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opinión


El Universal / ND

Hablando de carisma

31 octubre, 2010

Cuando el “carisma” cambia de campo

No vamos a tratar un tema que han estudiado hasta la saciedad eminentes especialistas en libros ya clásicos y, al menos dentro del ámbito académico, casi best-sellers. Por lo demás, por lo general citándolos, hemos hablado del asunto varias veces en estas mismas páginas. La reflexión de hoy tiene como base un extraordinario documental escandinavo (¿danés?, ¿sueco?) de los años sesenta, que si la memoria no me mete una de sus habituales trampas, se llamaba como el famoso libro de Hitler: Mein Kampf.

opinan los foristas

Pero antes, conviene precisar dos cosas. Una es el origen de la palabra: es religioso, y se refiere a un don que el o los dioses han dado a ciertos hombres. Los positivistas preferían hablar de “solidaridad mecánica”. No sé si será lo mismo, pero en todo caso, esto último se le parece mucho: es el instinto masivo a rodear al más fuerte, generalmente por su valor guerrero.

Predicadores y demagogos

Pero el individuo carismático puede atraer también por la fuerza de su palabra, y es por eso que es el arma de los predicadores y los demagogos. Y aquí viene lo segundo: se ha abusado tanto de la palabreja (por lo demás muy atractiva y para decirlo todo, bellísima), que se quiere llamar carismático a cualquier oscuro pelagatos que pega cuatro gritos en una esquina de su aldea (de Sabaneta, por citar alguna) como remate de una fiesta patronal.

Tanto en la palabra de Hitler como en general en el tratamiento que recibe en el film aludido, el carisma siempre está ligado a la victoria. Eso es lo que quiere decir el slogan nazi Sieg Heil! que siempre acompañaba al más conocido Heil Hitler! Aquel quería decir “¡Viva la victoria!”, pero no se trataba de un triunfo simple, como puede serlo en una competencia deportiva e incluso en una batalla, sino de una victoria sagrada, bendita por los dioses. No era el grito de UNA victoria, sino el grito de LA victoria.

La palabra clave

Pues bien, en todo lo anterior, la palabra clave es siempre. En un campeón deportivo, una sola derrota puede empañar una progresión victoriosa, pero no la impide, ni mucho menos entierra su carrera o su mito. Pero en el líder carismático, sí. No creo que Churchill haya leído a Max Weber, pero su gran intuición política adivinó lo que venía después de la batalla de Stalingrado y del El Alamein. Sin hacerse demasiadas ilusiones, declaró en la Cámara de los Comunes: “No es el fin. Ni siquiera es el comienzo del fin. Pero tal vez sea el fin del comienzo”. Yo he citado muchas veces esa frase, pero si mal no recuerdo, lo hice con particular énfasis a raíz de la derrota del Gobierno en aquel referéndum de un dos de diciembre. Puedo decir sin jactancia que yo intuí que algo se había quebrado. Sin jactancia digo, porque no fue ninguna impresión individual, personalísima: eso lo dijo, lo escribió mucha gente. Pero sobre todo, lo advirtió el electorado.

Una alegría muy personal

Es todo lo que pienso escribir “por ahora” sobre esto, pero sin alejarme demasiado del tema, quiero decir que la alegría que me han producido los resultados de estas elecciones sí es individualísima. Que me sea perdonada la “cuñita”, pero en mi discurso de incorporación a la Academia de la Historia decía que en la novísima historiografía de este régimen malhechor, se da en el siglo diecinueve… “la supresión de la presencia de lo colectivo en la historia (… ) no es para sustituir su acción por la de hombres de carne y hueso, sino por mitos, por leyendas que no son producto de la realidad, sino figuras (de bronce, de yeso o de cartón) pintarrajeadas con los colores de la bandera del partido, del hegemón, del hombre en el poder. En el caso del siglo veinte, el asunto se toma por el otro extremo: allá se suprimía la presencia de la multitud en el acontecimiento; aquí, se suprime el acontecimiento mismo”.

¿Por qué? Porque las dos grandes hazañas venezolanas del siglo XX, la conquista de la paz y de la democracia, no son atribuibles al “carisma” de un líder, sino que son hazañas colectivas.

Caudillo y multitud

El poder quiere una cosa, la voluntad popular otra. Aquel quiso suprimir la multitud; ésta impuso la entrada de la multitud en la historia.

Todo esto sirve para responder al último (en verdad el único que han tenido siempre) argumento que les queda a los derrotados del 26 de septiembre: “¡Pero ustedes no tienen un líder que sea capaz de vencer al nuestro!”. De acuerdo, camaraditas. Pero lo que ustedes no quieren entender es que el “carisma” cambió de campo. Precisamente, lo que se produce ahora es que el carisma, es decir la victoria, ahora no lo tiene un hombre: lo tiene la unidad de la alternativa democrática.

No es que aquí no existan individualidades brillantes, ni que estén ausentes celos y ambiciones. Pero hasta el más obtuso sabe que el poder que les ha dado la victoria no provino del cielo ni del infierno, sino de la magnífica idea de representar un frente unido.

Eso nos lleva a otro tema, ya para finalizar. Lo que se opone hoy en Venezuela no es el socialismo del siglo veintiuno contra la democracia del siglo veinte, sino la democracia del siglo veinte contra el ruinoso caudillismo del siglo diecinueve.

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