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opinión


El Nacional / ND

Confidencias (no imaginarias) de Ramón J. Velásquez (II)

31 octubre, 2010

El doctor Escalante le pidió al joven reportero que fuera su secretario, porque en política no hay nada mejor que alguien con imaginación y cultura para aliviar los desafíos. Tenía otra virtud a los ojos del candidato: también era tachirense. Cuando todo iba a velas desplegadas, el viento de la adversidad comenzó a soplar en contra. Escalante perdió el juicio, y con él lo perdió todo el mundo, comenzando por el Presidente de la República y sus consejeros más ilustrados. No cabe duda de que episodios de tanta significación, referidos en esta entrevista con los historiadores Banko y González Escorihuela, adquieren un relieve fidedigno. Una conversación similar a la que el protagonista tuvo con Francisco Suniaga, tal como aparece en El pasajero de Truman, salvadas las distancias de ficción y realidad.

opinan los foristas

A través de estos diálogos podemos aproximarnos a la crisis de 1945, al debate presidencial, a las reformas que no fueron, al fracaso de Escalante, a la candidatura del doctor Ángel Biaggini que abona el desconcierto y, finalmente, al desenlace del 18 de Octubre.

Estas memorias habladas adquieren tensión a medida que uno se interna en ellas y recorre la historia de la mano del interlocutor. Muy cercano a la política y la cultura colombiana, Ramón J. Velásquez tuvo ocasión de viajar a Bogotá como miembro de la delegación de Venezuela a la IX Conferencia Interamericana, quizás la más fecunda de todas las llevadas a cabo por el sistema regional. El jefe de la delegación de Estados Unidos era el secretario de Estado George Marshall y, por Venezuela, el ex presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno, Rómulo Betancourt. Ambos confrontaron dos visiones. Entonces fue creada la Organización de Estados Americanos en medio de las llamas que provocó el asesinato del doctor Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril.

Ninguna historia suplanta la vivacidad del testimonio, el cielo rojo de la ciudad, el magnetismo del hombre muerto: “Gaitán era un fenómeno, un asombro, aquella oratoria conmovía, envolvía a la multitud. Unos días antes había hecho la llamada `marcha del silencio’ con antorchas. Lo hizo para unir al Partido Liberal que estaba dividido.

En esos momentos la violencia había estallado en todo el país, los conservadores, que estaban en el poder, mataban en las noches a los jefes liberales de los pueblos”. El tiempo no ha opacado la memoria del espectador, y llamaradas del funesto abril no han cesado de arder en Colombia, a lo largo de medio siglo.

La historia venezolana de aquel tiempo fue como un carrusel. La Revolución, la Asamblea Constituyente de 1946-47.

La gente por primera vez en la calle. Subió y cayó Gallegos y vinieron los militares sedientos de poder y riqueza. Para RJV sólo se abría un camino: ser hombre de la resistencia clandestina contra la dictadura de Pérez Jiménez. Amigo de Leonardo Ruiz Pineda y de José Agustín Catalá, devino en factor clave en una de las aventuras más inverosímiles y audaces de la época. Frente a la rigurosa censura de prensa impuesta por los coroneles, la respuesta se tradujo en la edición clandestina del Libro negro en 1952. Un compendio de los robos, los crímenes y atropellos y una denuncia del gran fraude electoral de 1952.

La sorpresa del régimen fue tan radical como la represión desatada. Tenían el convencimiento de que eran invulnerables. De que sus tratos ocultos quedarían en la oscuridad.

Tiempo de furias desatadas.

En octubre fue asesinado Ruiz Pineda, y luego, hechos presos Catalá y otros de los comprometidos. En los tiempos de la dictadura, RJV encabezó aventuras irreverentes como la revista Signo, en cuyas páginas sus reportajes retrataban la realidad venezolana a través de lo que ocurría en otros países, en un extraño e imaginativo juego de espejos, como el suicidio de Eddy Chibás en Cuba porque no había podido comprobar una denuncia de corrupción en un mar de corrupción. Era evidente lo que el periodista se proponía, aquello que luego llamó reportajes “con segunda intención”.

RJV fue enviado tiempo después a la cárcel de Ciudad Bolívar acusado de magnicidio. Inculpar a alguien de “magnicidio” equivalía a augurarle que enfrentaría graves contratiempos. La ordalía de su prisión puede comprenderse por el viaje hacia la cárcel.

Veamos el kafkiano relato: “A mí me esposaron con un loco que también estaba preso. Así, oyéndolo hablar de Egipto, las pirámides y los faraones, hice el viaje. Atravesamos la llanura, todo el Guárico hasta Soledad. En una chalana pasaron el autobús a la otra orilla del río y llegamos a Ciudad Bolívar”. O sea, a la cárcel, al aislamiento, a la incomunicación que el alto número de prisioneros multiplicaba en versiones fantasiosas sobre el mundo exterior.

Allá estuvo hasta que el general Pérez Jiménez voló al destierro, la discreta previsión de los dictadores que de repente pierden su arrogancia y le dicen adiós a todo eso.

sconsalvi @el-nacional.com



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