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opinión


La Razón/ ND

desertor del castrochavismo

31 julio, 2011

Que en su discurso de toma de posesión de la presidencia del Perú el jueves pasado, Ollanta Humala, insistiera una y otra vez que no se apartaría del modelo de economía abierta que heredó de sus predecesores, Alejandro Toledo y Alán García, será quizá la sorpresa política del año y sin duda el mejor marcador de hacia donde se orientan las tendencias políticas del subcontinente latinoamericano en las próximas décadas.

opinan los foristas

Y no es que Humala dijera algo distinto durante su campaña electoral, ni mucho menos después que se alzó con el respaldo mayoritario de los electores peruanos, sino que, dado el pasado no tan lejano en que emergió como restaurador de aquel movimiento político arcaico que se llamó, o llama “el etnocacerismo” (que lo convirtió en algo así como el eslabón perdido del castrochavismo), debe celebrarse que el éxito de la democracia peruana hacia la modernidad y la globalidad haya operado el milagro de la reconversión en un fanático que se creyó venía a destruirla.

Es, para decirlo en breve, la demostración de que al afirmar de que el Perú que presidiría, de resultar electo, estaría más cerca del Brasil de Lula que de la Venezuela castrochavista no hablaba en vano; y de que existe el convencimiento en el nuevo liderazgo peruano de que, tomar la vía del autoritarismo, mientras se hace tabula rasa con el aparato productivo público y privado, es exacerbar los conflictos seculares del país de los incas a nombre de que la pobreza se le entronice de manera inevitable, irreversible y creciente.

Un simple cruce entre los índices macro y microeconómicos del Perú y de Venezuela durante la última década, nos pone tras la pista de la realidad de que hablamos, con un Perú con un crecimiento sostenido de casi el 9 por ciento, Venezuela con un crecimiento a la baja que en el último trienio cayó a menos de cero, Perú con una inflación de no más del 3 por ciento, y Venezuela con una inflación del 30 por ciento que se cuenta como la más alta del continente y del mundo occidental.

En consecuencia, en el país costeño y altiplánico reducción de la pobreza hasta un 30 por ciento y creación y consolidación de una clase media pujante y en ascenso; en el caribeño, proletarización de la clase media y aumento en los índices de pobreza crítica a niveles que ya amenazan con hacer de Venezuela una realidad geopolítica, económica y social no diferente a la de los países más deprimidos del África subsahariana.

Pero, igualmente, en Perú consolidación de las instituciones democráticas hasta convertirlas en pilares sólidos del estado de derecho y garantes del ejercicio de los derechos ciudadanos y de las libertades constitucionales; en Venezuela, por contraste, el caudillo y “redentor” Chávez puso fin a la independencia de los poderes, convirtió a la constitución en una suerte de código penal que castiga a sus oponentes y premia a sus leales, y él mismo, es una suerte de dictador entre folklórico y exótico, pintoresco y rupestre, que ha hecho del ejercicio de la conducción del país una chambonería tan irrisoria, como dolorosa.

En la misma vía: si se comparan los resultados en los desempeños de los dos bloques de países que surgieron en la región en los últimos 10 años: uno liderado por Chávez y Fidel Castro que se propuso la restauración del socialismo marxista, stalinista y castrista (hecho añicos por los pueblos de la exURSS, China y países de Europa del Este a comienzos de los 90 (Cuba, Nicaragua, Venezuela, Ecuador y Bolivia); y el otro, integrado por Colombia, Perú, Chile, Uruguay y Brasil que han apostado a la economía abierta en un sistema democrático que garantiza la prosperidad y la redistribución de la riqueza, pero promoviendo la inclusión, la tolerancia, y la pluralidad, entendemos, también, por qué, al bifurcarse, la pobreza cunde de un lado; y la prosperidad del otro.

En otras palabras, que Chávez y Castro lo que han jugado es a dilapidar el gigantesco ingreso en petrodólares percibido por Venezuela durante los años del último ciclo alcista de los precios del crudo (2004-2008) (y en el cual los precios pasaron de un mínimo de 20 dólares el barril, a un máximo de 128 dólares, totalizando una suma que traspasó el billón de dólares) para actuar como sucedáneos de la Unión Soviética en una nueva “Guerra Fría”, donde Caracas y La Habana replicaban a Moscú y Beijing, y Chávez y Castro, a Stalin y Mao.

Delirio que culminó con la ruina de Venezuela, y la conversión de Cuba. Nicaragua, Ecuador y Bolivia en los “estados clientes” de un remedo de imperio colonial cada día más empobrecido, decadente y desvalijado.

En el otro bloque, por el contrario, el alza de las materias primas durante el último quinquenio ha sido aprovechado para diversificar la economía, crear fondos de contingencias, combatir la pobreza y las desigualdades, modernizar la economía y las instituciones políticas, y situarlos en una posición ideal para escapar a la crisis global, crecer y entrar con paso firme en la civilización tecnológica del siglo XXI.

De modo que, ejemplos y razones de sobra tenía Ollanta Humala para huir de los espejismos del castrochavismo, renegar de sus simplezas indomarxistas, de la lucha de pobres contra ricos, de antiguallas como acusar al imperialismo, y en particular a los Estados Unidos, como los culpables únicos y eficientes de los continuos y recurrentes fracasos de los gobiernos de la región e iniciar una etapa definitivamente nueva en el Perú, y en ,la cual, la distribución de la riqueza no debe hacerse a costa de perder la libertad y la democracia.

“Evoco aquí nuevamente” dijo Humala en un momento del discurso de su toma de posesión a la presidencia del Perú el jueves pasado “a la figura de Haya de la Torre y su legado, plasmado singularmente en la Constitución de 1979, la última constitución de origen democrático, a la que muchos no han respetado y por eso la olvidan, que constituye para mí una verdadera inspiración por su contenido nacional, democrático y de libertad”.

Y de seguidas: “El gran Nelson Mandela, en un célebre discurso pronunciado en el marco de la UNESCO, afirmó, con la convicción que lo caracteriza, que la igualdad, la equidad económica y la justicia social eran la base de toda democracia”.

Él dijo: “No hay democracia con miseria, no hay democracia con asimetrías sociales”. Y porque creo en la justicia de esta frase, yo he jurado respetar y defender la democracia. Fortalecerla en sus valores igualitarios para hacerla legítima ante el pueblo y así será”.

En definitiva, que una apuesta inmensa por Perú y el éxito económico y político de los últimos 10 años, por la reducción de la pobreza y la conquista de la prosperidad pero en libertad y democracia, y porque América latina se constituya en una tierra ajena a los cantos de sirena de quienes piensan que solo a través de la división, el odio y la violencia puede lograrse la justicia social.



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