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opinión

Monos Habemus

31 mayo, 2011

Intruso en su intimidad

Aristóbulo propone penalizar el uso de la palabra “mono” para llamar a sus semejantes en Venezuela. En tono lamentoso, reprocha: “¡Hasta a Chávez han llamado mono!” En verdad, no entiendo su reclamo, porque es imposible omitir esa palabra al referirnos a personas y situaciones de nuestro país; y si a alguien le cuadra el calificativo es precisamente al sujeto mencionado; en efecto, al ser el único en ejercer el mando, ha implantado en el país una monocracia, y él es un monócrata, o sea, el mono que manda; naturalmente, en un sentido estrictamente semántico, a partir de entender que mono es un prefijo proveniente del griego que expresa unicidad o singularidad, y que cratos, de idéntico origen, significa gobierno o poder.

opinan los foristas

Por la misma razón es acertado llamar monoideáticos a los ciudadanos que en cantidad cada vez más reducida son seguidores del pensamiento único; y el primero entre ellos al individuo aludido, propugnador de dicho pensamiento y monotemático en sus diversas obsesiones: con el Imperio, el magnicidio, el liderazgo continental, la pretendida “amistad” con personalidades famosas y el continuismo, entre otras. Obsérvese, además, que mono y mico son sinónimos, justificándose así la popular forma acuñada para fusionar en una sola palabra sus atributos de mando: micomandantepresidente.

El prefijo mono es diferente a su homógrafo y homófono mono, un sustantivo derivado del árabe, refiriéndose en este caso a un animal, un primate del suborden de los antropoideos; usado para calificar a una persona, damos a entender que es simiforme, o similar a un mono, sea en su fisonomía o morfología corpórea en general, en su forma de pensar y o en su comportamiento; en efecto, el mono es un animal con una definida tendencia a la imitación de los modelos que se le presentan, de aquí que una de las acepciones del vocablo mono sea el de “persona que imita a otra”; entonces, es correcto decir “Fulano es un mono de Chávez” refiriéndonos a alguien que reproduce las bochornosas conductas del monócrata

Pero la palabra es multisemántica; también significa gracioso, bonito, cómico; monería es sinónimo de ridiculez, de acto risible, y llamamos “mono” quien incurre en ello. Bonitas y graciosas quedan muy pocas cosas en nuestro ambiente; pero ridiculeces sobran, en forma de extravagancias, desplantes altisonantes, embustes hiperbólicos, uso de uniforme inventado, generalatos sin estructura militar que los respalde, prohibición de palabras comunes del idioma (conserje, negro…) y su sustitución por otras idiotamente eufemísticas (trabajador residencial, afrodescendiente…), etcétera.

En el lenguaje coloquial venezolano la expresión dejar o montar un mono, alude a un acto propio de pícaros y abusadores, consistente en omitir alevosamente y aprovechándose de la confianza o indefensión de la víctima, el pago por un bien o servicio obtenido; imposible descartarla de nuestro léxico, habiendo tanto camarada dejando monos por ahí, a cuenta de franela roja, carné y de ser guapo y apoyado.

¡En las bodegas y botiquines de los barrios les tienen terror! El propio caudillo ya no puede con los monos debidos a las arbitrarias expropiaciones.

Hasta a sus compinches de la FARC les montó un mono, al no bajarse de la mula con los 300 millones de dólares prometidos a cambio de su apoyo, destinados a financiar el terrorismo en el país ahora gobernado por su “nuevo mejor amigo”. (¡Coño, como si fueran pocas las de aquí, también tiene uno que soportar bufonadas de la otra parte!)

En nuestra habla cotidiana mono también es sinónimo de niche; contrariamente a lo supuesto, este último vocablo no quiere decir afrodescendiente; niche expresa una manera de ser o de entender al mundo; es algo así como una cosmovisón, propia de cualquier persona. Un mono o niche es una persona tosca, chabacana, de malas costumbres, vulgar, de mal gusto. ¿Acaso no resulta familiar el perfil?

Por razones sociológicas sería improcedente erradicar la palabra mono para designar a una persona en Venezuela.

Las biocomunidades de antropoides están sometidas a un animal alfa y rígidamente reprimidas por su voluntad; los individuos beta viven temerosos del castigo por cualquier desviación y lamiéndoles el culo a los dominantes para obtener alguna miseria; también impera en ellas la exclusión, al punto de que el mono principal y sus sigüices comen primero, ocupan los mejores lugares de descanso y tienen acceso prioritario a las hembras; vale decir, acaparan los recursos escasos, y los demás que se jodan.

Nada más parecido a una sociedad de monos que la venezolana; el país casi es un Planeta de los Simios vuelto realidad; la película de ese título es una metáfora de la sociedad soñada por los monócratas; un mundo poshecatombre de la humanidad, en el que rigen esas leyes salvajes y dominan dos clases de primates: los chimpancés, intelectuales dirigentes, y los gorilas, bestias que constituyen la fuerza bélica y represiva; en nuestro país, aparte de estar sometido a las mismas leyes, sobran primates en el poder; la principal diferencia respecto al filme radica en que aquí los gorilas ejercen el poder y los chimpancés no van más allá de hacerles monerías y recoger los cambures que pueden.

Sólo en un planeta de los simios es posible exaltar como héroe el Mono Jojoy; de aprobarse la proposición del profesor, una de sus dramáticas consecuencias sería que el oficialismo no podría nombrarlo ni volver a rendirle homenaje a uno de sus mayores paradigmas.

Tema de la semana de su programa radial por MÁGICA 99.1 FM. Jueves, 7 pm.



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