opinión

La soberanía obtusa

31 Mayo, 2011

CONTRAVOZ

La sanción de EEUU contra PDVSA ha reavivado los demonios de la soberanía, al menos de la que se entendía como tal en el Siglo XVI. Tanto en el oficialismo como en algún sector de la oposición se han escuchado airadas críticas contra el hecho norteamericano; aunque sin más consecuencias prácticas, por el momento que las de un “jalón de orejas”, el tema ha puesto de nuevo sobre el tapete las relaciones que nuestro gobierno mantiene con otros gobiernos de muy dudosas cualidades, especialmente con el de Irán.

opinan los foristas

Llama la atención que muchos de los que ahora reclaman el “no intervencionismo” norteamericano contra nuestra “patria soberana” hace unas pocas semanas –y las comillas son porque definitivamente un gobierno sumiso, que rinde la pleitesía del nuestro al gobierno cubano, no es ni de lejos “soberano”- estaban a la vez y paradójicamente, celebrando la caída de Bin Laden en un operativo a manos de los norteamericanos, que fue de todo menos respetuoso, de la “soberanía” de Pakistán.

La cosa es entender de qué se habla cuando de “soberanía” se trata, y que hace ya mucho tiempo que la soberanía nacional dejó de ser entendida como un valor absoluto, dado que el devenir de las cosas, y la inevitable globalización de ciertos problemas –en un primer momento de la piratería, luego de la delincuencia transnacional, del narcotráfico, del terrorismo, etcétera- han dado cuenta de la necesidad de afrontar algunos asuntos de interés planetario con una visión un poco más elástica y global, que aquélla que podría haber tenido sentido durante las gestas independentistas latinoamericanas del Siglo XVIII.

Aunque algunos ubican el origen del concepto en los inicios de la Edad Media, la noción básica de la soberanía de Bodin en 1576, ya nos hacía ver que a ésta se la entendía como el poder absoluto y perpetuo de una república –se entiende que con respecto a las demás- cuyos únicos límites se hallaban en las leyes naturales y divinas, en las que el hombre no tenía injerencia alguna. Hobbes, en su Leviatán (1651) fue hasta más radical, llegando a fundamentar con ello el autoritarismo estatal sin limitaciones de ningún tipo, haciendo a las leyes naturales y a las divinas de alguna forma, parte integral de las que los hombres nos damos a nosotros mismos. En ambos casos el titular indiscutible de la soberanía, era la persona o la estructura que tenía el poder, para Bodin la república; para Hobbes el soberano, entendido éste como un conjunto de personas unidas en territorio y en la senda de sus objetivos comunes, merced la acción que las “dos espadas” -el poder monárquico y el poder eclesiástico- desplegaba sobre el colectivo.

Rousseau, con su visión contractualista cambió las cosas radicalmente. Para éste, la soberanía no radicaba en el poder, sino en el pueblo. Las personas no éramos “súbditos” sino “ciudadanos” , y fue desde entonces y merced a la confrontación de éstas ideas con las del abate Sieyés, que se asumió que el concepto de soberanía podía ser entendido, en líneas gruesas de dos maneras diversas: Como soberanía “nacional” o como soberanía “popular”. La soberanía “nacional”, tan cacareada por nuestro oficialismo en temas como el de la reciente sanción a PDVSA, se refiere a la autonomía de un Estado frente a los demás, mientras que la soberanía “popular” habla de que la misma reside en el pueblo. De hecho, con base en las ideas de Rousseau desde 1793 con la Constitución Francesa, en toda Carta Magna democrática se establece que son los ciudadanos, que no los gobernantes, los verdaderos soberanos y que el desempeño del poder está sujeto irremisiblemente a la voluntad popular.

Si esto es así, un problema que vemos en los “nacionalismos oficialistas” con respecto al tema de PDVSA, es que hasta dónde yo sé a ninguno de nosotros –esto es, a nadie en el pueblo- se nos ha consultado sobre si queremos tener tratos comerciales o de cualquier tipo con gobiernos como el de Ahmadinejad, el de Putin, el del “gran amigo” Mugabe, ni mucho menos con el de los hermanos Castro. Tampoco, por cierto, con el de los EEUU al que no dudamos en seguir enviándole nuestro petróleo, aunque sabemos que se utiliza en las armas bélicas, que dicho gobierno usa para hacer mucho de lo poco luminoso, que reconozcámoslo, a veces hace.

En un primer término, si vamos a hablar de “soberanía”, deberíamos preocuparnos por saber si estamos respetando o no la soberanía “popular”. Creo que explicadas como sean sus consecuencias reales, si se sometieran a consulta algunos de los acuerdos “comerciales” que ha suscrito con otras naciones el gobierno de Chávez, algunas ingratas sorpresas se llevaría el poder. A nadie le cabe en la cabeza que el pueblo –ni el oficialista ni el opositor- votaría a favor, por ejemplo de seguir comprándole costosísimos cachivaches bélicos a Rusia, mientras por ejemplo, nuestros hospitales mueren de mengua y el déficit de viviendas está como está.

En segundo lugar, si a hablar de la soberanía “nacional” vamos, también cabe hacer algunos cuestionamientos. Nadie le discute a Venezuela su carácter soberano, ni su atribución de conducirse –siempre eso sí, sometida a los designios del pueblo y al respeto irrestricto a esas normas universales de convivencia, que llamamos Derechos Humanos- ante otras naciones, cómo más convenga al interés colectivo; pero ello no implica que en la jugada el poder pueda “cerrar los ojos” ante la realidad, de que con algunas naciones no se puede negociar sin hacernos en esto de alguna manera cómplices de abusos sin límites, que hace tiempo habrían de estar superados.

Tan lógico es preocuparse por el destino que los EEUU le dan a nuestro petróleo –y si no nos gusta lo que hacen con éste, pues no cabe la hipocresía y no se les debería vender- como cuestionar, cual lo han hecho los norteamericanos con PDVSA recientemente, que se hagan tratos con gobiernos abiertamente terroristas como el de Irán, que por “soberanos” que sean están en manos y son conducidos por personajes nefastos, que entre otras lindezas, mantienen a sus mujeres en el más absoluto oscurantismo y hasta han proclamado, que en sus carreras nucleares lo que buscan es “borrar de la faz de la tierra” al Estado de Israel, lo cual es a todas luces genocida.

El nacionalismo exacerbado y retrógrado, basado en la “soberanía absoluta”, es siempre una herramienta de autócratas y de dictadorzuelos, que desconoce que al igual que del hombre se ha dicho -permítaseme parafrasear a John Donne- “ninguna nación es una isla”, y que las relaciones internacionales son mucho más complejas que la suma de las voluntades aisladas y sesgadas de los gobernantes de los países. Mala cosa es eso, y es peor aún cuando no sólo el poder sino algunos sectores de nuestra oposición, se prestan a seguirle el juego a la obtusa “soberanía nacional” del Siglo XVI, avalando que nuestra más importante industria, la del petróleo, haga tratos con naciones que actualmente nada tienen que aportar al mundo más que miedo y desolación.

*Publicado en el Diario “La Voz” el 29/05/11



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