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Opinión

Malhumor del poder

Febrero 9, 2010

Emilio Mola, militar español que acompañó en su tiempo y en no pocos abusos al dictador Francisco Franco era un típico “gorila militar” que, como buen cultor de la bota, del fusil y del fuete, no escatimó en esfuerzos por acabar con cuánta expresión cultural e ideológica fuese contraria a su propia y obtusa visión del mundo y de su nación. De hecho, se le atribuyen, entre otras lindezas, expresiones como la que sigue, en 1936: “Hay que sembrar el terror (…) hay que dejar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros”.

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Y a eso se dio con ahínco amparado por el poder; tal y como algunos lo hacen desde el poder hoy en Venezuela. Y como no tenía Mola -y así ocurre con todos los opresores- más imaginación que la que se requiere para la muerte y el miedo, era particularmente conocida su indisposición contra los artistas, literatos, humoristas y creadores en general. Pasaba antes, como ahora pasa en Venezuela, que el gobierno (antes Mola, ahora nuestros y nuestras “Molas” tropicales) ven con muy malos ojos no sólo a la expresión cultural y artística disidente sino además -y ya a esos extremos hemos llegado varias veces- a la expresión humorística cuestionadora. Ya son reiterados ataques del gobierno -van al menos dos- contra Laureano Márquez por sus sátiras de los viernes en “Tal Cual”; pero también ha pasado que en las ferias nacionales del libro se ha prohibido participar a las colecciones de los “Libros de El Nacional” -por “razones de espacio”, comentaba en su momento la mentira oficial-; que editoriales e imprentas se niegan a editar textos “peligrosos” y hasta que se han quemado -pasó en 2008- cientos de ejemplares de las obras de Rómulo Gallegos en una biblioteca del interior del país por estar, supuestamente, “desactualizadas”.

Es que el humor, la cultura y la creatividad son un peligro para quienes se afanan en imponer violentamente un pensamiento único y sumiso porque la inteligencia -en su mejor concepción- ha siempre respondido con ingenio y dureza ante los abusos y eso es lo que al final ha perdurado y quedado en la memoria histórica. Lo hace así Laureano en su editorial sobre “Esteban” y lo hizo en su tiempo, por sólo mencionar un ejemplo, el gran Pablo Neruda, cuando dedicó algunas de sus inmortales líneas al mentado Emilio Mola. La última parte del poema “Mola en los infiernos” de Neruda, reza: “de antemano esperado en el infierno / va el infernal mulato, el Mola mulo / definitivamente turbio y tierno / con llamas en la cola y en el culo”. O también se ironiza, como en otro caso cuenta la anécdota que se atribuye a Jacinto Benavente con respecto también al General Mola según la cual, caminando el literato por una muy estrecha acera de una calle madrileña se encuentra de frente con el temido militar que, con toda su soberbia uniformada, le espeta: “¡Yo no cedo el paso a maricones!” a lo que el avispado Benavente ataja: “¡Pues yo sí!” mientras se baja de la acera para ceder el paso al iracundo Mola que, por supuesto, se queda sin palabras para responderle.

Con ello, tanto el poeta chileno como el dramaturgo español llevaron al opresor a la posteridad, pero no como lo que éste quería ser o como éste quería mostrarse, sino como lo que la verdad y sus hechos demostraban que era: un abusador y un criminal. Por ello, no ha sido poco común que los regímenes totalitarios y abusivos persigan a los artistas y a los creadores en general y que éstos les respondan siempre con las armas de la palabra y de la inteligencia, venciendo siempre en la contienda. Las razones de este particular ensañamiento tienen que ver con la eficacia simbólica que a la imagen personal del “líder máximo” y a las de sus acólitos se les atribuye en este tipo de regímenes, y con el poder desmitificador y de transformación que tienen la cultura y el arte en toda sociedad.

En primer término el humor, como forma de arte que es, no conviene al opresor porque es necesaria a los persecutores la idealización (y consecuente “deshumanización”) del “líder”, a quien se busca colocar “más allá del bien y del mal”, de cara a la falseada atribución al mismo de virtudes y cualidades irreales que le “separen” del común de las personas y que le hagan ser percibido, de una manera en cierta forma metafísica, como una entidad abstracta con capacidades de liderazgo y de comprensión de la realidad “distintas”, y evidentemente “superiores”, a las del ciudadano común. En segundo lugar, tampoco conviene el humor, como expresión cultural crítica, a los opresores porque siempre les es necesario proteger la conexión del “líder” con la masa -la que le sigue- que no es racional, sino emocional. A los que no siguen al “líder” o tienen dudas sobre su idoneidad se les subyuga con el miedo y la represión, pero con los demás -los cercanos- conviene promover y mantener una relación “poder-ciudadano” distante y acrítica, pero esencialmente emotiva, no racional.

Con respecto a lo primero ¿qué es un general desnudo?, pregunta Alberto Cortez. Y acá nos preguntamos: ¿qué es un “comandante-presidente” privado por el humor y la sátira -que tanto le duelen- de todos los atributos simbólicos de su poder? Nada especial, al menos no es nada más que un ser humano como cualquier otro, falible y, consecuentemente, fácil de cuestionar en sus desempeños. Por eso Chávez, que se sabe débil en argumentos al mostrarse éstos “desnudos”, persigue al humorista que le desviste los propósitos. Con respecto a lo segundo, debemos observar que antes también, pero especialmente ahora -dadas la inseguridad, la falta de luz y de agua, la corrupción en el poder y otros abusos evidentes- había, y aún hay, muy pocas razones lógicas, o argumentos válidos, para que la ciudadanía se plegara, o se mantuviera leal, meditada y racionalmente, a un proyecto “revolucionario” hecho al inicio de simples promesas y luego claramente ineficiente e incapaz de mostrar logros concretos. Por eso, ante la contundencia de la “razón” es indispensable preservar la “emoción”. Se impone proteger el vínculo sentimental con el “líder” de todo “ataque” que, desde el arte y el humor, pueda comprometerlo o dañarlo.

Tiempos oscuros se avecinan si el gobierno persiste en ese camino. Un liderazgo sólido y consolidado no debería temer al cuestionamiento ni a la crítica. Ni siquiera debería tener tanto miedo a la chanza o al humor sobre sus actos u omisiones ya que aquéllos sirven como válvulas de escape, pacíficas y constitucionales, a las ansiedades y a los sueños de muchos y eso alivia las tensiones sociales. Temo que ante la evidente impopularidad actual del régimen (sobre todo dada su falta de eficiencia en la solución de problemas puntuales que nos afectan a todos, sin distinciones ideológicas o políticas) la “sensibilidad de piel” ante la crítica que exhibe el poder se exacerbe y, en consecuencia, Chávez se vea tentado a recurrir a más dura represión para evitar que las ideas y argumentos de los opuestos se enlacen con el pueblo desde esa emocionalidad, voluble y caprichosa, de la que él se cree, ingenuo, dueño y señor.

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