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Opinión
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El bombillo de Ramiro Valdés
Febrero 5, 2010
Parece un chiste cruel, porque encargar al comandante cubano Ramiro Valdés de superar la crisis eléctrica venezolana, es como resucitar a Pablo Escobar para que encabece la lucha contra el narcotráfico, o encomendar a Bernard Madoff para que ponga orden en las finanzas bolivaristas.
Para saber quién es Ramiro Valdés Menéndez, bastaría decir que es una especie de Vladimiro Montesinos al cuadrado o al cubo de los hermanos Castro Ruz. De sus 77 años de edad, ya cumplió 51 dedicado al espionaje y represión en favor de la revolución cubana. Entre sus haberes destaca la creación y el manejo de la policía político-militar más siniestra del Caribe, porque el G-2 cubano tiene poco que envidiarle a sus pares de los regímenes despóticos de medio planeta.
En la actualidad se desempeña como Ministro de la Informática y las Comunicaciones, y aunque quizá no sea demasiado ducho en la ciber-tecnología, sí debe tener la disposición de mantener y acrecentar la férrea censura gubernativa al Internet que caracteriza a la dictadura habanera. Quien tuviere dudas podría preguntarle a Yoanni Sánchez, la blogera que simboliza la resistencia de los internautas cubanos.
Valdés encabeza la “misión técnica” que la dupla Fidel-Chávez ha confeccionado para tratar de evitar que se siga agravando la catástrofe eléctrica de Venezuela. Al menos esa es la justificación formal de su nueva presencia en nuestro país. Y es que el curtido represor lleva varios años al frente del aparataje de seguridad que los Castro le han facilitado a su aliado miraflorino. Algunos incluso lo equivalen al pro-cónsul o virrey de La Habana en Caracas.
Al respecto, no tiene desperdicio el desparpajo del señor Chávez al anunciar la asesoría de Cuba, el mismo país donde la noticia no es el apagón sino el alumbrón… No satisfecho con haber obsequiado caudalosos petrodólares a medio parapetear el precario andamiaje eléctrico del mar de la felicidad, ahora se ufana de que allá vendrán los técnicos y la técnica para sacar del foso a la infraestructura eléctrica nacional que, antes de que empezara su llamada “revolución”, era orgullo de la ingeniería y la capacidad venezolana.
De allí que sea probable que la verdadera misión de Ramiro Valdez y compañía, esté menos destinada a los imbricados procesos de generación y distribución eléctrica, y más asociada a la necesidad de impedir, por las malas o las peores, que éste y otros descalabros contribuyan a electrocutar políticamente al señor Chávez. Al fin y al cabo, el fuerte del comandante Ramiro no son las turbinas o las líneas de transmisión, sino los fusiles y las garrapiñas.
En cualquier caso, que el tercero de la gerontocracia cubana se venga a Venezuela para socorrer al régimen bolivarista, da buena cuenta de la suprema importancia política que los hermanos Castro le dan a la crisis eléctrica –entre otras dimensiones de la crisis nacional, en la que está sumido por acción y omisión su dilecto y adinerado discípulo. El bombillo de Ramiro debe estar a millón, pero con todo y su prontuario será difícil que pueda iluminar el oscuro laberinto de la satrapía.






















