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opinión

La política y las redes sociales

19 octubre, 2011

Recientemente, en pleno despunte del año 2011, en todo el mundo (o al menos donde la opresora mano de la censura no ha intervenido) hemos sido testigos del inmenso poder de las “Redes Sociales” en el escenario político. Túnez, Egipto, Libia, Siria; son algunos países que han transitado por una serie de levantamientos civiles, inmensas protestas reclamando libertades a sus gobiernos, lo cual ha costado el derrocamiento de los regímenes tunecino y egipcio, así como el acorralamiento y cada vez mayor aislamiento internacional que hoy sufren Muammar Gaddafi y Bashar al-Assad, sin olvidar el alto costo en pérdidas de vidas humanas.

opinan los foristas

Lo que no deja de causar asombro es como estos movimientos han surgido en gran parte, al uso de las redes sociales, sobre todo cuando un amigo de nacionalidad siria y radicado en Venezuela me informa que la penetración de la telefonía celular en su tierra, prácticamente se limita a la ciudad de Damasco, y no son muchos los hogares que cuentan con computadores personales. Otro ejemplo digno de resaltar, es el de Yoani Sánchez, la disidente “bloggera” cubana, quien a través de la superautopista de la información denuncia constantemente las atrocidades de la cincuentenaria dictadura comunista de los hermanos Castro.

He querido presentar esta breve reflexión como un medio para tomar conciencia del alcance que podemos tener en una sociedad como la venezolana, con la utilización de herramientas como las redes sociales para una participación política activa y efectiva en el ejercicio de la ciudadanía. No quiero que se me malinterprete, pensando que de una manera muy esnobista hago un llamado al levantamiento civil convocado por el “Twitter”, no; pienso que estas herramientas pueden ser útiles para que el ciudadano se organice con sus iguales (vecinos, amigos, su núcleo comunitario más cercano) para lograr consensos y buscar soluciones a los problemas fundamentales de su entorno. En lugar de preocuparnos por los errores ortográficos o intelectuales de una ex Miss, o de estar al pendiente de las fotografías y los chistes publicados por nuestros amigos, herramientas como el “Twitter” o “Facebook” pueden ser utilizadas como la moderna Ágora donde se discutan asuntos de interés colectivo, en pro del desarrollo común de la sociedad.

La penetración de las herramientas tecnológicas en Venezuela ha sido inmensa. Toda una nueva generación de venezolanos puede ser catalogada como la “Generación Blackberry”, por el difundido uso de este “smart phone”; basta acercarse a cualquier local comercial de las tres grandes operadoras de celulares en el país para ver cómo se vende el famoso aparatito. Claro, esto a su vez ha generado una nueva industria delincuencial que se dedica exclusivamente al robo del mismo, por su alta demanda y elevado precio, pero muchos jóvenes hacen caso omiso a las diarias noticias sobre crímenes cometidos por hurtar el dispositivo y orgullosamente lo exhiben por las calles, concentrados en la conversación que mantienen por el “Chat” o cualquiera de las redes sociales descargadas. Si con este mismo entusiasmo lográsemos crear la debida conciencia y participación ciudadana, no me queda la menor duda que comenzaríamos a ver cambios profundos en nuestra vida diaria y en nuestro entorno.

Magistralmente la filósofa alemana Hannah Arendt nos legó en sus escritos la idea de asociar la “Política” con la “Libertad”, y cómo hemos asociado ambos conceptos desde los griegos antiguos, hasta nuestra decadente modernidad. El hombre, identificado como el animal político aristotélico, persigue esa libertad para hablar, para discutir entre sus iguales, para lograr acuerdos que permitan pasar del habla a la acción; con gallardía se aparta de su vida privada para involucrarse en el ámbito de su comunidad y así hacer política. El problema surge cuando este hombre (utilizando el término para identificar la especie y no el género, pues no pretendemos presentar una concepción misógina) se aparta del espacio público y queda confinado a la privacidad de su hogar, bien por voluntad propia o condicionado por un déspota que coaccione su libertad, pues será entonces el escenario ideal para el surgimiento de la antipolítica.

Retomando el ejemplo venezolano (pues nos concierne directamente), recordamos las famosas campañas de lo que se ha denominado como la antipolítica de las décadas de 1980 y 1990. Sus causas las podemos encontrar desde la instauración misma en 1958 del modelo político emblemáticamente representado por el llamado “Pacto de Punto Fijo”, el cual tuvo entre sus grandes logros el consolidar por vez primera en Venezuela el gobierno civil, democrático y alternativo (aunque para algunos de nosotros estos dos últimos conceptos vayan intrínsecamente coaligados). El gran error fue la consolidación de una excesiva “partidocracia” que no permitió pasar al siguiente nivel del gobierno civil, el Gobierno Ciudadano; el modelo donde formaríamos ciudadanos responsables, comprometidos con el desarrollo tanto individual como comunitario en la sociedad a través de una participación política activa y efectiva.

 

Los grandes avances logrados en los primeros veinte años de este modelo, como la masificación de la educación, el cada vez más alto estándar de vida y el surgimiento de una clase media muy acomodada y esnobista, alejaron al ciudadano del día a día de la política, y limitaban ésta solamente al acto de votar en los distintos procesos electorales; se instauró el reino del desinterés por los asuntos públicos, lo cual fue aprovechado por cárteles que se formaron entre las cúpulas de los partidos políticos, secuestrando así la toma de decisiones y el ejercicio de la ciudadanía.

Este panorama se mantendría intacto hasta que se comenzaron a sentir los verdaderos efectos de la recesión económica de los años ochenta. Surgirían las viejas nostalgias por el régimen militar perezjimenista, las cuales serían posteriormente canalizadas por algunos sectores al vitorear y luego financiar a unos militares aventureros que se alzarían en armas a inicios de la década de 1990. Sectores interesados hicieron el juego anti sistema; críticas iban y venían por todos los medios, radio, televisión, prensa escrita, publicaciones literarias, reuniones; todos criticaban, pero nadie procuraba una participación activa que lograra la transformación que los partidos políticos del status quo necesitaban.

Bajo este panorama, llegaron los partidos políticos, con una miopía de siete grados en cada ojo, a las elecciones de 1998; el ciudadano común, acostumbrado ya a la tranquilidad que se había afianzado en los cuarenta años de gobierno civil, prefirió seguir su costumbre y recurrir al “Mesías” que salvaría la patria y acabaría con los vicios del sistema. Lo demás es conocido por todos; surgió el “déspota” (que sigo poniendo en duda si es ilustrado) que Arendt nos señala como el gran carcelero del espacio público ciudadano, ya que al polarizar a un pueblo en dos sectores –mis amigos y mis enemigos-, así como el supeditar la participación política ciudadana a la pertenencia militante de un solo partido, niega la libertad que Arendt asocia con la Política.

Es momento pues de activar la participación ciudadana con las herramientas que la tecnología del nuevo milenio nos ofrece, ante las intenciones de coartar y condicionar el acceso y uso a las vías de comunicación informatizadas, se debe generar una respuesta efectiva, que demuestre el compromiso que como sociedad tenemos con la democracia y la libertad política de todos los ciudadanos.

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