opinión

Volver a Carabobo

30 Junio, 2011

La Historia de Venezuela, escrita y recordada desde la lógica del Estado e instituciones públicas como el Ejército, es un compendio de inexactitudes y adulteraciones. El glorioso “Ejército Libertador”, triunfador el 24 de junio de 1821 en Carabobo, ya forma parte de la leyenda. Esa victoria decisiva en contra de La Torre y los realistas puso punto final al dominio imperial de España en Venezuela. Desde entonces nuestros militares han asumido la idea de que la Patria, la nueva Nación, es producto de sus esforzados sacrificios, y en consecuencia, deben de gozar de especiales privilegios, muy por encima de una ciudadanía a la que han llegado a desconfiar.

opinan los foristas

Sólo que hay algunos pequeños detalles que ponen en cuestión esa suposición. En primer lugar, los más afectados por la guerra fueron los civiles, mayoría silenciosa y sufrida que observó con asombro como ambos beligerantes se cebaban sobre ellos. Y en segundo lugar, Ejército formal como tal, no existió. Juan Vicente Gómez, lo profesionalizó en 1911.

 

Luego de 1830, fallecido Bolívar y disuelta la Gran Colombia, todo el siglo XIX fue un constante guerrear entre militares improvisados y caudillos regionales que mediante el uso de la violencia y la fuerza dirimieron sus diferencias. Las proclamas grandilocuentes se hacían en nombre de la Patria, los intereses nacionales y el pueblo, cuando en realidad servían de pantalla para esconder las verdaderas intenciones vinculadas al usufructo del poder. Desde entonces los militares, garantes del orden y la paz, se han convertido en los grandes árbitros acerca de los destinos de los venezolanos.

 

Páez, los Monagas, Guzmán Blanco, Joaquín Crespo, pero sobretodo, Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, entendieron que el control de la fuerza les daba derechos para dominar al resto de la sociedad. Los altos fines de un Ejército profesional e institucionalista quedaron relegados a las exigencias de comportarse como guardia pretoriana del caudillo de turno.

 

Algo se avanzó en 1958 cuando Betancourt y Caldera le establecieron límites a la influencia de los militares en la vida nacional. Sus cuadros empezaron a profesionalizarse y la doctrina militar se orientó en ese entonces a resguardar los preceptos democráticos e institucionales del orden vigente. Indudablemente que hubo algunos “ruidos de sables” de militares descontentos ante el hecho de perder protagonismo como los esenciales conductores de la vida nacional.

 

Luego, durante el segundo gobierno de CAP, aparecían grafitis en las paredes de los cuarteles diciendo: “Hay que volver a Carabobo”. Las biografías revisionistas de Juan Vicente Gómez en plan laudatorio hacían impacto en una opinión pública desconcertada por la anarquía creciente. Los militares eran entonces una de las pocas instituciones que gozaban de credibilidad. Luego ocurrieron las insurgencias golpistas del año 1992 y las Fuerzas Armadas asumen el principal protagonismo en la conducción del país vulnerando preceptos fundamentales del civilismo.

 

Hoy en lo interno, los militares se debaten entre servir a un caudillo o atender los preceptos constitucionales que establece la Carta Magna. Están los que se regodean mirando al pasado para evadir las responsabilidades del presente. Son los que quieren “Volver a Carabobo” y se hacen los desatendidos respecto a los alcances y límites de sus funciones profesionales en la defensa del marco democrático. Y están, los que resisten.

 

 

Dr. Angel Rafael Lombardi Boscán

Director del Centro de Estudios Históricos de LUZ

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