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opinión

Días atrás

31 marzo, 2011

El mundo no salía del estupor por lo sucedido en Japón: diez mil víctimas fatales como resultado de un fuerte sismo, y por si fuera poco, una amenaza nuclear, consecuencia también del desastre natural ocurrido en el país nipón. Las explosiones de los reactores nucleares obligaba a las naciones del orbe a reflexiones ineludibles en torno al modelo de desarrollo mundial, cuyas demandas de energía ponen en peligro la propia existencia del planeta. Nada de ello ocurrió.

opinan los foristas

Por el contrario, la guerra mundial por los recursos, de acuerdo a la tesis de Michael Klare, cobraba una vigencia inusitada. La insurgencia árabe por reformas democráticas en contra de los retrógrados gobiernos teocráticos y dictatoriales en el norte de África se encontraría, en el caso de Libia, con represiones de un gobierno dispuesto mantener por la fuerza un poder deslegitimado y denigrante. Nadie en el mundo pudiera haber opinado a favor del gobierno despótico que lidera Muammar Gaddafi.

El rechazo mundial era unánime contra la muerte de civiles inocentes, la pérdida de vidas humanas en general y los daños provocados a la población civil en el conflicto libio. La comunidad internacional tenía que pronunciarse, apostando por una solución pacífica y soberana del pueblo norafricano, sin injerencias o intervenciones extranjeras de ningún tipo, a fin de salvaguardar la integridad del país libio.

Lo visto hasta ahora, donde tres o cuatro países, que en nombre de la “comunidad internacional” apuestan, de modo oportunista, por una intervención militar “humanitaria”, para arrebatar la soberanía de Libia y apoderarse de sus recursos, representa un hecho abominable. Jamás se consultó al pueblo libio si estaba de acuerdo o no con una intervención militar extranjera. Aún así, se impuso la arrogancia y la prepotencia militar de los países más industrializados, a favor sus intereses geopolíticos. La indignación que provocó la guerra de Irak, toma de nuevo cuerpo frente a esta agresión militar que deja un grave precedente: la resolución aprobada en el Consejo de Seguridad de la ONU puede legitimar en el futuro este tipo de intervenciones selectivas contra países que representen intereses distintos a los de la “comunidad internacional”.

Llegar a este punto, producto de la esquizofrenia y el histrionismo megalómano de quienes, estando en la conducción de los destinos de un país, pierden toda sensatez y todo sentido de realidad en nombre de la “historia” y del “pueblo”, es un elemento que debe revisarse. Gaddafi se aisló de las demandas que una parte importante del país libio reclamaba. Sólo el hecho de tener 41 años aferrado al poder, refleja el aberrante y despótico gobierno que lidera. En otras latitudes, casos psicóticos y mesiánicos comportan actitudes similares, cuyas consecuencias son nefastas para los grandes colectivos que dicen representar.

En Venezuela, por ejemplo, jóvenes estudiantes reclamaban días atrás un mayor financiamiento para el sector universitario por presentar innegables deficiencias presupuestarias. Bastaba con crear una mesa técnica de entendimiento entre gobierno y estudiantes, para encontrar una solución consensuada al conflicto. Pero la intolerancia y prepotencia del poder, obligaría a los jóvenes a una huelga de hambre de 31 días innecesariamente. Esta desmesura del poder es la que se ha impuesto en el país, fragmentando cualquier diálogo posible.

Con toda la lucidez del caso, habrá que preguntarse hasta dónde seremos capaces de llegar como país si permitimos que, en vez de la razón, dirija los destinos de la nación, una estranochada demencia como ocurre en Libia.



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