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opinión

Suficiente con los demonios

30 septiembre, 2012

Intruso en la intimidad

Extraordinario el caso reportado por el diario El Tiempo, de El Tigre, de las repetidas golpizas recibidas por una niña debidas a un duende, según declaró su madre. Ante el escepticismo de los médicos y autoridades, la mujer insistió en culpabilizar al ser sobrenatural y alegó que jamás sería capaz de lastimar a su pequeña; añadió: “la he llevado a lugares donde practican espiritismo y santiguan niños, pero no sé qué está pasando. Necesito que me ayuden.”

opinan los foristas

Los últimos casos de maldades de duendes, razonablemente bien documentados, datan de la década de los cuarenta y, curiosamente, involucran a familias de la tradición caraqueña, cuyos apellidos actualmente tienen vigencia en la política del país.

Reporta El Nacional (1º-7-1948) un acontecimiento que en el lenguaje de la parapsicología moderna llamaríamos poltergeist. Una pandilla de duendes asaltó la residencia de la madre del entonces senador de la República Alberto Ravell; durante varias noches la casa, ubicada en El Paraíso, recibió lluvias de piedras que destrozaron techos y ventanas; cesaban al aparecer la policía y se reiniciaban en cuanto se marchaban; finalmente el fenómeno dejó de ocurrir y nadie pudo explicar su origen.

Un año después, El Nacional (19-8-1949) y Últimas Noticias (20-8-49) informan de otro caso. La familia Miquilena denunció por quinta o sexta vez ante las autoridades de Petare las actividades anormales de un sujeto llamado Poncio Hugolino Sánchez; este hombre de apariencia humilde y bondadosa vivió durante algún tiempo arrimado con los Miquilena, quienes lo ampararon, y mediante su influencia hasta le consiguieron trabajo en la empresa Pepsi Cola; pero se distanciaron al hacerse evidente la naturaleza canallesca e hipócrita del mentado; a raíz del disgusto empezaron a ocurrir acontecimientos inexplicables en la casa.

Según los informantes, el individuo era un seretón: un ser humano que por voluntad propia vende su alma al diablo y se convierte en duende con la facultad de transformarse en cualquier cosa y hacerse invisible; aprovechaba tal estado para sembrar confusión y espanto en su hogar. “Hace tiempo que no sabemos lo que es hacer una comida completa”, declaró uno de los Miquilena. Poncio Hugolino llenaba los platos de tierra, ensuciaba la comida con montones de pelo, se cagaba en la mesa y dejaba caer en las ollas de sopa alpargatas viejas y cosas semejantes.

Pese a los alegatos en su defensa, cada vez que los Miquilena hacían una denuncia el Jefe Civil ponía preso a Poncio Hugolino, con el fin de congraciarse con ellos; a la larga debía soltarlo porque nunca se demostró su culpabilidad; pero el hecho es que estando el hombre encanado cesaban las anomalías en casa de los Miquilena.

Los entes del mundo oscuro se fueron de Venezuela con la llegada de la luz eléctrica, que bastante bien iluminó al país íntegro, hasta caer en manos de este malhadado gobierno a punto de reventar democráticamente; no obstante, para desgracia nuestra, los seres fantasmagóricos progresivamente fueron siendo suplantados por algo peor: por la más desaforada montonera de íncubos y súcubos supurados del vientre del Infierno, en sus tres tipos principales: el llamado hampón “común”; el identificado como “de cuello blanco” porque sin quitarse la corbata, estafa, latrocina y pecula (en su sentido estricto de hurto de caudales del erario cometido por quien los administra), y el patotero asalariado de camiseta roja, que es como el primero, pero mejor apoyado.

Con el beneplácito del Amo del Averno, en el discurrir de la última década la horda alcanzó magnitud descomunal y enorme poder, hasta llegar a hacerse dueña del país, cárceles incluidas. Y a esa caterva de seres diabólicos ahora se suma un duende, cuando los creíamos extintos. ¡Como si fuéramos pocos, parió la abuela!

Honestamente, no sé qué viene a hacer un duende entre nosotros, porque en cuanto a maldad, los de su especie no pueden competir con los engendros satánicos de más reciente aparición; los duendes no hacen más que trastadas y estropicios y los espantos rara vez van más allá de dar un susto; en cambio, los de hoy insultan, difaman, encarcelan, discriminan, delatan, multan, roban, hieren y matan; sus vilezas impunes nos han dado el repugnante privilegio de ubicarnos en el top-ten de la violencia mundial, por encima de regiones donde ocurren guerras localizadas.

Y tanto como los duendes que asediaron la residencia de la señora Ravell hace ya más de medio siglo, los demonios del presente apedrean a mansalva otra casa fundada por un descendiente de esa admirable familia.

Advierto, al desgaire, que lo de “admirable familia” no es un halago gratuito; al periodista adeco Alberto Ravell (1905-1960) le dieron el honroso título de Senador del Pueblo; luchando al lado de su padre, don Federico, y a los 15 años de edad, fue un héroe de la resistencia contra el tirano Gómez; en el exilio combatió a otros déspotas latinoamericanos. Debido a una delación (un simple antecedente de la Lista Tascón) sufrió doce años de cárcel y tortura en el Castillo de Puerto Cabello. Su hijo Alberto Federico, heredó no sólo su vocación por el periodismo, sino también sus cojones para encarar la injusticia.

¡Lástima que los descendientes de la familia Miquilena de nuestros días ─cuyo miembro más notable salvó su dignidad con sensato distanciamiento─, carecieran del poder de hacer poner preso al menos por un rato al anticristo de pacotilla comandante de la horda, que hasta el 7-O nos tendrá entre sus garras!; de ese modo quizá habríamos tenido momentos de alivio en el discurrir de esta década y pico de tribulaciones, arrebatos y miserias.

 



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