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opinión

Tamara Sujú Roa

La guerra y la paz

31 enero, 2012

Tuve la oportunidad de participar en los actos conmemorativos de los 20 años del acuerdo de paz de ese pequeño pero maravilloso país que es El Salvador, acompañando a dos venezolanos que recibieron un merecido reconocimiento por su invalorable aporte para que dichos acuerdos se dieran y concretaran, Pedro Nikken y Enrique ter Horst, quienes representaron a la Organización de Naciones Unidas en esos históricos años en donde guerrilleros, paramilitares y gobierno se sentaron en la mesa a negociar la paz, con dicha organización internacional como facilitadora, sin ganadores ni vencidos.

opinan los foristas

Y es que los salvadoreños tuvieron que matarse entre ellos durante 10 años, en una guerra civil fratricida -en la que murieron aproximadamente 100 mil personas, dos millones huyeron a otras tierras perseguidos o simplemente para salvaguardar sus vidas y las de sus familias, pueblos y caseríos quedaron desiertos y destruidos- para que como sociedad, como pueblo, comprendieran que todos esos años de desgaste y sufrimiento, no les traería las soluciones por las cuales se generó el conflicto, ya que al final de esa década, los motivos se habían perdido entre fusiles y venganzas y la misma sociedad civil, cansada de un exterminio inútil, fue dejando de apoyar a los distintos bandos y el clamor general era que se acabara de una vez por todas el conflicto.

El horror todavía esta plasmado en la mirada de muchos de los que conocí, protagonistas y victimas. La guerra civil salvadoreña, como toda guerra civil, fue salvaje y no hubo piedad ni siquiera para niños ancianos, campesinos, representan de la Iglesia, sociedad civil. Asesinatos, secuestros, sicariatos, torturas, el genocidio de un pueblo completo –el Mozote, en donde murieron casi mil personas, 400 de ellas menores de 13 años- me hizo pensar en lo irracional que pueden ser los seres humanos cuando el poder y la ambición se les atraviesa en el camino y las injusticias sociales y el desconocimiento de la existencia del otro se hacen la cotidianidad de regímenes personalistas y autoritarios que no buscan el bien común y el progreso social, sino que sus pretensiones de perpetuarse en el poder a como de lugar los hace cada día mas autoritarios y menos democráticos y terminan generalmente en distintas escaladas de violencia, de la cual, la guerra civil incontrolable, es la más grave.

Las diferencias sociales –más de las dos terceras partes, vivían en extrema pobreza- la concientización de la gente durante los años anteriores a la guerra acerca de las injusticias que sobre ellos se cometían diariamente, el mejoramiento de la educación, cuando los campesinos migraron a las ciudades, la Iglesia y la influencia de Monseñor Oscar Romero, ayudaron a que los salvadoreños tomaran conciencia de sus derechos y a que empezaran a organizarse, ante el régimen que presidia el General Fidel Sánchez. Esto fue creciendo luego del fraude electoral que cometió el gobierno en las elecciones de 1972, desconociendo el triunfo de José Napoleón Duarte del partido demócrata cristiano, quien por cierto, se exilió en Venezuela. La década de los 70, transcurrieron en éste país centroamericano, con el afianzamiento de regímenes militares ilegítimos con la consecuente represión de la población opositora, que clamaba por elecciones limpias y por un cambio de gobierno sustancial, que respetara los derechos humanos de los ciudadanos y que clamaba por un sistema social y económico más justo.

Fue durante esta década que nacieron grupos guerrilleros, como el FPL, el ERP, el PC, el PRTC y la RN, todos agrupados luego en el FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional). La chispa de la guerra, según todos los salvadoreños comenzó el 24 de Marzo de 1980, con el asesinato de Monseñor Oscar Romero, ejecutado por un sicario siguiendo la orden del Mayor Roberto D´Aubuisonn, líder de los escuadrones de la muerte que integraban militares activos de la época. Lo que siguió a continuación todavía vibra en el corazón de nuestros hermanos salvadoreños.

La lección que todos los pueblos del mundo, muy especialmente los latinoamericanos deberíamos sacar de ésta tragedia, es justamente la conclusión a la que llegaron todos los grupos armados que durante una década se mataron unos a otros. La del diálogo y la negociación. David Escobar Galindo dice en el libro: Él salvador, de la Guerra Civil a la Paz Negociada, lo siguiente: “Al concluir el conflicto armado por la vía política, se dio la gran señal para inaugurar una nueva convivencia, que abarcara desde luego a los tradicionales “enemigos”, que hicieron lo posible por eliminarse mutuamente sin lograrlo. Construir esa convivencia requiere voluntad explícita, fenómeno que pasa por tres etapas: la aceptación de que el “otro”-es decir, el que no soy yo, sino el que está al otro lado de mi- existe y tiene derecho a existir; el reconocimiento de que el otro no solo tiene derecho a existir, sino que también tiene los mismos derechos que yo; y la integración de esfuerzos con un objetivo en común: sacar adelante la sociedad que todos compartimos”.

Hoy, El Salvador es un país pujante, con los problemas normales de las sociedades modernas que tienen todavía que superar y mejorar, con las diferencias de ideales y pensamientos que debe haber en toda democracia sana en donde participan activamente los ciudadanos, pero, con la convicción de que proteger la paz alcanzada, debe ser la tarea diaria de quienes tienen en sus manos el futuro de los salvadoreños. Como reflexión para los venezolanos, caer nosotros en una situación similar a la de El Salvador, sería una insensatez trágica, y quien tenga la estupidez de conducirnos a ella, no será perdonado por la historia.

 



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