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opinión

vida, tiempo y amor

31 enero, 2011

Diana Mayoral y yo somos amigas desde que teníamos cinco años. Es decir, que ni ella ni yo recordamos cómo eran nuestras vidas antes de que fuéramos amigas. Nuestra amistad sobrevivió un cambio de colegio, un cambio de ciudad y preferencias beisboleras irreconciliables: ella es magallanera y yo caraquista. La quiero entrañablemente, con ese cariño único con el que una quiere a las amigas de la infancia, que son nuestras amigas porque sí y punto.

opinan los foristas

Diana es una madre maravillosa y una profesional exitosísima. Su paso por la presidencia de la Cámara de Caracas dejó una estela de bien hacer, de decencia, de honestidad.

Pero hoy no voy a hablar de ella en esos términos. Hoy quiero referirme a cómo mi cariño por ella ha aumentado. Y mi respeto y mi admiración: Diana acaba de hacerle a su madre el mejor regalo que un ser humano puede hacer.

El 5 de diciembre pasado, varios de sus amigos más cercanos recibimos una carta suya en la que nos contaba lo siguiente:

“Mi mamá comenzó a tener problemas con los riñones hace un par de años, hasta llegar al día de hoy cuando ninguno de los dos riñones funciona lo suficientemente bien para cumplir su propósito.

La recomendación del médico que la viene tratando fue que comenzara con el protocolo de trasplante de riñón lo antes posible, para evitar así tener que hacerse diálisis.

En el mes de Septiembre, comenzó a verse en el Wake Forrest Baptist Hospital’s kidney center in Winston-Salem que es el centro donde hacen trasplantes de riñón en North Carolina.

Tanto Federico (el hermano de Diana) como yo nos anotamos como donantes”.

Federico viajó a los Estados Unidos, donde reside su madre, pero los exámenes arrojaron incompatibilidad. Por fortuna, los de Diana confirmaron que podía ser la donante. En ese momento escribió:

“me siento feliz de tener esta oportunidad y estoy segura de que todo va a salir bien y que (ambas) podremos disfrutar de buena salud en el futuro muy cercano”.

La operación se llevó a cabo el 28 de diciembre. Diana cuenta:

“Entré junto a mi mamá en el hospital el 27 de diciembre en la mañana. Cada una en una habitación y con un equipo de enfermeras distintos, para evitar confusiones… ¡Horror, que no se equivoquen y me pongan un riñón de los de ella!

Pase el día entre exámenes de sangre, comida liquida, conectada al suero y visitas de todo tipo de médicos, técnicos, anestesiólogos. Cuando llegó el cirujano me explicó todo el procedimiento y como despedida sacó un marcador Sharpie y sobre mi riñón izquierdo puso su autógrafo ¡Listo! Mi cirugía estaba programada para las 7:30 am. La de mi mamá una hora después de la mía. Dos equipos de cirugía. Tres cirujanos en cada uno.

Me llevaron directo al quirófano. Y en los segundos que estuve estacionada en la camilla enfrente de la puerta, pensé: “¿qué estás haciendo? ¡Todavía estás a tiempo de echarte para atrás!”. Y de inmediato dije, “No, esto es lo que tengo que hacer, no podría vivir conmigo misma… La duda no duro más de los tres segundos que le tomó al camillero estacionar la camilla y abrir la puerta del quirófano para pasar.

Ahí estaba en el quirófano. En paz conmigo misma y sabiendo que había llegado ese momento que había planeado desde un mes antes.

Comenzó a entrar mucha gente, de anestesia, de los cirujanos, enfermeras. Realmente un batallón. Me pusieron oxigeno, un gas y hasta ahí llegué.

Lo próximo que supe es que estaba llegando a mi habitación”.

Diana le regaló a su mamá vida, le regaló tiempo, le regaló amor. Y a nosotros sus amigos nos dio una oportunidad única, la de reafirmar la fe en el género humano. Sabemos que hay una contradicción que convive en cada uno de nosotros: somos capaces de las acciones más grotescas y de los sacrificios más sublimes. Diana es prueba viviente de lo segundo.

Me voy a permitir un mensaje en singular: te quiero mucho, mi Diani.

Te invito a visitar mi blog: http://eldomodelaoca.blogspot.com



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