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opinión

Ayer por ti

29 diciembre, 2010

El siglo veinte produjo tiempos verdaderamente difíciles para Europa; guerras y hambrunas, persecuciones políticas, masacres militares, discriminación religiosa, crisis económicas, obligaron a muchos de sus habitantes a emigrar buscando mejorar sus condiciones y frecuentemente salvar la vida misma.

opinan los foristas

Venezuela estuvo entre los primordiales destinos de esos europeos, no sólo por razones de clima permanentemente primaveral y diversidad paisajística, sino, y muy especialmente, por la bonhomía y hospitalidad de sus gentes, que hacían sentir casi como en su casa a quienes llegaban de allende los mares, agobiados por preocupaciones y carestías. En nuestro país no se practicaban odiosas discriminaciones, y más allá del genérico “musiú” (derivado del monsieur o “mesié”, tan en boga en el afrancesado siglo XIX) generalmente expresado con genuino cariño, los extranjeros encontraron en Venezuela libertad para el desempeño económico en cualquier actividad de su escogencia, y libertad para relacionarse socialmente, por lo que la absoluta mayoría de quienes vinieron a probar suerte en nuestras tierras la encontraron y con creces. Realizaron todo tipo de actividades sin que su condición de extranjeros fuese considerada para perjudicarlos, desde el “turco”(como llamamos en toda Sudamérica a los oriundos del Líbano, Siria, Jordania, Israel, la propia Turquía, todo ese misterioso medio oriente) que vendía “bor guotas” a domicilio, hasta los peninsulares que instalaron sus cafés, restaurantes, bodegas y pensiones en toda nuestra geografía, sin olvidar a quienes se integraron a las labores agrícolas y de construcción, dándoles un muy valioso impulso. Todos contribuyeron en la hechura de este moderno y pujante país que es Venezuela, no sólo en materia económica sino social, puesto que difícilmente encontraremos una familia de la cual no forme parte al menos uno de estos musiúes, cuyos genes han venido a darle mayor variedad y calidad a las generaciones actuales.

Tres naciones en especial han participado de este complejo proceso de asimilación integral, España, Italia y Portugal, con cientos de miles de sus nacionales tan consustanciados con nuestros paisajes, gentes y valores que hasta sembrados quedaron en nuestros camposantos, luego de esparcir sus semillas en hijos y nietos, tan venezolanos como el que más. Atrás quedaron los difíciles tiempos de las guerras y posguerras, de la escasez de empleos en sus países de origen, de los odios y rencores por razones políticas o religiosas. Distantes y difusas resultan hoy las asociaciones a los terribles nombres de lo que desencadenó aquellas diásporas y el triste alejamiento del terruño natal y los seres queridos; Franco, Mussolini, Salazar, Hitler, guerra, hambre, desempleo. Madeira, las Canarias y Sicilia nos resultan familiares sin haber siquiera salido del país, por las constantes y afectivas referencias de esos musiúes que llegaron a convertirse en nuestros amigos, nuestros padres y tíos, nuestros vecinos, nuestros compañeros de trabajo y de juegos, nuestros compatriotas.

Los venezolanos no solucionamos los graves problemas que enfrentó Europa durante el difícil siglo veinte, pero abrimos las puertas, de nuestros espacios y de nuestros corazones, a quienes vinieron huyendo de aquellas dificultades y encontraron acá un refugio, la posibilidad de ganarse la vida con su propio esfuerzo, y la solidaridad de un pueblo que los recibió con alegría, con optimismo, con afecto. Acá inclusive lograron vencer las sinrazones que los separaban, y en este país subdesarrollado dejan a un lado las diferencias judíos y musulmanes, ricos y pobres, y llegan a compartir el dominó, las bolas criollas, y las cervezas , aplauden al Cardenales, al Magallanes o al Caracas, muy lejos de ciertas brechas y cicatrices aun sin cerrar en el viejo continente.

