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opinión


El Universal / ND

“Calne de lata que cole poel suelo”

19 octubre, 2010

Los chinos deberían entender los riesgos que corren en negocios que se les están entregando “a dedo”

Soy admirador de China. De esa China varias veces milenaria que fue capaz de construir la gran muralla. Admiro a Confucio, que unos 500 años antes de Cristo luchaba por imponer la justicia, la convivencia y la armonía. Admiro el arte que legó la dinastía Ming y la prosperidad que impusieron después los emperadores manchúes. Admiro a la dinastía Ta Ch’ing, con todo su legado de sabiduría, prudencia administrativa y tolerancia. Maravillado recuerdo la historia de China entre 1660 y 1760, cuando sus emperadores supieron basar su autoridad y la obediencia de sus súbditos en un mínimo de coerción y un máximo de persuasión.

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Y recuerdo también a Mao Tse Tung, que fue uno de los personajes más autoritarios del siglo XX. El de la Larga Marcha que proclamó la República Popular China en la plaza Tiananmen el 1 de octubre de 1949 y el que, a finales de los 50, proclamó el Gran Salto Adelante para imponer el comunismo, provocando la muerte de entre 10 y 20 millones de chinos. Al Mao que para mantenerse en el poder arrastró a China a partir de 1966 a la Revolución Cultural. Aquel Mao que los chinos conservan embalsamado en una esquina de la plaza Tiananmen y al que sólo quieren recordar como un símbolo del pasado.

Admiro a Deng Xiaoping, ese pequeño gigante que entendió que Mao había sembrado a China de miserias. Que inspiró la política conocida como “un país, dos sistemas” y que es el arquitecto de los cambios y la apertura de China dirigidos a fomentar el progreso.

El asombroso crecimiento actual de China se le debe a Deng Xiaoping. Lo que Mao representó forma parte de una historia ya superada, a la que nadie en su sano juicio querría regresar. La parte de China que se mantiene comunista es la que viola los derechos humanos. La China que se tornó capitalista es la que está generando el mayor crecimiento económico que nación alguna haya logrado obtener durante mucho tiempo.

Pero a pesar de la admiración que me inspira China, mi prioridad es mi propia patria: Venezuela.

Hábiles comerciantes, los chinos aprovecharán sin duda las oportunidades que les regala nuestro gobierno. Lo que me atrevo a poner en duda es que Venezuela esté sacando beneficios de una relación que se basa en premisas equivocadas.

Los chavistas buscan el acercamiento a China convencidos de que así rompen la hegemonía del imperialismo norteamericano y contribuyen a destruir los núcleos hegemónicos del intercambio comercial. En su mente un tanto infantil, piensan que los chinos comparten “similares políticas antiimperialistas”, tal como se establece en el Plan de la Nación 2007-2012. La realidad es otra.

Nadie puede oponerse a las relaciones con una nación como China que asoma como una de las mayores potencias económicas del siglo XXI. Pero una cosa son las relaciones que se construyen en torno a la búsqueda de un beneficio mutuamente enriquecedor y otra muy diferente es la entrega indiscriminada de nuestras riquezas, bajo condiciones que son ignoradas por nuestro pueblo.

Los chinos, que son conocidos por su proverbial paciencia, deberían entender mejor que nadie los riesgos que corren en algunos de los negocios que se les están entregando “a dedo” en el Bloque Junín de la Faja del Orinoco. Ojalá que éstos se ajusten a los principios de equidad normalmente aceptados en este tipo de actividades. De haberse producido una entrega de la soberanía, ni siquiera la Cláusula de Arbitraje de Shanghai evitará en el futuro las revisiones que correspondan.

Esa misma paciencia oriental les debería hacer comprender a los chinos que en Venezuela los vientos están cambiando. Prestarle 20.000 millones de dólares a un gobernante a quien el sol ya le da por la espalda -para ser utilizados por éste con fines políticos- podría ser poco recomendable. Ese gobernante está comprometiendo futuros ingresos petroleros (por primera vez en nuestra historia) bajo una fórmula de precios y condiciones que no conocemos. Sabemos, sin embargo, que aunque el préstamo es íntegramente pagadero en petróleo, la mitad del mismo sólo sirve para comprar productos chinos. Quizás hasta Confucio podría considerar que esto no contribuye a la convivencia (al dañar a los productores nacionales) y que a la vez es poco justo y armónico.

Los venezolanos queremos un acercamiento con la China milenaria y vibrante que a todos nos emociona. No aceptaremos, sin embargo, que nos vendan “calne de lata, pelo de lata de esa que cole poel suelo”.

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@josetorohardy



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