo de nobles causas. Inicio programas deportivos en su ciudad natal Medellín, donde construyó muchas obras benéficas para los pobres, entre ellas 50 canchas de fútbol, un barrio llamado “Medellín sin tugurios” y otro barrio bautizado en su honor “Pablo Escobar”.

Llegó a ser congresista electo por sus coterráneos y cuando le despojaron de la inmunidad parlamentaria y comenzaron a descubrirse sus acciones como capo de la droga, los habitantes de Medellín no podían creer que Pablo, “su” Pablo, ese hombre tan bueno que daba tanto a los pobres, fuese la misma persona. Capturado, fugado y vuelto a apresar, después de una cacería policial fue muerto. Los paisas lloraron a su hijo dilecto y bramaban contra las autoridades que habían matado así a su benefactor.

De modo que Escobar es uno de los tantos malandros históricos, que en su momento fueron adorados por pueblos que solo veían en ellos el lado angelical, emocional. Mucho después fue que descubrieron la trampa de quien con una pantalla los utilizaba a sus propios fines, que nada tenían que ver con temas de amor, solidaridad o bondad. El bien sirviendo de pantalla al mal.

Les echo este cuento porque estoy viendo la serie colombiana “El patrón del mal” y a cada paso me pregunto cómo es posible que tanta gente cayera embrujada bajo “El síndrome de Medellín”. Aún hoy, en esa ciudad algunos recuerdan con afecto a “Pablito”. Qué cosa tan ciega es el corazón, ¿verdad?

Bueno, a lo que vamos, el tema obligado del momento: resultados de las elecciones regionales del 16-D. El oficialismo ganó 20 estados y la oposición 3, lo cual significa que el chavismo obtuvo un triunfo contundente sobre sus oponentes, que perdieron el control de cuatro estados entre ellos los muy poderosos electoralmente Zulia y Carabobo. Analicemos algunas variables que podrían dar respuestas reales al inmenso signo de interrogación que tiene a medio país deprimido, culpándose e insultándose como en sus peores tiempos.

-Abstención: la mayoría ha atribuido el descalabro a la abstención histórica que denota una tremenda indiferencia de los venezolanos hacia el rumbo que tome su país. En promedio nacional, la abstención fue casi de 47%, con estados como Carabobo ostentando números de 51% de abstención. Curiosamente, la mayor participación se da en los otros estados de oposición: Amazonas (67%), Miranda (58,34 %), Lara (56,31 %), Nueva Esparta (63,31 %), Zulia (62,19 %) y Táchira (57,57 %). Los resultados electorales en estos estados con mejor presencia de votantes, indica que la abstención fue tanto para el oficialismo como para la oposición.

Si comparamos las cifras de estas elecciones con las elecciones presidenciales, encontramos que mientras el oficialismo perdió un 35% de su padrón electoral, la oposición perdió el 40%. Tanto para la oposición como para el oficialismo los números son escalofriantes y denotan pérdida notable de interés hacia ambas causas. Por ejemplo, en Nueva Esparta, Chávez sacó 132.452, mientras que los votos rojos para Mata Figueroa fueron 110.502; mientras que Capriles había obtenido 125.792, Morel perdió con 93.868. Así que por parte del oficialismo hubo una pérdida de 21.950 votos, pero por parte de la oposición la merma fue de 32.104.

En el Zulia Chávez saca 971.889 votos mientras que Arias Cárdenas gana con 749.492: la bicoca de 222.397 votos de menos. Pero Capriles en ese estado saco 842.032 votos mientras que Pablo Pérez pierde con 693.002, lo cual indica que 149.030 opositores no fueron a votar.

El caso Carabobo es dramático. Chávez obtiene 652. 022 votos y Ameliach gana con 393.758 sufragios: un bajón de 258.264 votos. En este estado Capriles obtuvo 537.077 votos mientras Henrique Fernando Salas pierde con 319.619 sufragios: 217.458 votos menos.

Estos números tienen varias lecturas: primero que la capacidad de movilizar e interesar fue mayor en el chavismo que en la oposición; segundo, que si la oposición hubiese mantenido firme su votación de octubre hubiera podido obtener el triunfo en varias gobernaciones más; tercero, que la oferta electoral tanto del oficialismo como de la oposición no interesaron a buena parte del electorado.

-Desconfianza: cuando el CNE cambió las fechas tradicionales de las elecciones, adelantando la presidencial para un insólito 7 de octubre y las regionales para un más insólito 16 de diciembre, la sospecha fue general: había razones de fondo para escoger tales fechas por parte de un organismo electoral de comprometida imparcialidad. La declaración de enfermedad presidencial poco después de las elecciones y las precarias condiciones de salud en que realizó su campaña para muchos es el por qué de ese repentino adelanto de la fecha electoral.

Así como los hechos dan a pensar que la escogencia del 16 de diciembre estaba dirigida a provocar una abstención, dado lo avanzado de las fiestas decembrinas, fechas tradicionales de vacaciones de fin de año en las cuales muchos venezolanos suelen viajar fuera de sus ciudades y del país.

