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variedades

El grito de Gabriela Montero por Venezuela

30 septiembre, 2012

(@ChapulinND).- La virtuosa pianista Gabriela Montero, publicó, el pasado jueves 27 de septiembre, un artículo de su autoría en el diario estadounidense “Huffington Post” . Sus palabras, originalmente tituladas “A Counter Cry” (Un grito en contra), versan sobre su patria Venezuela y los graves conflictos políticos y sociales que atraviesa, producidos o agravados – a juicio de Gabriela – por lo que ella califica como una CLEPTOCRACIA VIOLENTA en el poder. Todo ello de cara a las próximas elecciones de 7 de octubre de 2012.

opinan los foristas

Sobre su reciente composición musical (“Expatria”), alusiva también a la Venezuela actual, Gabriela Montero escribe en su artículo: “Mi objetivo es presentar metafórica y emocionalmente a todo el mundo que desconoce o está erróneamente informado, la realidad cotidiana de una Venezuela que se encuentra en crisis, más no por ello deja de ser más hermosa y pujante. ”

Gabriela aprovecha sus líneas en el “Huffington Post” para dar respuesta crítica a algunos personajes del medio artístico estadounidense que han apoyado abiertamente a la llamada “revolución bolivariana”. Al respecto, Montero afirma : “(Expatria) es una respuesta oportuna a aquellos respetables miembros de la comunidad artística como Sean Penn, quienes a viva voz expresan una visión idealizada y romántica sobre la Revolución Bolivariana, visión perjudicial que no guarda ninguna similitud con la inseguridad diaria enfrentada por una nación que merece algo mucho mejor.”

A continuación, una traducción del artículo publicada por Gabriela Montero en su página de facebook.

Gabriela Montero en Facebook escribió:

Gracias a Alvaro Gomez por haber traducido tan elegantemente mi articulo en el Huffington Post. Por favor, leánlo y compártanlo. ¡Gracias!

UNA RESPUESTA OPORTUNA

A finales de 2008, mientras aguardaba junto a mis dos hijas el vuelo con destino a Nueva Zelanda, recibí una llamada telefónica. Un acontecimiento común, sin embargo, se convertiría en un evento extraordinario.

Había sido invitada para interpretar la obra “Air and simple gifts” de John Williams en la toma de posesión del presidente Obama, con Yo Yo Ma, Itzhak Perlman y Anthony Mc Gill.

Reflexioné sobre las implicaciones de esta invitación. Como venezolana, se me había dado la oportunidad de representar a mi país natal en mi patria adoptiva en esta ocasión conciliatoria e histórica. Era un altísimo honor. Si la toma de posesión simbolizaba algo, era la merecida victoria de la dignidad humana sobre la barbarie, la igualdad sobre la discriminación.

Mientras tanto, en Venezuela, la dignidad sufre su más brutal ataque en toda nuestra historia.

En 2011, un informe de la UNODC (United Nations Office on Drugs and Crime) expresaba que en Venezuela 19.336 ciudadanos habían sido asesinados, colocando a nuestro país en el primer lugar de riesgo entre los países suramericanos, y como el tercero del mundo detrás de Honduras y El Salvador.

Estableciendo una comparación, Venezuela, un país que no se encuentra en guerra tuvo más muertes violentas en 2011 que todos los países en conflicto bélico del Medio Oriente juntos. El saldo de víctimas mortales es diez veces mayor que la de los EE.UU. en los días de violencia urbana antes de implementarse la tolerancia cero.

Más venezolanos fueron asesinados en 2011 que todos los ciudadanos sirios asesinados en los primeros 16 meses del conflicto que atraviesan, incluyendo fuerzas gubernamentales, rebeldes y civiles.

Caracas es actualmente la ciudad más peligrosa del mundo, con una tasa de asesinatos de 130 por cada 100.000 habitantes.

El índice de corrupción en la página transparency.org ha relegado a Venezuela a un vergonzoso 1,9 sobre una máxima puntuación de 10. Zimbabwe, que bajo la presidencia de Mugabe se considera un país en crisis, alcanzó 2,2 puntos.

