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opinión

¡No hagan coro!

29 abril, 2012

Uno de los principales aportes de Chávez et álii a la cultura política nacional es el haber hecho del insulto el eje del discurso; ultrajan a diestra y siniestra y en una u otra forma, todos hemos sido víctimas de sus dicterios, disfemismos, palabras malsonantes, expresiones peyorativas y despectivas; naturalmente, los más favorecidos somos los opositores, sin embargo, no han faltado los destinados a sumisos seguidores. El lenguaje oficial es un entretejido de ofensas y mentiras descaradas; pero dejemos el último aspecto para otra ocasión; por ahora, enfoquemos su aspecto escatológico, tan abrumador, que sería elevarlo de categoría moral calificarlo de cuartelario, de taberna o carcelario; mejor le corresponde el rótulo de habla de pocilga o de estercolero.

opinan los foristas

Con todo y su reiteración, los insultos del régimen son pobres en ingenio y no pasan de ser un bloque limitado de palabras y frases hechas referidas a la sexualidad y a los atributos de los opositores; ocasionalmente, el insultador alfa altera el nombre de una víctima de sus improperios (Insulso por Insulza, aparte de llamarlo pendejo) o desempolva casi arcaicos adjetivos coloquiales de acento despectivo, como escuálido y majunche, el último que intenta posicionar, y sus seguidores se ven obligados a celebrarlo públicamente con risas y aplausos. Infortunadamente, y así lo hace ver Capriles Radonski, algunos opositores les hacen eco, al caer en la trampa de asumir dichos calificativos con una actitud de orgullo, por suponer que mediante ese proceder neutralizan la intención del insultador; craso error: con ello tan sólo logran darle resonancia a su discurso y satisfacer su ansia de omnipresencia. En un vigoroso llamado a No hacer coro, el próximo presidente destacó esa consecuencia: “Yo los invito a que no le hagamos el juego al verdadero mediocre de esta partida porque a lo largo de 13 años ha logrado que los venezolanos terminen asumiendo lo que él dice, repitiendo lo que él dice, haciendo lo que él dice y convirtiendo al país en un país realmente mediocre y deslucido… ¿Qué les pasa? ¡Dense cuenta del poder del verbo!”…

Dada la precariedad de la inventiva chavista en función de insultar, y a propósito de animar el ambiente, viene a lugar sugerirles un recurso formativo del discurso escarnecedor reportado por los estudiosos del idioma.

Consiste en combinar la 3ª persona del singular en presente indicativo de un verbo y un sustantivo. El resultado puede ser un insulto formidable, más original que las usuales groserías. Ejemplos clásicos de la aplicación del recurso son los vocablos lameculo y comemierda.

El insulto es un fenómeno lingüístico culturalmente condicionado, con lo que admitimos su variabilidad en el tiempo y en el espacio; lo que es un insulto sólo puede identificarse a partir de la persona integrada a un colectivo; aprendemos a insultar, vale decir, a reconocer aquellas expresiones verbales y gestuales agresivas, y, desde luego, a sentirnos ofendidos por ellas; aunque algunas dieran la impresión de ser de amplitud universal en ambas dimensiones, y quizá las más relevantes entre estas sean las ofensas alusivas a la progenitora. En la generalidad de las culturas, son pivotales los valores vinculados a la figura materna, el amor y el respeto debidos a ella; en nuestro ambiente son innumerables las coñamentazones habidas por una mentada de madre; y asimismo las reacciones de los más pusilánimes que en lugar de responder como se espera de un muchacho con los cojones bien puestos, acuden a los preceptores balbuceando el chisme llorón: “¡Maestro, maestro: Hugo me mentó la madre!” (porque ha debido andar en esa práctica desde sus días escolares); y eso me hace recordar a cierto carajito acusete de mi colegio, tan delicado, que no se atrevía a usar la palabra “mentar” porque le parecía vulgar, y en su lugar decía un ridículo “Fulano me dijo mi madre”.

Tanto como aprendemos a sentirnos ofendidos a partir de ciertos estímulos, podemos condicionarnos para dejar que nos resbalen; es la estrategia adoptada por CR, quizá el compatriota más vituperado por el poder en nuestra Historia; no se agota inútilmente respondiendo en idénticos términos; su energía de hombre de buena voluntad se destina a causas más elevadas. Por otra parte, la injuria se desgasta, como cualquier mensaje llevado al extremo ad nauseam; entre venezolanos ya ni sorpresa causa; sólo sirve para abochornarnos ante la observación internacional.

La afrenta es una forma de agresión, y toda violencia es hermana del miedo a las ideas de los demás, lo dijo Gandhi. La injuria revela sentimientos de inferioridad del ofensor, al ser su reconocimiento tácito de su impotencia para argumentar racionalmente ante los planteamientos del contrario. También es nítido indicio de sus limitaciones intelectuales; en efecto, disponemos de formas ingeniosas de ofender, como la sátira.

Pero no pidamos peras al olmo: la sátira es un recurso del ofensor inteligente; porque debe uno tener talento de sobra para responder como Winston Churchill al coincidir en un baño con el entonces primer ministro Clement Attle, sujeto animado por la misma manía de Chávez ─y ahora también de la alondra austral─ de nacionalizar y expropiar. Al percatarse de que estaban los dos solos, Churchill se dirigió al urinario más distante de su colega. “¿Qué sucede, Sir Winston? ¿Por qué se ha ido usted al otro extremo del baño?”, pregunta Attle, y sin calibrar la inmensidad intelectual de su interlocutor, incurre en la gaffe de añadir el siguiente lugar común con la intención de hacer un chiste escarnecedor a sus costillas: “¿Acaso le avergüenza mostrarlo?” A lo que el interpelado responde: “¡No, de ningún modo, primer ministro!; todo los contrario… Ocurre que usted no puede ver nada grande y que funcione porque lo expropia”.



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