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opinión

Pedro Lastra

Makled, El King-Pin en aprietos

10 mayo, 2011

Del modo cómo resuelva esta grave situación depende su futuro. Y de lo que la oposición le permita o no le permita hacer para lavarle el rostro a su gobierno. Tal como lo reflejan las imágenes del Rey de la baraja a su llegada a Caracas, el asunto se ha puesto demasiado serio. Para Makled y para Chávez. Se acabaron las bravatas.

opinan los foristas

KING-PIN

1. En bowling: bolo central. 2. Familiar: (essential person) persona principal, persona clave (essential thing). 3. Piedra angular.

El primer acto de la comedia ha terminado. La “pieza clave” – el Kingpin – del narcotráfico venezolano ha terminado en las redes de las que hubiera preferido escapar. De las que, de hecho, había escapado hasta que, por decisión de los servicios de inteligencia norteamericanos y colombianos en la lucha contra el narcotráfico, fuera apresado en Colombia, encerrado en una cárcel de máxima seguridad y utilizado como objeto de canje en un negociado político mercantil de baja estofa. Aunque de alto calado.

En este ménage a trois, los norteamericanos, los únicos verdaderamente interesados en la presa, pues constituye la clave para desenredar la inmunda madeja de corrupción, alta criminalidad, terrorismo y narcotráfico que empapa al gobierno venezolano y a sectores determinantes de sus fuerzas armadas, se vieron obligados a marginarse del juego. Los colombianos encontraron en su rehén el instrumento perfecto de su política de Estado, así luzca como una perversa maniobra gobiernera: arrodillar a Chávez, obligarlo a romper las Farc –llevándose por delante a los sectores auténticamente revolucionarios que lo respaldan – , imponerle la entrega de altos cuadros de las narcoguerrillas – de las cuales fuera prueba la entrega de Joaquín Pérez Becerra – y solventar las cuentas pendientes en el golpeado comercio bilateral.

Demasiado valiosa será la presa como para haber exigido un precio tan alto, que hundirá en el descrédito al teniente coronel en sus afanes de liderazgo mundial. Santos le ha bajado las ínfulas y lo ha puesto en el lugar que verdaderamente le corresponde. El de presidir un gobierno hundido hasta en las entretelas en los más turbios entramados del narcotráfico a nivel planetario. Fidel Castro, cuando en 1962 se rindió ante J.F. Kennedy por la crisis de los cohetes, lo hizo obligado por la inmensa e invencible presión de sus amos soviéticos. Y cuando se vio enfrentado a una eventual acusación de narcotráfico – una fruslería en comparación con el asunto Makled – fusiló sin miramientos a su mejor general y a su mejor agente de inteligencia.

Raúl no lo ha hecho peor: acaba de condenar en ausencia a veinte años de prisión al chileno Max Marambio por sus negociados a la sombra del Estado cubano. De aplicar ese baremo, infinidad de altos funcionarios de gobierno, en todas sus esferas, no estarían en libertad.

Chávez no tenía, y posiblemente no tenga para salir de este pesado embrollo, sin perder su ya alicaído prestigio, otra alternativa que hacer una limpieza semejante de los altos mandos civiles y militares implicados en el grave y bochornoso caso del Kingpin que vino del Medio Oriente. Para recuperar su prestancia guevariana y castrista tendría que copiar el expediente que llevó al paredón a Arnaldo Ochoa Sánchez y a Tony de la Guardia. Con dos desventajas brutales frente al astuto tirano del Caribe: pasa por demócrata, depende de esos altos mandos y fichas muy destacadas de su partido parecen tener las manos empapadas en los millones de dólares del astuto y  eneroso hombre clave.

Visto con la mayor objetividad, Chávez sale derrotado de esta grave prueba. Pierde por su izquierda y pierde por su derecha. No podrá quitarse el sambenito de prohijar militares y civiles corrompidos hasta la médula, pues de este berenjenal no hay quién lo saque. En el momento más delicado de su carrera, cuando la derrota aparece en su horizonte histórico concreto.

Del modo cómo resuelva esta grave situación depende su futuro. Y de que la oposición le deje o no le deje hacer para lavarle el rostro a su gobierno. Tal como lo reflejan las imágenes del Rey de la baraja a su llegada a Caracas, el asunto se ha puesto demasiado serio. Para Makled y para Chávez. Se acabaron las bravatas.



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