opinión

Enrique Viloria Vera

¡Brille para él la luz perpetua!

24 Abril, 2012

Nació en un pequeño pueblón de la Venezuela recóndita, no lo criaron sus padres por andar en otros menesteres, pero siempre tuvo el afecto de familiares cercanos que le enseñaron las primeras letras y el himno nacional. Creció a sus anchas, bañándose en río y lago, cabalgando a lomos del caballo familiar, disfrutó de chichas y pasteles; arepitas dulces y topochos nunca le faltaron.

¡Brille para él la luz perpetua!

opinan los foristas


De niño ya tenía inclinaciones de amor al prójimo, era un justiciero nato, leía con agrado la Palabra del Señor en la iglesia de la comarca. Fue monaguillo y luego se enroló en el ejército sacrosanto de aquellos que están dispuestos a dar su vida por los pobres y los necesitados. Fue un defensor a ultranza del Sermón de la Montaña.

¡Brille para él la luz perpetua!

De adolescente ya tenía inclinaciones histriónicas, le gustaba la actuación, las tablas, declamar en público. Era conocido por su risa permanente y por una cierta manera cínica de asumir la vida personal y ajena. Se graduó y se casó con su novia de siempre, juntos experimentaron la precariedad de los recién casados: vivieron alquilados y tuvieron su carrito regulado.

¡Brille para él la luz perpetua!

Ya mayor fue reconocido por sus dotes oratorias, le encantaba un púlpito y un micrófono, y tener alumnos y seguidores. Era un lector voraz y un poeta de poemas propios y ajenos. Ejerció cargos de importancia, siempre Líder, siempre fijando la pauta. Fue generoso con su familia, su hija menor siempre fue la favorita. Mujeriego, se casó dos veces, pero era en realidad un enamorado del amor y de sus compañeras de ruta y pensamiento. Fue un creador de ilusiones y un utopista contemporáneo.

¡Brille para él la luz perpetua!

Ni la Carta Astral y la Revolución Solar a las que era tan afecto, ni los orichas, babalaos o nigromantes previeron el rápido deterioro de su salud. Se fue complicando: los riñones, el corazón, el páncreas y hasta una culebrilla insurrecta le fueron minando el cuerpo, pero no el ánimo; quería morir con las botas puestas y con su palabra rebelde a flor de labios. Le pidió a Cristo que no se lo llevará todavía porque aún tenía mucho que hacer en esta Patria dividida. Cristo lo desoyó y hoy enfrenta la justicia divina.

Rafael García Casanova, nuestro amigo de siempre murió de a poquito con una sonrisa en los labios y un beso para los que tanto amó en su fructífero paso por esta Tierra de Gracia.

¡Brille para él la luz perpetua!

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