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Opinión
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Sammy Eppel
El Universal / ND |
Yo soy el rey
Diciembre 18, 2008
“Un hombre puede morir por su país, pero un país no puede morir por un hombre”.
El que un reconocido historiador y ensayista como Enrique Krause, a pesar de sus simpatías socialistas, llegue a la conclusión que Chávez es el prototipo del personalismo fascista, no debe sorprender a nadie. Lo que sí es inverosímil, es que Douglas Bravo, ese icono de la izquierda radical, esté de acuerdo.
Esa es una verdad del tamaño de un castillo, la experimentamos en carne propia desde hace una década los habitantes de esta querida y sufrida tierra al ser testigos de cómo todos los socialistas demócratas y progresistas, los iluminados, han abandonado a Chávez precisamente por haber llegado a la misma conclusión y en un gesto que los enaltece, muchas veces renunciando a cargos y prebendas millonarias. Sin embargo el mundo está lleno de los llamados ñangaras trasnochados que sólo sueñan con tener dinero y poder, sin importar los principios éticos y morales que tengan que olvidar.
Un caso típico es Ingrid Betancourt, que aunque diga que no, aspira a ser presidenta de Colombia o al menos un premio Nobel, nos indica la perversidad de la versión troglodita de izquierda que obliga a la solidaridad automática revolucionaria, lo demostró al declarar que Chávez era un gran demócrata. ¿Cuánto nos habrá costado esa declaración?
Los que hoy, nacional e internacionalmente le hacen comparsa al modelo hegemónico de Chávez piensan que como se llaman a sí mismos “intelectuales comprometidos” eso los libera de responsabilidad basándose en el modelo hitleriano, donde los adlateres “intelectuales” escaparon en su mayoría de la cárcel y el escarnio público. Deben saber que el mundo ha cambiado y sus acciones serán parte de la historia. “Un hombre puede morir por su país, pero un país no puede morir por un hombre” ¡Será!






