Pero mucho ha cambiado, tanto para el país tropical que fue magnífico anfitrión como para los países nórdicos de donde provenían esos cientos de miles de musiúes que pasaron a formar parte de nuestros pueblos y ciudades, así como de nuestros hogares. Ahora Europa es un conglomerado floreciente y unido, más firmes sus economías, organizados en torno a una única moneda, el Euro, una legislación cada vez más uniforme, cultivan celosamente la Democracia y minimizan sus fronteras para llegar a convertirse en una poderosa entidad mancomunada, la Unión Europea. Venezuela en cambio, ha debido sufrir los peores gobiernos, hasta desembocar en esta pesadilla en la que predomina el resentimiento que divide, que agrede, que trunca nuestras posibilidades. A otra escala, estamos soportando la versión caricaturesca y compendiada de aquellos camisas negras fascistas y camisas pardas nazis, que sólo interpretaban al mundo a través de la violencia, la arbitrariedad y la intolerancia revanchista.

Hoy, cuando a muchos de nuestros jóvenes les cierran las oportunidades a las que tienen derecho en una Venezuela que debiera ser de todos, por el interés de imponer a troche y moche un “proyecto” que demasiadas veces ha fracasado, rechazado por la mayoría. Cuando el desempleo muerde y el futuro inmediato se les ofrece obscuro y riesgoso. Cuando las nuevas generaciones enfrentan la amenaza de una dictadura anacrónica y guiada más por odios grupales antes que por el genuino deseo de hacer prosperar al país, la mayoría de nuestros jóvenes dirige sus esperanzas hacia las tierras de aquellos inmigrantes del siglo pasado, puesto que precisamente sus espacios de origen representan algo tangible y muy intenso para todos nosotros. España, Italia y Portugal son nuestras segundas patrias, aunque nunca hayamos estado en ellas. Así de fuerte es el vínculo que nos ha unido por espacio de casi un siglo con los españoles, italianos y portugueses que con nosotros han compartido las verdes y las maduras, en esta su segunda patria.

Por ello, duele e indigna saber del maltrato que reciben muchos venezolanos que van a Europa, y muy especialmente a esos tres países sembrados en nuestros corazones por tantos musiúes italianos, españoles y portugueses que acá han vivido, trabajado y soñado. Nos resulta incomprensible, absurdo, el enrevesado trámite para otorgar la visa, la antipática desconfianza de los funcionarios de Aduana, el exagerado celo y el interrogatorio policial a que son sometidos aquellos venezolanos que, a juicio de un tinterillo cualquiera, sean sospechosos de pretender cometer el delito de buscar sobrevivir mientras superamos nuestra temporal crisis. Algunos han sido hasta arbitrariamente devueltos, perdiendo lo invertido en pasajes e impuestos, por la simple presunción de que van a convertirse en inmigrantes ilegales. Cómo si no lo fueron la absoluta mayoría de ellos cuando les tocó venirse, con una mano delante y la otra detrás, la mayoría como pasajeros de segunda y de tercera, en viejas naves que ya fueron desincorporadas del servicio marítimo.

Los venezolanos vamos a solucionar nuestros graves problemas, superaremos esta grave situación por la que ahora atravesamos. Y quienes se vieron forzados a emigrar, volverán, porque aquí están las razones de sus afectos y de sus mejores esfuerzos. La familia venezolana se reunirá de nuevo y entonces, apenas serán tristes y lejanos recuerdos esos maltratos que no nos merecemos y esas voces despectivas, como Sudaca, que expresan todo lo contrario de lo que acá encontraron los inmigrantes de ayer, cuyos hijos hoy nos dan la espalda. El refrán dice “hoy por ti, mañana por mí”. Ayer fue por ustedes, el mañana que no esperábamos llegó para nosotros, y duele que nuestros hijos no reciban ni una porción ínfima de lo mucho que varias generaciones de europeos recibieron de Venezuela y su pueblo. Es otra buena razón para que nuestra primera y única generación de emigrantes regrese, y nos ayude a reconstruir al país desde las ruinas que hoy generan el resentimiento y la incapacidad de quienes en muy mala hora arribaron al gobierno, para destruir y dividir, inspirados en sus odios e ignorancia, hacen ya doce larguísimos e insoportables años. Las mezquindades quedarán en el olvido y, para nuestros musiúes, el cariño es el mismo.



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