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opinión

Imposible ocultar

30 abril, 2012

Fue necesaria la muerte de Stalin en 1953, luego de 31 años en el poder, para que el pueblo soviético se enterase de los crímenes abominables cometidos durante su reinado de terror. Su sucesor, Nikita Jrushchov, los denunció, sin que esa revelación tampoco significase el fin de los Gulags y otros delitos que continuaron hasta la desaparición de la Unión Soviética. En Alemania, los ciudadanos alegaban no tener idea del horror de los campos de exterminio, hasta que, derrotado el nazismo, el General Eisenhower los obligara a constatar aquel espanto por sus propios ojos. Al pueblo de Polonia le tomó 50 años enterarse de que los 22 mil oficiales e intelectuales polacos ejecutados en serie en el bosque de Katyn no habían sido víctimas de los nazis, sino asesinados por los soviéticos, como lo admitió el Presidente Boris Yeltsin en 1991. Los dominicanos no conocieron de las fechorías de Ramfis Trujillo, hijo del dictador Rafael Leónidas Trujillo, lascivo criminal que violó a centenares de jóvenes y asesinó a más de un novio celoso, hasta la muerte del tirano en 1961 luego de treinta años de dictadura.

opinan los foristas

Otras terribles historias también necesitaron la desaparición del caudillo de turno o el fin de su régimen para ser conocidas. Eran tiempos en los que, además de férreas dictaduras, no se había desarrollado la sociocultura de la comunicación inmediata y la digitalización todavía no había hecho su trabajo en la Aldea Global.

Hoy, por fortuna, no hay paredes suficientes para ocultar los delitos políticos. Tampoco para guardar ridículos misterios como, por ejemplo, la enfermedad de un mandatario. Las redes sociales, la investigación periodística y la universalización de los medios son incontenibles. De algún modo se descubren y difunden los pretendidos “secretos” de Estado. No importa que un mandón todavía esté vivo y gobernando.



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