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opinión

Enrique Meléndez

El dios en su templo nuevo

31 julio, 2012

En realidad, esto del mausoleo al Libertador no es una idea original de Chávez. Marcos Pérez Jiménez, entre sus propósitos, también abrigó la posibilidad de sacar sus restos del Panteón Nacional, y construirle un monumento aparte; pues aquí todos los gobiernos, unos más y otros menos, han sido abyectos de la figura del Libertador. De allí que se hable de un culto a Bolívar.

opinan los foristas

Es verdad que el Libertador no merece estar al lado de mucha gente que está sepultada con él allí. ¡Hasta el espíritu del indio Guaicaipuro vino un día a dar al Panteón Nacional por obra, precisamente, de Hugo Chávez! Así ha sido una costumbre decir que lo mejor que se puede hacer con esos restos es colocarlos en tienda aparte. He allí hasta donde puede llegar el pudor de esos fieles devotos suyos.

El hecho es que Bolívar también fue un hombre de carne y hueso, y arrastró pecados, tan graves como los de aquéllos, a quienes esta gente considera que no son dignos de estar a su lado; sólo que ese culto que se ha profesado alrededor de su figura no les ha permitido tragarlo, digerirlo y defecarlo con sentido crítico. He allí uno de nuestros males espirituales.

En el Quijote, Cervantes habla de un pueblo, a cuyos habitantes les decían los burros; quienes, de acuerdo a cierta tradición, imitaban con mucha fidelidad el rebuznar de estos animales; de modo que cuando uno de sus pobladores se acercaba a otra ciudad, y confesaba de dónde era oriundo, enseguida le pedían que sacara a relucir sus artes, en ese sentido.

Esto lo digo porque esa es la fama que tenemos los venezolanos, con respecto a ese culto a Bolívar, y lo comprobé en diciembre de 2005 en Madrid, en donde yo pasaba unos días. Era 28, día de los Santos Inocentes, oía un programa de radio, y entonces se trataba el tema de la muerte, y que venía al caso con la oportunidad de la fecha. Una persona era entrevistada, y decía que había un pueblo de la América hispánica, llamado Venezuela, que se paralizaba el 17 de diciembre de cada año, día de la muerte de Simón Bolívar; justo, según el susodicho, lo hacía en el minuto en el cual el héroe había fallecido; lo que daba lugar a que se guardara ese minuto en silencio en todo el país.

En efecto, se trata de una persona que nunca ha vivido en Venezuela; pero eso es lo que despierta en el imaginario de otros sujetos de una cultura, distinta a la nuestra, esa veneración por el Libertador.

-Para los venezolanos la figura de Simón Bolívar es muy importante, ¿eh?-, recuerdo que le preguntaba la entrevistadora a la persona que manifestaba estas cosas con relación a nosotros los “venecos”, en un cierto tono peyorativo. Uno diría que aquí hay una religión de carácter histórico; la que tendría su origen en una filosofía pagana fundamentada en la idea del caudillo mesiánico, y sobre el que se despliega toda una leyenda; pero que al final resulta la caricatura de un arquetipo. El proyecto político del Libertador resultó un solemne fracaso. Un hombre que le escribe a uno de sus amigos, ya al final de su vida, que lo mejor que se puede hacer en la América hispánica es emigrar, porque le resulta ingobernable; luego de reconocerle que ha estado en el poder por veinte años, no puede considerarse un modelo de gobernante.

De hecho, antes de morir condiciona su muerte como sacrificio, si es posible, para que cesen (en sus guerras intestinas) los partidos y se consolide la unión. Bolívar no fue un estadista exitoso, como sí lo fue un político de la guerra. Se comprobó a la larga que no servía como gobernante en tiempos de paz. El Libertador fue un empresario de la guerra, y su éxito político consistió en saber vender su ejército mercenario: ¿No le pagó Perú a él un millón de peso, que terminó por rechazarlo, y a sus tropas otro millón, a raíz de Ayacucho?

¿Lo traicionó Páez, como dice Chávez a cada instante? El problema es que este es un señor que divide entre buenos y malos los factores en el juego, y se pierde en las circunstancias en las que se movía uno y otro. Sin Páez y los llaneros no hubiera sido posible el éxito de esa campaña; lo mismo que sin Sucre, y sin la propia iniciativa del Libertador que se fue ocupando de todo lo que era el diseño del armamento, y la forma como mejor le convenía al tipo de estrategia de guerra desarrollada por las tropas, y donde se repetían tácticas, como las de las Queseras de Medio. He allí una empresa, y con un gerente ejecutivo que era el Libertador. Hay que admitir que su proyecto de la Gran Colombia no tenía cabida.

Paéz resultó mejor estadista que el Libertador; pues hasta Juan Vicente González reconoció que durante los 18 años, que este señor gobernó o tuvo influencias sobre otros gobiernos, se le podía considerar la “edad de oro de Venezuela”; de 1830 a 1848; 24 enero de 1848, es decir, el día en que se produce el atropello al antiguo Congreso Nacional, bajo órdenes de José Tadeo Monagas, y lo que supone la desinstitucionalización de aquel orden que se había fraguado, precisamente, bajo el régimen de Páez. Durante este lapso había quedado proscrito el Libertador; no obstante, hay que reconocerle a Páez el hecho de haber traído sus restos; de acuerdo a la voluntad del héroe, y le rinde un sentido homenaje, cuando los mismos llegan a Caracas.

Lo que demuestra que a ambos los separaban diferencias circunstanciales, y aquél que dice nuestro teniente coronel que lo traicionó no arrastró rencor alguno, como se puede comprobar. Por aquí tocamos el inicio, de lo que hablábamos al comienzo, y lo cual me da pie para concluir señalando el hecho, precisamente, que a raíz de la llegada de dichos restos se pensó en un panteón para él sólo, y por eso se escogió una capilla que estaba ubicada al norte de la ciudad, para lo cual se le condicionó, y sólo que como puede observarse, finalmente, a la larga se le juntó con villanos, y tuvo que salir de allí.

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