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opinión


El Nacional / ND

De dictadores y de papas

3 abril, 2012

Ni carismático, ni viajero ni joven. No mucho tiene Benedicto XVI para cautivar y, sin embargo, se fue a Cuba a tratar de revivir la presencia de la Iglesia en una isla que no la quiere demasiado, pero que cada vez la adversa menos.

opinan los foristas

En común tienen los dos jefes de Estado que les hace falta abrir algo más las compuertas de sus mutuos comportamientos para calar mejor en el mundo que los observa y los sigue.

Las relaciones del papado con regímenes totalitarios no se inician en este tercer milenio. La prensa, particularmente la cubana de Miami, nos ha presentado esta visita papal como si fuera un evento fuera de orden, criticable y validador de la tiranía castrista. Si es cierto que algo hay de ello a los ojos de quienes también sufrimos las penurias del totalitarismo, no es menos histórico que los primeros pasos a favor de las autarquías las había dado ya Paulo VI tan lejos como en 1966, cuando recibió, para sorpresa del mundo, al presidente ruso Nicolai Podgorny.

Así que, por ese lado, el periplo papal a La Habana no tenía nada de novedoso. Conviene recordar también que el papa polaco Karol Wojtyla fue más allá cuando fue él quien invitó a Fidel a ir al Vaticano y lo recibió hace 22 años.

Para los fines de lo que cada mandatario perseguía, la presencia del Papa en Cuba sirvió. Para Benedicto, en el terreno religioso, y para los Castro, para propósitos políticos. La Iglesia ha dado una difícil batalla para recuperar la feligresía perdida en las últimas décadas. América hispana es un conglomerado en el que lo que desde Roma se siembre puede ser más fácilmente cosechado por la existencia de una tradición religiosa más arraigada que en otras latitudes.

Cuba no es precisamente el mejor país para generar una onda expansiva continental a partir de la recuperación de credibilidad y de apegos, pero, una vez hecha la tarea mejicana, no cabe duda de que los mensajes enviados desde la capital caribeña fueron profusamente seguidos por la prensa y replicados in extenso. Tan diáfano objetivo religioso explica la frialdad papal ante un evento que sí habría sido abiertamente político: departir “a la amigable” con el otro claro exponente de la antidemocracia de la región. Bien hecho eso de no dejarse entrampar.

Por el lado del régimen comunista, el mensaje sí era de naturaleza política. Buena falta que le hace a la dictadura enviar a esta hora ese otro signo de apertura en momentos en que el descontento popular y el temor a la pérdida de los favores venezolanos toca muy fuerte a sus puertas. Por eso la permisividad ante la ensalada de sincretismo y procesiones. Había que pasar el mensaje de que se trata de una entusiasta y permitida nueva evangelización.

Así, pues, el paso de Benedicto XVI por Cuba y la apertura de la isla comunista tienen más un valor de símbolo que otra cosa. No era para tanto la tanta tinta que se derramó.

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