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opinión


El Nacional / ND

¿Sin brújula?

17 agosto, 2012

El desarrollo de la campaña electoral nos muestra a un Chávez, prácticamente, dando palos de ciego. Por primera vez (siempre hay una primera vez) da la impresión de que no consigue por ningún lado el mingo electoral. Por más amagos que haga, la situación se le pone cada vez más difícil. Su retórica es excesivamente repetitiva, cansona, desgastada, altisonante. Ya no emociona y mucho menos crea expectativas en sus electores.

opinan los foristas

Por eso, está jugando en varios tableros diferentes que, por momentos, se superponen unos a otros como si tratara de lograr una fusión milagrosa que le permita retomar la iniciativa. Pero, por los vientos que soplan, a estas alturas del proceso comicial es difícil cambiar la tendencia de los hechos, que se muestran mostrencos.

El liderazgo, como dice Felipe González, debe tener un componente de anticipación de futuro que, si da seguridad, es mucho mejor. Eso fue lo que logró Chávez cuando, en 1998, planteó la idea de la constituyente para refundar la república, y la necesidad de la reivindicación de los sectores de menores recursos. Luego vinieron otras propuestas que, de cierta manera, le dieron algún empaque ideológico y programático ­aunque desordenado­ a la revolución bolivariana. Fue cuando comenzó a hablar del socialismo del siglo XXI, de la revolución socialista, etcétera.

Así, el referéndum y las posteriores elecciones llevaron su impronta labrada con una tinta que la oposición por mucho tiempo no supo descifrar, por una razón muy sencilla: no estaban dadas las condiciones para ello. El país vivía un fuerte ­casi telúrico­ proceso de cambio, de transformaciones inéditas que, incluso el resto del mundo no entendía, no sabía digerir y, mucho menos, interpretar. Fueron unos años difíciles, convulsivos, en los cuales, cada día se sucedían hechos que añadían nuevos elementos.

Ahora, el escenario es distinto. Dicen que el tiempo lo cura todo. Pues bien, de tanto girar en la noria en que Chávez obligó a la nación entera a montarse, lo que era novedad se convirtió en rutina, y esa rutina ­luego de 14 años de gobierno, de interminables peroratas, de marchas y contramarchas, de agresiones, de arrebatos incontrolables de arrogancia, de una prepotencia sin límites, de agresiones, amenazas e insultos­ terminó por cansar a la gente, incluidos sus más entusiastas seguidores.

El aspirado cambio se convirtió en punzante frustración que ha minado la esperanza de muchos. Las cosas van de mal en peor y, para colmo, la enfermedad ha terminado por mostrar un Chávez disminuido, convertido, por su propio empeño, en casi una parodia de lo que fue. Su presencia en el subconsciente colectivo ha ido disminuyendo, gradualmente, sin pausa. Los paradigmas han dado paso a lugares comunes, a cual más fastidioso y fuera de contexto.

Sin embargo, esto no significa que el mandado está hecho.

El Gobierno tiene recursos de todo tipo a su disposición. Y mucha gente, tanto en Venezuela como en el exterior, tiene mucho que perder. De allí que Chávez le hable a esa gente de manera directa: “¡Me jodo yo y nos jodemos todos!”.

Este es el mensaje “subliminal” (?) que le quiere hacer llegar a los militares cuando, por ejemplo, lanza, tardíamente, la Misión Soldado, para halagar a un sector que jugará un papel fundamental en los momentos previos y posteriores al 7-O.

No hay duda. Capriles le ha arrebatado la iniciativa, las banderas, la calle, la energía, el discurso. En suma: el futuro.

Chávez está viejo de tanto repetir lo mismo. La pérdida del entusiasmo chavista es ostensible. La revolución tiene los días contados…

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