opinión

Todavía se hunde el Titanic

24 Abril, 2012

A cien años del hundimiento del Titanic, la cantidad de material que ha salido en la prensa llama a reflexionar sobre lo que ese suceso ha significado en la historia de la humanidad. Cómo algo que se pensó invulnerable -en este caso particular insumergible-, se hundió en el primer viaje. Se dice que el apuro por terminar, la falta de materiales adecuados, las decisiones que pasaron por encima del manejo adecuado de los riesgos -aunado a las altas mareas y a la latitud demasiado al norte de la ruta-, todo se conjugó para que el buque modelo, junto con mil quinientos de sus pasajeros, terminara sepultado en el mar.

opinan los foristas

El paralelo para nosotros es obvio. No solo con la persona que, como varias en la historia, se ha creído que solo él es capaz de llevar el barco a puerto, que solo él tiene la verdad sobre la mano, que solo él representa a su pueblo y es a la vez historia y futuro del país. Es también un paralelo con nuestra sociedad que ha crecido con aires de Titanic -la Gran Venezuela, como se le dijo en una época-, que ha construido infraestructura en dimensiones calificadas en su momento como faraónicas: las refinerías en Amuay y Cardón, todavía hoy entre las más grandes del mundo; el Complejo Industria de Jose, donde se iban a construir cinco o seis plantas de mejoramiento de crudo y la petroquímica más grande; la magnificencia del Guri y en general del complejo hidroeléctrico del Caroní; la complejidad de Sidor o las dimensiones de producción que iban a tener Bauxilum o Venalum, o cualquiera de las industrias de Guayana.

Todo lo nuestro ha sido pensado en dimensiones gigantescas. Todo eso hoy pareciera que se derrumba. Las empresas se vienen a pique en nuestros ojos y los ingenieros a bordo son incapaces de salvarlas, pues la turbulencia que los rodea, como el iceberg enorme ante el cual topó el trasatlántico, las ha resquebrajado y se hunden entre huelgas, falta de materiales, deudas impagables, errores humanos, ignorancia y corrupción. Mantenemos una visión maniquea de lo que sucede a nuestro alrededor mientras nuestro Titanic particular se resquebraja frente a la inseguridad, la mala gerencia, la dilapidación de recursos, aunado a la soberbia de pensar que conmigo todo, sin mí, el abismo, el caos.

Nadie controla cuándo van a suceder los terremotos, los tornados o las enfermedades. Solo controlamos lo que hacemos cuando nos vemos frente a ellas. Y sabemos que al hundirse el buque, la cobardía sale a flote y es señalada, como fue señalados el dueño del barco cuando se montó en uno de los botes salvavidas mientras mujeres, niños y gente inocente se quedaba sin oportunidad de salvarse.

Afortunadamente en estos eventos surge también lo mejor del ser humano, como lo fue la acción heroica de los casi seiscientos ingenieros y tripulantes de la nave, que trabajaron incesantemente para mantener las calderas prendidas y las bombas de achique y la electricidad funcionando, para que pudieran salvarse el máximo de pasajeros.

A lo mejor nuestro país puede todavía salvarse del iceberg que lo hiere de muerte, pero requiere que podamos aprender de lo ocurrido para reconstruirlo sobre bases más reales, más sobrias. Requiere que todos trabajemos en conjunto para sacarlo a flote.

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