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opinión

Todo tiene su final

25 Enero, 2011

Hace cincuenta y tres años nuestro país una mañana, acaso muy parecida a la de hoy, despertaba a una jornada que cambiaría para siempre nuestra historia. La madrugada del 23 de Enero de 1958 había comenzado una avalancha de acontecimientos que culminó, para bien, en el derrocamiento y huida a la República Dominicana del dictador Marcos Pérez Jiménez. Pese a que nunca faltan apologistas de aquellos tiempos que valoran a los gobernantes sólo por el ingreso per cápita que generan o por sus obras de infraestructura, que no por si respetan también los derechos de la ciudadanía o no, vale la pena sentarse a pensar un poco en todo aquello y en qué lecciones se pueden aprender de lo sucedido por aquellos días.

opinan los foristas

El derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez, cabe destacar en primer término, no fue una total sorpresa. Había muchos síntomas, algunos sutiles, otros no tanto, de que un importante cambio político y social estaba por ocurrir; acaso aquéllos síntomas fueron como los que ahora en voz baja o a todo gañote se escuchan por todo el país y, de alguna manera, sirven de heraldos de lo que puede venir si el gobierno persiste en sus inconstitucionales desempeños. Luego de su plebiscito Pérez Jiménez, por ejemplo, se había visto forzado –no obstante su supuesta legitimidad- a designar y deponer dos gabinetes ministeriales casi completos en brevísimo tiempo, lo que daba cuenta de que la crisis que se le asomaba a la puerta hacía tambalear el poder, pese a las apariencias, desde adentro. En todo caso lo que sí sorprendió, y más a los operadores y esbirros del gobierno que a la ciudadanía demócrata, fue el rápido deterioro de la institucionalidad que se percibió desde que Pérez Jiménez, buscando hacer creer que contaba con el apoyo masivo de los venezolanos en sus tropelías, había realizado un plebiscito amañado, que ganó, en diciembre de 1957. Luego de aquello, y cuando se suponía que la impostura había surtido sus efectos, desde el Cuerpo de Blindados del Cuartel Urdaneta en Caracas y desde la Base Aérea de Boca de Río, el primero de Enero de 1958 se le hizo ver al dictador con tropas sublevadas en la calle y con aviones indómitos retumbando en los cielos de Caracas que las cosas no iban cómo a él le hubiera gustado que fueran.

Esa primera intentona de desalojar del poder a Pérez Jiménez fue conjurada, pero desde allí en adelante no fueron sólo los militares, sino además los civiles, los que con gallardía dejaron oír sus voces de queja contra un mandatario que, como el que tenemos ahora, sólo escuchaba cuando le parecía lo que mejor le convenía. La chispa libertaria se había hecho llama y el viento auspicioso y valiente que sobre toda la nación se abatía no hacía más que enardecerla, haciéndola irreductible y feroz.

Se habían cometido por muchos años muchos graves pecados políticos y las fuerzas vivas de la nación no estaban dispuestas a ceder más ni a permanecer arrodilladas. No sólo se había institucionalizado a la persecución, a la tortura, al asesinato y a la prisión política –y cualquier parecido con nuestra realidad actual no es simple coincidencia- como medios del poder para el control y represión de la expresión disidente sino además, al igual que lo hace hoy Hugo Chávez de las maneras más diversas y jugando a ocultar sus acolmilladas fauces tras corderiles vestimentas, Pérez Jiménez había procurado, aquélla vez a través de la realización del plebiscito, que se le tuviese como un gobernante “legítimo”. Se usó y se desnaturalizó la herramienta del voto con la única finalidad de hacer ver las cosas como no eran y eso dejó abiertas graves heridas en la nación que generaron -quizás sería mejor decir que hicieron palpable y visible lo que ya estaba latente- una profunda crisis en la institucionalidad militar que, pese a los maquillajes con los que desde el poder se le adornaba, demostró –como al punto puede estar ocurriendo al día de hoy, en muchos niveles de nuestra FAN- que no se sentía identificada con los desempeños ni con las visiones del dictador. Así, de la mano además del pueblo, hartos todos de abusos y de tropelías, un verdadero movimiento cívico-militar asestó al final un golpe definitivo al tirano que equivocado y habiéndose pensado –como todos los que así proceden- imperecedero y eterno en sus desmanes, terminó huyendo del país por la puerta de atrás y en veloz carrera, para no volver jamás.

Muchas lecciones entonces cabe rescatar de esta mirada a nuestro pasado. La primera de ellas, quizás la más importante, nos recuerda que frente la barbarie es un grave pecado la apatía. Pérez Jiménez parecía todopoderoso e imbatible, mostraba con fuerza incontrolada y terrible, al menos en apariencia, que por siempre permanecería en su ominoso sitial dañando a quienes se le opusieran pero, aun así, los ciudadanos no se dejaron arredrar por tales imposturas y, mostradas por los militares algunas de las fragilidades evidentes del poder, dejaron el solaz de su reposo y de su calma para enfrentarse calle adentro y con valentía a aquello que finalmente demostró ser –como quizás pueda estar ocurriendo ahora- mucho más débil y esperpéntico de lo que parecía.

En otro sentido, creo que cabe también rescatar que no fueron sólo una insurrección exclusivamente militar, o una reyerta netamente civil, las que lograron el objetivo de rescatar la democracia de quienes la despreciaban y vapuleaban. Fue la conjunción de los esfuerzos de los uniformados y de los civiles –que por un momento dejaron de verse los unos a los otros como ajenos- la que al final terminaría de lograr la libertad de todos. Así, se aprendía que más allá de que lleves un uniforme o no, al final la patria es una sola y su destino nos compromete a todos.

La lección de unidad no quedó allí, y en esto quizás es bueno analizar nuestras posturas –muchas veces, y en algunos sectores, francamente intolerantes- de cara a lo que podría ser una necesaria conformación de un poder transicional, si fuese el caso, en nuestra atribulada nación. Aunque fue objeto de severos cuestionamientos –de alguna manera razonables y comprensibles dados los horrores sufridos, pero tal vez un tanto ciegos a la necesidad del momento- en la Junta de Gobierno Provisional que se constituyó bajo la dirección de Wolfgang Larrazábal se había incluido a algunos personeros identificados con el antiguo régimen –Roberto Casanova y Abel Romero Villate- lo que, pese a que no pudo perdurar merced las fuertes protestas que ello generó, daba cuenta de que se pretendía obrar, al menos inicialmente, con la tolerancia, bonhomía y apertura que había estado ausente del ejercicio del poder hasta ese momento.

Pero quizás la última, la que le tocó al dictador, es la lección más importante. Pérez Jiménez aprendió aquél 23 de Enero que, como en algún momento ha tocado –y tocará, de ello que no quepa duda- a todos los dictadores, su permanencia en el cargo y en las mieles del poder del que abusaba es, por definición, temporal y coyuntural. Nadie gobierna para siempre, no sólo porque la naturaleza no nos ha hecho inmortales (y es increíble que muchos actúen como si lo fueran) sino además porque, por más que se apuntalen las oscuras hegemonías, mientras más miedo, abusos y represión necesiten para sostenerse más temporales y frágiles son. Pueden parecer eternas nuestras cuitas, pueden parecer mil años los padecidos y los que quedan por padecer, pero lo cierto es que, como tuvo que aceptarlo por las malas aquél dictador (y él no ha sido, ni será, el único) todo tiene su final.

Canal Noticiero Digital

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