opinión


El Nacional / ND

¿Qué pasa en Venezuela?

21 Febrero, 2011

El pasado primero de febrero, al referirse a las manifestaciones populares que se sucedían a diario en Egipto, Barack Obama señaló: “En los últimos días, la pasión y la dignidad que han demostrado los ciudadanos en Egipto ha sido una inspiración para todos los pueblos del mundo”.

opinan los foristas

Y así ha sido en verdad. No sólo porque Mubarak tuvo que abandonar el poder en la oscuridad de la noche, tal como cuatro semanas antes había hecho su homólogo tunecino, sino que en Argelia, en Yemen, en Bahréin y hasta en Libia, estos ejemplos han servido para estimular a los pueblos árabes a protagonizar manifestaciones masivas que ya se extienden desde el Atlántico hasta el golfo Pérsico. Ahora bien, ¿por qué no en Venezuela? ¿Por qué esta lucha por la libertad que anuncia cambios políticos profundos e indetenibles en el norte de África y en el Medio Oriente, no ha ejercido ninguna influencia en Venezuela? ¿Acaso no les sobran a los venezolanos razones para sentir en toda su magnífica intensidad la “inspiración” del ejemplo africano, sobre todo si tenemos en cuenta que el proceso de destrucción sistemática de la democracia en todos los frentes no ha dejado de avanzar inexorablemente desde mediados del año 2003? A la vista de esta realidad irrefutable, cabe otra pregunta: ¿Qué ocurre realmente en Venezuela? O más bien, ¿qué les pasa a los venezolanos? En su época de encantador de serpientes, Hugo Chávez gobernaba a fuerza de desmesura, sustos y sobresaltos. Primero siguiendo los consejos neofascistas de Norberto Ceresole, después justificándose en el romanticismo tremendista de Víctor Hugo en Los Miserables, en muchas ocasiones recurriendo a Antonio Gramsci, a quien ciertamente no había leído, para repetir a cada paso del “proceso” que vivíamos la dramática transición de un mundo que se resistía a morir a otro que no acababa de nacer.

Pamplinas, por supuesto. Días de falsa excitación revolucionaria, de turbulencias que no conducían a Venezuela a ninguna parte, de acciones terroríficas y sin sentido que nos hacían despertar cada mañana a una nueva perturbación política y existencial. Largos meses de sobrevivir en medio de la vorágine más desordenada, en una auténtica loca carrera hacia la nada, cuyo desenlace fueron las grandes confrontaciones callejeras que desembocaron en el traspié histórico del 11 de abril y en el mediatizado paro petrolero de diciembre 2002-enero 2003.

Desde entonces ha corrido mucha agua bajo el puente de la historia venezolana. Y aquí hemos llegado. Con mesas llamadas de negociación y acuerdos, con referendos amañados o con resultados adversos para Chávez pero no respetados, con la progresiva concentración de todos los poderes en sus manos, con seudoelecciones administradas por un CNE rojo rojito a muerte para darle una leve capa de barniz democrático a la autocracia que iba armando Chávez con paciencia implacable. Al final, en gran medida como consecuencia de las insuficiencias de la dirigencia opositora, se produjo una inevitable parálisis de la sociedad civil y el escapismo y el sálvese quien pueda se fueron convirtiendo en señas de identidad de la mayoría opositora.

La elección de 65 diputados de la MUD, a pesar de las trampas y las manipulaciones del CNE, permitieron pensar que todo estaba a punto de cambiar. Inexcusable error. Lo que parecía ser una catástrofe sin remedio para el régimen, se transformó en una ganancia substancial.

Recuerden: la destrucción de las estructuras institucionales, económicas y financieras de Venezuela, y el fin de “la revolución pasiva”, este sí, concepto fundamental de la visión de Gramsci sobre los mecanismos de compensación social generados por la burguesía en el marco de la democracia, al arrancar el año 2010, habían colocado a Chávez contra las cuerdas. Aislado progresivamente en el plano internacional, los problemas domésticos lo desbordaban: crisis eléctrica, crisis petrolera, crisis de vivienda, crisis alimentaria, corrupción irrefrenable, Pdval, crisis social generalizada, una poderosa carga explosiva colocada por el propio Chávez en la línea de flotación del “proceso”.

En ese preciso instante, la inestabilidad política desatada por Chávez con su intentona golpista del 4 de febrero estaba a punto de estallar, pero una vez más su astucia barriobajera, la complacencia de la oposición partidista con los resultados electorales y la suerte, de nuevo volvieron a salvarlo. Tanto, que cada día se hace más evidente un desconcertante proceso de normalización política cuyo primer efecto ha sido el desinterés por las lecciones africanas. Continuaremos escribiendo de esta y otras desolaciones el próximo lunes.

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