opinión


El Nacional / ND

Seguir caminando

27 mayo, 2012

Capriles es incómodo. No entra fácilmente en su juego, en su dinámica.

Todavía, de manera oficial, no ha empezado la campaña y ya no hayan qué decirle, por dónde atacarlo

Lo que todavía no se entiende bien es por qué Jorge Rodríguez tiene que ir hasta Delta Amacuro a decir que Henrique Capriles en verdad no existe. Suena raro.

opinan los foristas

Por qué anda recorriendo el país, estrujando con vehemencia sus cuerdas vocales, repartiendo insultos, dedicado día tras día a promocionar la ausencia de Capriles. Suena muy raro. Para no ser nadie y estar perdiendo, Capriles los tiene bastante locos, obsesionados, totalmente entregados a él. Dicen que ya lo derrotaron pero se comportan como si Capriles les pudiera ganar. Suena bolivarianamente raro.

Después de casi 14 años, los venezolanos ya somos expertos en las estrategias oficiales.

Conocemos perfectamente la pulsión reactiva del Gobierno. Es parte de su naturaleza militarista. Sólo son capaces de manejarse ante la realidad desde la dinámica del ataque, la defensa y el contraataque.

Esa es la fórmula anímica que mueve la acción política del chavismo. Todo puede leerse como un relato que sigue casi siempre esta misma estructura. Ahí está, por ejemplo, el caso de Pdval. Se trata de una grosería frente al hambre, no digo venezolana sino mundial.

Es un asco. ¿Qué clase de revolución es ésta, en la que ­por negligencia y corrupción­ se pudren toneladas de alimentos? Ante la denuncia, el Gobierno inmediatamente reaccionó defendiéndose y contraatacando. La realidad no importa. La realidad se sustrae ante el ejercicio de la guerra. La comida perdida pasó a segundo plano, dejó de existir mientras el poder se dedicó a construir escándalos nuevos, que promovió mediáticamente bajo el casual título de “la podredumbre del capitalismo”.

Pura y limpia contraofensiva revolucionaria.

Lo que ha pasado esta semana con las denuncias de periodistas agredidos en las caminatas que hace Capriles podría también leerse desde este mismo esquema. Resulta extraña la rapidez y la frecuencia con la que, de pronto, han aparecido estas situaciones de violencia. Pero resulta todavía más extraña la manera ­veloz y coordinada­ con la que todo el poder se ha empeñado en asociar esa agresión al candidato de la unidad. No son analizados y tratados como actos lamentables, hechos que hay que investigar. No hay ni siquiera una preocupación por el tema de la confrontación en un país polarizado.

No. La situación sólo parece existir para asociar a Capriles a la violencia. Todo está narrado con un procedimiento mediático que intenta una satanización directa: en un exabrupto memorable, un animador de VTV tildó a Capriles de “gorila”. Más que un insulto, fue una confesión, delató de manera obvia las intenciones de su discurso. Es posible, entonces, leer todo esto como otra maniobra de distracción y de contraataque, relacionada por supuesto con los sucesos de La Planta, con el miedo a ser percibidos como represores y violentos.

Así son. Esa es su forma de relacionarse con el otro. Cariño mío: ámame o te pulverizo.

Pero Capriles es incómodo.

No entra fácilmente en su juego, en su dinámica. Todavía, de manera oficial, no ha empezado la campaña y ya no hayan qué decirle, por dónde atacarlo. Lo han acusado, al mismo tiempo, de querer quitar las misiones y de querer imitar a Chávez. Han tratado de impedir y de sabotear que recorra el país. Ahora los mediáticos son los chavistas. Van de canal en canal y de encuesta en encuesta. Les irrita que Capriles esté en la calle. Y ante la ausencia visible del Presidente, la contraofensiva propone una campaña que sostiene que el candidato de la unidad pierde votos hasta en su familia. Para eso, además, se alían con Rafael Poleo y con otros ejemplares de la cuarta república. Ver a la directiva del PSUV usando a Poleo de argumento es una imagen extraordinaria. Son parte de lo mismo. Tienen que estar juntos. Son el pasado, la vieja política que de pronto teme quedarse sin lugar en la historia.

Yo no pienso ni digo que Capriles está ganando en las encuestas. Pero obviamente el comportamiento oficial delata que hay algo raro en más de una estadística. No es fácil dar una pelea tan desigual. El adversario no es un candidato y un partido: es el Estado, convertido en iglesia personalista, en maquinaria electoral. Apenas está por empezar la carrera, una carrera larga y difícil, llena de obstáculos y de trampas. Igual que Chávez, antes de que comenzara la campaña del 98, Capriles está ahora recorriendo el país, oyendo a la gente, aprendiendo. Los poderosos de aquel entonces decían lo mismo que gritan ahora los que temen perder sus privilegios: No es nadie, no existe, no camina. Quizás por eso le tienen tanto miedo.

Ya estuvo preso y ya derrotó a Diosdado. Y no se detiene. El tipo sigue caminando.

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