opinión

La estupidez de un naufragio

14 Diciembre, 2010

“Sólo tú, estupidez, eres eterna”

Antonio Gramsci

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La primera vez que escuché una aseveración tan concluyente y que desnudaba de manera tan palpable la enfermedad congénita del estatismo clientelar y el populismo complementario que nos ha traído hasta este abismo fue en boca de un afamado editor venezolano: ”Carlos Andrés Pérez” – me dijo quien, por cierto, expresaba la común opinión del CEN de AD de la época – “intentó unas reformas que sólo podían imponerse en Venezuela mediante un pinochetazo”. La segunda la he vuelto a escuchar muchas veces en boca de sus colaboradores, recientemente repetida por el talentoso economista venezolano Moisés Naím en una entrevista de televisión: “nuestro más grave error fue intentar un paquete de reformas para las cuales el país no estaba preparado”.

opinan los foristas

Nada que objetar, salvo un hecho de unas consecuencias tan aterradoras como que han venido a parar en el intento más devastador por liquidar la existencia misma de la república y que yo resumiría en una sola objeción: ¿deben los dirigentes de una nación obviar la implementación de políticas públicas urgentes y necesarias por el solo hecho de que no son gratas a la sociedad que las requiere para su sobrevivencia y, por el contrario, no hacer nada que contraríe los hábitos, usos y costumbres ya inveteradas que la están conduciendo a la ruina?

Nada ejemplifica mejor la alternativa entre complicidad o responsabilidad políticas que los gobiernos de Jaime Lusinchi y el de Carlos Andrés Pérez. Lusinchi hizo exactamente lo que correspondía a los anhelos de quienes aborrecieron y aborrecen los tratamientos de shock, poco importa la pertinencia de las medidas ante la gravedad del paciente: prefirió mantener su popularidad y la de su partido en el control de los instrumentos del poder inmediato antes que asumir el pesado fardo de resolver los graves desajustes acumulados en la reiteración de los errores de las políticas públicas convertidas en axiomas precisamente desde el primer gobierno del mismo Carlos Andrés Pérez.

El resultado, en el corto plazo, fue evidentemente favorable a Jaime Lusinchi e incluso, contradictoriamente, al mismo Pérez, que cosechó la victoria con la promesa del continuismo. Pero tan desolador para el país, que asombra que sea uno de sus más cercanos aliados quien efectúe el comentario sobre el pinochetazo: salió del gobierno, en medio de graves escándalos de corrupción, con más del 60% de popularidad, pero vaciando al Banco Central de las reservas internacionales. A la ciudadanía no le importó tanto la obscena injerencia de su querida en los asuntos de Estado, el empobrecimiento general o el tortuoso manejo de la asignación de divisas cuanto contar con dólar preferencial para satisfacer sus inmediatas necesidades de consumo. Lo que llevó al insólito fenómeno de que un vehículo de lujo costara en Venezuela la mitad del valor que en los Estados Unidos. Y se acumularan las deudas en dólares contraídas por un empresariado mercantilista y habituado a crecer y reproducirse a expensas del Estado. Pérez recibió el gobierno con 300 millones de dólares de reservas internacionales. Mucho menos de lo que se supone poseen algunos miembros de la actual familia presidencial.

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Obviamente: tenía razón el editor en cuestión, como lo tuvo el CEN de Acción Democrática, que consideró que el paquete de reformas que pretendieron implementar los jóvenes y talentosos colaboradores de Carlos Andrés Pérez, así fuera la más coherente y lúcida respuesta a la grave crisis económica y social que desde mucho antes se desatara en la Venezuela de fines de los setenta, no sería no ya asimilada sino ni siquiera digerida por una sociedad habituada a lo que el lenguaje criollo llama la manguangua de echarse en los brazos de la renta petrolera. Una clásica sociedad tercermundista elevada gracias a los fastuosos y azarosos ingresos petroleros a niveles de consumo incluso superiores a los de los países más desarrollados. Si bien es preciso una aclaratoria: no fue toda la sociedad la que escaló tan artificiales niveles de consumo y subsistencia, sino fundamentalmente la clase media, base privilegiada del sistema político instaurado con el Pacto de Punto Fijo y cuya adhesión al sistema de partidos fuera consolidada al precio de un dólar artificialmente bajo e ingresos y salarios a niveles artificialmente altos. Una explosiva mezcla de inmensos derechos privados y escasísimas obligaciones sociales. Salvo la de votar por AD o por COPEI cada cinco años.

De allí que ese acuerdo comenzara a flaquear, la adhesión a resquebrajarse y el descontento a preparar las condiciones para el fin del sistema y la irrupción de la barbarie con el llamado Viernes Negro, cuando los cimientos de la estabilidad política del sistema de Punto Fijo perdiera el blindaje del dólar a 4:30. Todo el gobierno de Luis Herrera Campins fue un desesperado esfuerzo por bloquear el deslave, impidiendo las necesarias reformas económicas – y las políticas, que ya se hacían sentir – que la crisis exigía a gritos. Bloqueo que el gobierno de Jaime Lusinchi, comprometido con el populismo más rampante de las élites, asimilado al sistema de gobierno, no hizo más que fortalecer.