Estas cifras son simplemente inaceptables en cualquier país del mundo civilizado. Son la representación de un país en guerra consigo mismo.

Detrás de esto hay un sistema ineficaz donde un 90% de los asesinatos ocurren sin que un arresto se efectúe, y una violenta lucha de clases cuyos árbitros son las armas y el hampa.

Reciben impulso a través de la retórica de la Revolución Bolivariana, según la cual el sustento debe asegurarse por cualquier medio, sea legítimo o no.

El “secuestro express” es una amenaza permanente y mortal, a veces llevada a cabo por la misma policía para compensar sus bajos salarios.

Bandas armadas acechan y atacan a sus víctimas, esperando a cambio miles de dólares por el rescate. Si se percibe una trampa, la víctima simplemente es asesinada sin contemplaciones.

Aplastada por la deshumanización y el caos yace la trágica ironía de que Venezuela debería ser actualmente el equivalente latinoamericano de Noruega.

En el mercado actual, sus abundantes recursos petroleros y minerales deberían propiciar el crecimiento de la economía venezolana, proporcionando los servicios sociales prometidos por la actual administración.

La corrupción y la violencia han traído como resultado una ineficiencia enorme y un grave daño estructural. Venezuela refina 30% menos crudo que hace 20 años, y la inflación ha alcanzado el 27% a principios de 2012.

Todo venezolano de oposición que se atreva a denunciar la violencia sistemática y la corrupción inevitablemente será acallado por oficialistas y será acusado de obstaculizar el proceso de igualdad y justicia para todos los venezolanos.

Fui testigo de este oprobio al componer “Ex patria”, poema sinfónico para piano y orquesta, ilustrando la violencia extrema y la corrupción.

La mayoría de los venezolanos creemos en el principio de que nuestra nación debería recibir el beneficio de la distribución justa, equitativa y transparente de sus recursos. Sin embargo, la utopía social del país escandinavo permanece lejana.

Una cleptocracia violenta constituye la dura realidad del pueblo venezolano, y no merece el calificativo de democracia por el simple hecho de que una mayoría fue a votar bajo engaño.

Contrastando con la visión optimista de Venezuela difundida a través de “El Sistema”, el exitoso y celebrado programa de orquestas juveniles, desde mi humilde posición como artista, debo denunciar la trágica coyuntura de un país en toque de queda, cuyos habitantes viven en peligro real y permanente de ser víctimas del próximo asesinato, la próxima expropiación, el próximo secuestro.

Todos nos sentimos inmensamente agradecidos por la existencia de “El Sistema” durante 37 años desde su fundación, y por su contribución a la vida musical global.

Pero también tengo plena conciencia de que estos pequeños espacios musicales representan un oasis cultural y humano dentro del contexto del caos cuya malevolencia es una amenaza constante y mortal para todos y cada uno de los miembros de la sociedad.

¿Qué peligros deberán enfrentar estos jóvenes al abandonar el santuario de la sala de conciertos? Cuando la música se detiene, ¿qué futuro les espera?

No soy política, soy música. Lejos de desear avivar las llamas del partidismo, mi música es una expresión de dolor hecha de manera espontánea, independiente, financiada personalmente, sin afiliación de ningún tipo. Es mi llamado a la reconciliación y al renacimiento nacional.

Mi objetivo es presentar metafórica y emocionalmente a todo el mundo que desconoce o está erróneamente informado, la realidad cotidiana de una Venezuela que se encuentra en crisis, más no por ello deja de ser más hermosa y pujante.

Es una respuesta oportuna a aquellos respetables miembros de la comunidad artística como Sean Penn, quienes a viva voz expresan una visión idealizada y romántica sobre la Revolución Bolivariana, visión perjudicial que no guarda ninguna similitud con la inseguridad diaria enfrentada por una nación que merece algo mucho mejor.

El pueblo venezolano debe insistir en ello, y la comunidad internacional debe permanecer alerta para asegurar un proceso electoral presidencial pacífico y democrático el 7 de Octubre.

 



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