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opinión

Enrique Meléndez

Un país infeliz y desventurado

31 enero, 2012

Este ha sido siempre un país muy infeliz y desventurado. Esto de dispararnos contra los pies, a propósito de la figura de Chávez, no es nuevo. La Venezuela de la década de 1850 le jugó a la violencia. Entonces se pensaba que la guerra era la panacea para todos nuestros males. Todo el país estaba armado, había mucho general de vago, y se tenían muy frescos los recuerdos de las hazañas de la guerra de independencia.

opinan los foristas

De modo que el espíritu de la época, para evocar a Hegel, era bélico. Se había alimentado, sobre todo, de pasiones que venían por el orden de numerosos prejuicios, que estaban presentes en la conciencia del hombre de esa época. Se trataba de una sociedad tomista, esto es, oscurantista y supersticiosa, y parroquiana.

Por ejemplo, se venía de abolir la esclavitud, bajo el régimen de José Gregorio Monagas, y, en ese sentido, un atizador de pasiones como Antonio Leocadio Guzmán, a través de un periódico suyo, que llevaba por nombre El Venezolano, manipulaba las circunstancias: les sembraba a los manumisos la idea de que un nuevo gobierno de blancos los iba a volver a esclavizar, y esta vez serían vendidos a los ingleses, que se dedicaban al comercio de esclavos, para ser explotados hasta la médula; es decir, Guzmán les metía en la cabeza que, una vez muertos, los ingleses harían con sus huesos bastones y sombrillas.

He allí el imaginario que dará lugar a una sensibilidad como la del poeta cumanés José Antonio Ramos Sucre, cuya poesía estará dotada de muchas imágenes de este tipo, y con el perdón de la digresión, lo que algunos críticos conocen como sus poemas de crueldad. Pero a ese nivel de manipulación se llegó en ese momento.

Claro, estamos ante uno de los hombres más cínicos de Venezuela, como lo observa Mariano Picón Salas, con motivo, además, de la confesión descarada que hace este señor, en el sentido de que él alega que, antes de producirse la conflagración, ellos hablan de federalismo, porque habían escuchado a los otros hablar de centralismo, y que, de todos modos, si ellos hubieran escuchado a los otros hablar de federalismo, ellos hubieran hablado de centralismo; lo cual era, en el fondo, lo que profesaba esta gente, pues con el triunfo del federalismo, tan pronto como finaliza la misma, entonces el país quedará más centralizado que nunca, y terminará por desvanecerse la república de José Antonio Páez, cuyo período de dieciocho años Juan Vicente González lo calificaba como la edad de oro de Venezuela; en un proceso de decadencia, desde el punto de vista institucional, que había arrancado, precisamente, bajo el régimen de los Monagas, cuando entonces se comienzan a conocer las primeras formas de populismo en figuras, justo, como la de este Guzmán, y lo que nos conduce de nuevo al punto inicial de lo enfocábamos acerca de la irresponsabilidad que implicó lanzar al país por ese barranco de la Guerra Federal.

Hay que reconocer que la ciudadanía de la década de 1990 estaba hastiada con la degradación moral, a la que había llegado nuestra clase política; que se vivía en el mundo de la prensa, sobre todo; un periodismo que se alimentaba a base del chisme y de la intriga; mientras que en un sentido estético este malestar se proyectaba en el personaje de la telenovela, escrita por Ibsen Martínez, conocida como “Por estas calles”, famoso porque encarnaba ese mundo de la mediocridad en el que se había hundido dicha clase política, y esto lo digo porque al hombre que se le conocía como C. A. (Carlos Andrés) Pérez resultó que, después de habérsele investigado hasta los tuétanos, bajo sospecha de dolo, lo que tenía era una cuenta bancaria en el exterior de cuatro mil dólares, para dejar en ridículo a quienes se atrevieron a desarrollar esta pesquisa en los centros financieros internacionales, en este ensañamiento que se produce contra este señor, y que ya venía desatándose desde el momento mismo en que dan al traste con su gobierno, para marcarse a partir de allí el inicio de la decadencia institucional de la democracia representativa moderna, y que se pudiera considerar como la segunda edad de oro de Venezuela.

A mí no se me quita la imagen del periodista Carlos Croes preguntándole, en su programa de entrevistas que conducía por Televen, a nuestro teniente coronel que si su intención no era meternos por este otro barranco, al cual ha llevado en el día de hoy al país. Obsérvese que todos los que se prestaron, para aupar el proyecto político suyo, andan hoy en día arrepentidos. Resulta que se vinieron a dar cuenta demasiado tarde de que había sido fácil sacar al genio de la botella, mas no así hacerlo regresar a la misma, y así quedar pendiente para cuando fuera necesario volverlo a soltar, un ser dócil, y al cual iban a manipular a su antojo, y fue lo que no les vino a pasar.

Pero, primero, hay que reconocer las dotes mismas del liderazgo de nuestro teniente coronel; su habilidad para el manejo del populismo, y fomentar la esperanza en la gente; habilidad que se podía comparar con la de Antonio Leocadio Guzmán, un hombre que también tenía un gran poder de seducción en los sectores populares de la época, y la prueba está en que su periódico El Venezolano se financiaba con suscripción de la ciudadanía; de forma que el escritor caroreño Cecilio Zubillaga Perera, en lugar de considerarlo cínico en su caso, lo definía como un demagogo brillantísimo, y de lo cual no está muy lejos tampoco nuestro teniente coronel, y es por esto que viene al caso.

Fue así como se llegó a la convicción generalizada de que lo de Chávez era un voto castigo. Esa clase media, que sufragó por él, atraída quizás por la fuerza incendiaria de su discurso, no vendría a descubrir que lo que decía este señor eran puras locuras sino más tarde, y lo que demuestra la inmadurez política de un pueblo, la simpleza por la que se dejaba llevar cuando alegaba que lo de Chávez era un voto castigo.

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