Muchos motivos llevan a la desconfianza hacia el órgano electoral, sobre todo por parte de una oposición que viene de una derrota para muchos inesperada por lo triunfal de la campaña de Henrique Capriles. La decepción lleva a a la sospecha de fraude y por tanto, a desconfiar de los resultados electorales, por lo cual prefieren adoptar la actitud de ofendidos, humillados, arriechis o todas los anteriores, con la consecuente decisión de no concurrir al proceso electoral, decisión que muchos dicen que es definitiva mientras no se revise el REP y se nombre un CNE imparcial. Algo verdaderamente improbable si consideramos la naturaleza totalitaria de éste régimen.

-Falta de oferta electoral: para algunos abstencionistas su argumento es no gustarles ninguno de los candidatos. Incluso, preferir votar por la opción contraria por no agradarle la propia. Esta razón incidió principalmente en el voto abstencionista de la oposición, porque en el chavismo se sabe que cualquier candidato que escoja Chávez así no se esté de acuerdo, pues como dijo el jefe: ése es y punto. Pero entre los demócratas ciertas opciones disgustaron a sus electores, fundamentalmente por lo repetidas: es el caso de Salas en Carabobo, Morel en Nueva Esparta, Pérez Vivas en Táchira. Gobernadores con el desgaste y las aversiones propias de quienes tienen muchos años en el poder.

Sin embargo, resultan insólitos casos como el de Pablo Pérez en Zulia y Andrés Velázquez en Bolívar. Los zulianos han sido tradicionalmente opositores a cualquier gobierno. Si ganaban los adecos, ellos eran copeyanos; si ganaban los copeyanos ellos inventaban un nuevo tiempo. Pero siempre estaban en líneas opositoras. Pablo Pérez ha sido un gobernador comprometido, con amplia base de apoyo y una gestión cumplida. ¿Por qué sus coterráneos prefirieron esa opción de Arias Cárdenas, que fue un gobernador gris, con acciones de traición, con una historia deleznable? Indiscutiblemente el portaaviones, enfermo y todo, sigue funcionando y si no, que lo diga Rangel Gómez, reelecto en Bolívar pese a las protestas diarias de los chavistas en las puertas de las quebradas empresas de Guayana.

En Guárico, el estado con la menor participación (41%), gana con más del 70% un hombre de oscuro currículo como Ramón Rodríguez Chacín contra un candidato de oposición brillante, progresista y guariqueño como José Manuel González. Que un navegado como Aristóbulo gane en Anzoátegui y un paracaidista como El Aissami lo haga en Aragua, ambos contra candidatos estimados regionalmente, indica que al votante chavista poco le importa el quién sino el qué y el cuánto. Me explico: ¿Cuál candidato de oposición puede luchar contra el cerro de billetes que disponen los candidatos oficialistas para repartir entre las clases pobres que son mayoritarias, pese a 14 años de socialismo del siglo XXI? Para muestra un botón: el comando de Francisco Ameliach envió un boletín informando que el candidato repartió durante la campaña 14.882 ayudas sociales. ¿De dónde sacó Francisco Ameliach fondos para regalar 3.800 sillas de ruedas, 4.600 canastillas, 350 bastones, 1.098 nebulizadores, 798 colchones, 407 andaderas? Quienes reciben estas ayudas no preguntan su origen, solo se sienten comprometidos, ellos y sus familiares a votar por tan generoso candidato.

De modo que el “no juego más” de una oposición que desperdicia así su mejor momento histórico y numérico; los ventajismos del oficialismo cuyo festín de dineros públicos malversados alimenta a los más necesitados; y por último, pero no por eso menos importante, la adoración cuasi religiosa que sienten los chavistas del pueblo por su líder, se han sumado para producir estos lamentables resultados, que en puertas de cambios políticos importantes en 2013, serán fatales para los objetivos de mantener bastiones de lucha.

Lo que nos mantiene es la fe: esa que es ciega en el gran poder de Dios y que nos guía siempre hacia la luz. Si creen que esto es muy etéreo, déjenme informarles que Medellín es hoy una de las ciudades del mundo con mayor control del crimen y la violencia, que sus calles se llenaron de plazas y de arte, que es capital mundial de la cultura de la Unesco. De modo que el Síndrome de Medellín sí tiene cura. Con el favor de Dios y el empeño de sus ciudadanos por una mejor vida.

Y como todos los años, el “Grinch” de la revolución nos jorobó las Navidades. Ya no recordamos cuando fue la última Navidad tranquila, sin elecciones, leyes sorpresivas, deslaves, explosiones de refinerías, devaluaciones, anuncios presidenciales terroríficos. El Niño Jesús casi nos agarró este año votando y peleando. Un poco de paz, amor y familia es lo que necesitamos ahora. Esta columna y yo nos vamos a descansar. Regresaremos el miércoles 16 de enero. ¡Que tengan una linda Navidad y que el año 2013 traiga un regalo de paz para nuestro país!

Charitorojas2010@hotmail.com
Twitter:@charitorojas

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