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opinión

Provoca pedir perdón

31 diciembre, 2011

No es la bomba cancerígena. La única máquina diabólica fue aquella que nos inoculó la imbecilidad de caer en la trampa de nuestra propia escoria. Es el cáncer de la estulticia que llevamos en nuestros corazones. Provoca pedir perdón. Venezuela se lo merece.

Uno de los editorialistas de El País, de España, posiblemente el periódico más influyente en lengua castellana, ha debido desviar su atención de los graves problemas que acosan a la humanidad – el hambre, la devastación ambiental, la primavera árabe, la crisis económica global, los desastres telúricos, entre tantas y tantas calamidades – para hacer un breve comentario acerca de una de entre las miles de boutades paridas por la calenturienta mente de nuestro teniente coronel. Venezuela, en efecto, colma los titulares de los principales periódicos del planeta por otra ocurrencia más – esas aerofagias intelectuales –de Hugo Rafael: el cáncer que afecta a cinco presidentes y/o ex presidentes de nuestra caprichosa región podría haber sido inducido por el imperialismo yanqui.

opinan los foristas

No es como para sentirnos orgullosos. Si es cierto que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, entonces los venezolanos nos merecemos ser gobernados por un teniente coronel chiflado, que no desperdicia ocasión para soltar unos de esos flatos mentales que provocan la hilaridad de gente seria y responsable que gobierna otras naciones, pero que nos mete en el corral de gentes desaprensivas, ignorantes, bárbaras y canibalescas, a las que les parece lo más normal del mundo entregarse en cuerpo y alma a un charlatán de feria que se exhibe montado sobre una tanqueta de fabricación rusa acusando a los norteamericanos de inocular el cáncer. ¿Nos merecemos los venezolanos ser catalogados de chimpancés a un paso de la regresión a los orígenes?

Dolorosa y muy cuestionable popularidad aquella de la que disfruta el causante de nuestras peores desgracias. Viene a ocupar el espacio vacío dejado por Jean Bédel Bokassa, Idí Amín Dadá, Gadaffi y otros siniestros espantajos que han ensangrentado de crímenes, baboserías, estupideces y otras muy censurables excrecencias el escenario del ridículo político universal. Dictadorzuelos, sátrapas, ladrones magisteriales, asesinos, entreguistas y lameculos monárquicos que avergüenzan la historia humana.

Venezuela ha ingresado al muy dudoso y reprobable catálogo de naciones payasescas, del que creíamos habernos escapado definitivamente un glorioso 23 de enero de 1958. La gobierna un tropero prepotente, venal, inescrupuloso y fanático que no tiene freno para soltar los peores y más insólitos exabruptos sin que se le arrugue el semblante. Perdonado y consentido por los países de su región, con el concurso de otras abyectas naciones del planeta, porque chapotea sobre un pantano de petróleo, con el que ha terminado aceitando a millones y millones de sus conciudadanos, tan bárbaros, tan ignorantes, tan analfabetas y desarrapados como él mismo.

¿Somos culpables los venezolanos del teniente coronel que nos desgobierna, humilla y encarnece ante la faz del planeta? ¿Y de esa masa amorfa e irresponsable que lo secunda y legitima? ¿Nos merecemos tener un presidente que es el hazmerreir de los medios y un pueblo de indigentes mentales que constituye la vergüenza de las naciones responsables? ¿Debemos callar este oprobio que nos aflige a la desesperada búsqueda de votos que nos permitan terminar desplazar a quienes nos desgobiernan?

Provoca pedir perdón. No es la bomba cancerígena. La única máquina diabólica fue aquella que nos inoculó la imbecilidad de caer en la trampa de nuestra propia escoria. Es el cáncer de la estulticia que llevamos en nuestros corazones. Provoca pedir perdón. Venezuela se lo merece.



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