Ciertamente: la rebelión de la clase media contra un sistema que comenzaba a arrebatarle sus privilegios ante las presiones populares, que exigían la defensa de los suyos y que Lusinchi supo satisfacer como buen líder populista, ya estaba en marcha cuando Pérez accede al gobierno en el más grave y trágico malentendido: obtiene un esplendoroso triunfo electoral ocultando sus verdaderos propósitos e hipotecando de entrada el éxito de su trascendental propósito modernizador. Poco importan las razones. El mal ya estaba hecho.

El resultado es trágico: los sectores populares le dan un golpe social al sistema el 27 de Febrero del 89, las fuerzas armadas un golpe militar al presidente el 4 de febrero del 92 y las clases medias un golpe constitucional a la democracia el 19 de mayo del 94. Lo que ninguno de todos esos sectores supo evaluar, salvo el castrista teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías, fue que en una muy exitosa labor conjunta habían desfondado el sistema democrático republicano instaurado el 23 de Enero del 58 y liquidado las bases de la estabilidad nacional. El enemigo a aniquilar no era Pérez: era el frágil sistema democrático y sus 40 años de paz ininterrumpida.

Es en esa coyuntura que se produce el otro trágico mal entendido: Chávez no obedecía ni a los sectores populares, que se sumaron electoralmente a la conspiración, ni a las fuerzas armadas, que jamás dejaron de conspirar, ni a la clase media, que fue la verdadera protagonista del golpe y el ascenso al Poder del teniente coronel. Chávez solamente obedecía a sus ambiciones y a los Castro, capaces de asegurarle su mantención en el Poder mediante la instauración de un régimen totalitario.

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A veinte años del deslave y el derrumbe político, económico y social del país – no hablemos de su profunda decadencia moral – ¿quién se atreve a negar que la sociedad venezolana de los ochenta estaba gravemente enferma y que sólo un tratamiento de shock asumido por una gran concertación de voluntades – de izquierdas a derechas – podía enmendar su inevitable decadencia? ¿Quién de aquellos que condenaron el intento por reformar nuestras estructuras y llevaron a Pérez al patíbulo se atreven a reafirmarse en sus principios condenatorios? ¿Quién de todos ellos puede sentirse verdaderamente libre de polvo y paja ante la catástrofe propiciada?

Pérez es un accidente. Su rehabilitación, una tarea inútil o de valor estrictamente literario. Los principales responsables de abrir en los noventa la caja de Pandora de nuestras peores pesadillas o están muertos, perseguidos, silenciados, apartados del poder real, presos o desterrados. El Poder ha sido usurpado por el fascismo cívico militar gobernante. Un vendaval arrasó con la élite de los viejos cogollos de todos los partidos. El empresariado que floreció a la sombra del estatismo ha sido devastado. Venezuela es tierra arrasada. Ya es otra que aquella que el brillante equipo de los becarios de la Gran Mariscal de Ayacucho pretendiera reorientar en un esfuerzo entre ingenuo, lúcido y soberbio. La vida política de la Nación ha descendido al estercolero. Los nuevos liderazgos no terminan por constituirse y ya lucen desorientados.

El país consume sus fuerzas en refriegas, montoneras, ambiciones, luchas grupales bajo la omnipotencia de la barbarie y la eterna estupidez de sus caudillos. Jamás Venezuela fue gobernada por alguien con menor cultura, preparación y talento, un psicópata enfermo de egolatría y narcisismo, pero suficientemente aleve y astuto como para oler la descomposición y sacar partido de la degradación de quienes carecen del coraje, la altura política y la grandeza intelectual como para enfrentársele. Perfecto epígono caribeño de un Hitler o un Castro.

Tiene razón el editor: Pinochet fue el mensajero del shock, sin el cual Chile no sería lo que es hoy. Cambió de raíz las reglas del juego e impuso, a sangre y fuego, las nuevas líneas maestras del entendimiento político chileno. Si a Pérez no se le permitió llevar a cabo pacíficamente las reformas que el país reclamaba a gritos y que hoy son de fatal necesidad ¿quién las realizará y cómo, cuando al psicópata que nos desgobierna se lo lleve el viento?

Esa, no otra es la auténtica cuestión. Un liderazgo que cree posible esquivar los graves interrogantes que plantea el desafío de reconstruir una nación arrasada y en lugar de unirse y proyectar las medidas de shock que habrá de tomar – en todos los campos de la vida nacional, incluido el social, el económico y los escabrosos temas de la justicia y las fuerzas armadas – se reduce a apostar a unas elecciones que dependen de la omnímoda voluntad de un tirano y de las más que imponderables circunstancias del tiempo y del espacio, está jugando con la voluntad, la paciencia y el destino de un pueblo. Si no se une y anticipa, en un ejercicio de lucidez y responsabilidad moral, el país que espera por nosotros, puede retardar y agravar aún más la ya desastrosa situación en que chapoteamos. De lo contrario irá a por lana; podría salir trasquilado.



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